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El estatista extremo no reconoce libertad ni responsabilidad individual alguna y, creyéndose garante de su bien, busca tutelar la vida del individuo desde la cuna hasta la tumba.
Por Luis Guillermo Vélez Álvarez - opinion@elcolombiano.com.co
Por la extensión e importancia de sus funciones constitucionales y legales, los concejos municipales, con sus decisiones, inciden grandemente en la vida cotidiana de la comunidad. Asumir una curul en ese cuerpo colegiado es, al mismo tiempo, extremadamente honroso y extremadamente comprometedor y debe por ello hacerse con la más extrema mesura.
Cualquiera haya sido su motivación para llegar allí o su ubicación previa en la división del trabajo, quien asume una curul en el concejo de su ciudad se convierte de inmediato en político y el político es, antes que nada, un hombre de acción. Es propio de la naturaleza del hombre de acción la convicción de que la voluntad – la voluntad política – es la causa eficiente de que ocurran o no determinados acontecimientos en la vida social.
Toda acción política se apoya en una reflexión o, más propiamente, en un discurso, un discurso político y este no es más que una evaluación sobre la adecuación e inadecuación de un estado de cosas y la consiguiente propuesta de preservación o cambio. La naturaleza de los estados de cosas propios de la política es su carácter contingente y la de admitir, por lo tanto, múltiples respuestas. De ahí que el discurso político deba ser persuasivo - no demostrativo - y que busque convencer, reunir voluntades, alcanzar acuerdos.
Pero es un error juzgar a los políticos por la supuesta bondad de sus intenciones y llegar a la conclusión de que un buen acuerdo es siempre posible porque todos tendríamos, en principio, los mismos nobles objetivos: acabar la pobreza, torcerle el espinazo a la desigualdad, educar a todo mundo, dar felicidad a los ancianos, etc.
Aún suponiendo, lo que no es verdad, que compartimos todos los objetivos, las diferencias surgen de la idea o las ideas que tenemos sobre los límites y los alcances de la acción política y de su medio de ejecución que es, por supuesto, el poder del estado. Esos límites son de naturaleza cognitiva y ética y la apreciación de ellos es, en definitiva, la ideología de cada cual.
Los límites cognitivos tienen que ver con el grado en que reconocemos la sociedad como un organismo que está regido por ciertas leyes que no pueden violentarse por la acción política sin acarrear consecuencias indeseadas que den al traste con los más bondadosos propósitos. Para el estatista extremo la sociedad es una organización que cree puede diseñarse a su antojo.
Los límites éticos proceden, naturalmente, del reconocimiento del individuo – con sus derechos y sus propensiones – como el actor fundamental de la vida social y causante, en definitiva, de su propio bienestar o desgracia, en el ejercicio su libertad y su responsabilidad. El estatista extremo no reconoce libertad ni responsabilidad individual alguna y, creyéndose garante de su bien, busca tutelar la vida del individuo desde la cuna hasta la tumba.
La mesura implica reconocer esos límites cognitivos y éticos y aceptar que el ejercicio de la libertad individual supone la posibilidad del error, del fracaso.