Pico y Placa Medellín
viernes
0 y 6
0 y 6
En estos tiempos, valdría la pena poner más de moda el oficio favorito de Pippi, ser una encuentra cosas, “el mundo está lleno de cosas, y es realmente necesario que alguien las encuentre” para ayudar a los demás.
Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com
De no haber sido por la pulmonía de Karin, las historias de Pippilotta Delicatessa Windowshade Mackrelmint, más conocida como Pippi Calzaslargas, no existirían, porque su madre, Astrid Lindgren, una de las escritoras más importantes de la literatura infantil del siglo XX, no hubiera tenido que inventárselas partiendo del curioso nombre que se le ocurrió a la chiquilla.
Así nacieron estas aventuras que, años después, cuando Astrid guardaba reposo para aliviarse de un tobillo, decidió escribirlas como regalo para el décimo cumpleaños de Karin y para que otros lectores del mundo las pudiéramos leer. “Pippi Calzaslargas” vio la luz en 1945, pero no fue fácil, eran tiempos de postguerra y fueron muchos los editores y expertos que desaconsejaron la publicación de un libro tan irreverente, cuya protagonista encarna la subversión infantil, con lo cual la autora parece refrendar el antiautoritarismo y el desmontaje de los valores de la pedagogía tradicional.
Y claro, Pippi es una niña poco común, con una madre que es un ángel y un padre que había sido capitán de barco y había recorrido todos los mares hasta el día en que se cayó al agua durante una tempestad y desapareció, pero, según ella, nadó hasta llegar a una isla llena de caníbales y estos lo nombraron rey, y tan pronto los educara y construyera un barco, la buscaría para seguir recorriendo el mundo. Mientras tanto, Pippi repite, “no os preocupéis por mí, que yo sé cuidarme solita”, además no está tan sola, tiene un caballo y las dos últimas cosas que le regaló su padre: un monito llamado Señor Nelson y una maleta llena de monedas de oro.
Y si hoy hablo de esta niña es porque esta semana, en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Bolonia, ilustradores, narradores y aficionados a las aventuras de Pippi se reunieron para celebrar los 80 años de esta chiquilla pelirroja, con trenzas, pecosa que, la verdad, gracias a la píldora de chirimir se quedó de nueve años, porque, como dice, “la gente mayor nunca se divierte. Tienen que trabajar en cosas aburridas, llevan vestidos ridículos, les salen callos y tienen que pagar recibos”.
En tiempos totalitarios, absurdos y mezquinos, como los que vivimos, donde los adultos intentan imponer sus valores y hay tantas voces tratando de controlar la literatura para que sea políticamente correcta, además de volver a leer muy bien el libro visionario de George Orwell, “1984”, valdría la pena leer “Pippi Calzaslargas”, porque la libertad de esta niña, su fuerza, su inteligencia, su deseo de verlo todo, son una crítica a la autoridad, al abuso de los más débiles, a la poca curiosidad que muchos tienen. En estos tiempos, valdría la pena poner más de moda el oficio favorito de Pippi, ser una encuentra cosas, “el mundo está lleno de cosas, y es realmente necesario que alguien las encuentre” para ayudar a los demás. Su manera magnífica de ver la vida nos hace pensar, como ella dice, que, a pesar de todo, “¡es bello vivir!”.