Pico y Placa Medellín
viernes
0 y 6
0 y 6
Tan grande es el entusiasmo cuando reciben sus cargos, como apáticas las percepciones que de ellos mismos se tiene conforme transcurren los días de su gobierno.
Por Andrés Restrepo Gil - opinion@elcolombiano.com.co
En un ejercicio superficial de comparación, constatamos que los gobernantes colombianos, por lo menos quienes lo han hecho durante los últimos años, han entrado en una sincera disputa por el primer puesto de la impopularidad. Comparados entre sí, a casi todos los presidentes colombianos parece irles muy mal. Comparados con otros gobernantes, los mandatarios colombianos se ubican en paupérrimos índices de popularidad, situándose entre los niveles inferiores de las escalas.
Detallemos los últimos tres gobiernos. Juan Manuel Santos concluyó su mandato presidencial en agosto del 2018 y su desaprobación fue, según Gallup, la reconocida empresa de consultoría, del 59%. La desaprobación de Iván Duque en su último año de gobierno, según Invamer, alcanzó un 73%. Aún sin terminar su periodo presidencial, al actual mandatario, Gustavo Petro, tampoco parece irle muy bien: en una encuesta realizada este año, el actual presidente de la República tiene un 63% de desaprobación. Si acaso Petro llegase a terminar su gobierno con la misma desaprobación con la que gobernó, es evidente que su mandato concluirá con lamentables índices de valoración.
Más allá de lo que signifique la popularidad o la impopularidad de un gobierno o de otro; más allá de los aciertos o los vacíos de tales encuestas y de tales consultas, lo que me gustaría resaltar es la percepción de una firme desazón con quien, al frente del poder ejecutivo, gobierna este país. La deteriorada imagen de nuestros presidentes, tras un par de meses gobernando, contrasta notablemente con las altísimas y mesiánicas esperanzas con las que llegan a sus cargos. Tan grande es el entusiasmo cuando reciben sus cargos, como apáticas las percepciones que de ellos mismos se tiene conforme transcurren los días de su gobierno. Las mismas encuestadoras que reflejan sus nulos índices de popularidad pasados unos cuantos meses de su gobierno demuestran también sus altos índices de aprobación cuando sus gobiernos viven su “La luna de miel”, es decir, ese periodo corto que le sigue a la posesión del cargo en el que mayor aprobación reciben los presidentes: Santos comenzó con un 83% de aprobación, Duque con 55% y Petro con 56%.
Según mi percepción, los colombianos nos tambaleamos entre una prolongada desesperanza y un desbordado frenesí, provocado por los futuros posibles y por las repetidas promesas de campaña cada cuatro años enunciadas. La desesperanza que nos dejan los cuatro años de un gobierno solo encuentra enmienda en una nueva campaña construida sobre viejas promesas. Y, así, el ciclo se repite: al frenesí de un nuevo gobierno, le sigue la desesperanza y la desaprobación, apaciguadas únicamente por el comienzo de un nuevo gobierno, con propuestas periódicas. Cada cuatro años se reciclan los discursos con los que se renuevan las esperanzas. Una esperanza cíclica y fugaz, que se precipita con rapidez en la muy generalizada percepción de que nuestro país no está cambiando, que las guerras en ciertos territorios no terminan, que la salud no es, de forma papable y generalizada, mejor que antes o que la informalidad, a nivel laboral, no cede.