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De columnista uno descubre que la mitad del éxito de una columna radica en ponerle un nombre corto, que sin embargo genere interés y curiosidad sobre su contenido, lo mismo que sucede con el escote de las mujeres.
Por Juan David Escobar Valencia - opinion@elcolombiano.com.co
Cuando en mi curso de geopolítica explico algunas razones por las que el desarrollo del imperio británico fue más poderoso y sostenible que el del imperio español, y en parte también por qué nosotros seguimos siendo subdesarrollados, o en “vías de desarrollo” como dicen los optimistas, es necesario citar un libro de Antonio Serra titulado de forma sarcástica: Breve tratado de las causas que pueden hacer abundar a los reinos en oro y plata donde no hay minas. Después de tan “breve” título, uno duda si es necesario leerlo porque toda la teoría del mercantilismo quedó clara de antemano. Serra no tenía afán cuando lo escribió a principios del siglo XVII porque estaba preso en Nápoles, acusado de fabricar moneda falsa, una manera más antigua que el mercantilismo de volverse rico.
Unos años después, otro estudioso y practicante del mercantilismo, el inglés Thomas Mun, no quiso quedarse corto y dejarse humillar de un italiano, y tituló una de sus obras como: El tesoro de Inglaterra mediante el comercio exterior o la balanza del comercio exterior es la regla de nuestro tesoro.
De columnista uno descubre que la mitad del éxito de una columna radica en ponerle un nombre corto, que sin embargo genere interés y curiosidad sobre su contenido, lo mismo que sucede con el escote de las mujeres. Como dicen que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, no resulta lógico ponerles nombres largos a las cosas.
Me parece un abuso, o falta de oficio, que los padres de Don Alfonso de Borbón y Borbón, tataranieto de Carlos III de España, lo bautizaran como: Francisco Eugenio Gabriel Pedro Sebastián Pelayo Fernando Francisco de Paula Pío Miguel Rafael Juan José Joaquín Ana Zacarias Elisabeth Simeón Pedro Pablo Tadeo Santiago Simón Lucas Juan Mateo Andrés Bartolomé Ambrosio Geronimo Agustín Bernardo Candido Gerardo Luis-Gonzaga Filomeno Camilo Cayetano Andrés-Avelino Bruno Joaquín-Picolimini Felipe Luis-Rey-de-Francia Ricardo Esteban-Protomártir Genaro Nicolás Estanislao-de-Koska Lorenzo Vicente Crisostomo Cristano Darío Ignacio Francisco-Javier Francisco-de-Borja Higona Clemente Esteban-de-Hungría Ladislado Enrique Ildefonso Hermenegildo Carlos-Borromeo Eduardo Francisco-Régis Vicente-Ferrer Pascual Miguel-de-los-Santos Adriano Venancio Valentín Benito José-Oriol Domingo Florencio Alfacio Benére Domingo-de-Silos Ramón Isidro Manuel Antonio Todos-los-Santos de Borbón y Borbón. ¿Se imaginan a este pobre hombre intentando conquistar una muchacha? Cuando termine de decir el nombre, ella se habría ido o dormido. También sé que a alguien de sangre azul no le queda bien que le digan “Fonzi” o “Poncho”.
Además de la soberbia con esteroides, ¿qué explicaría que el despreciable dictador de Zaire, hoy República Democrática del Congo, cambiara su nombre de Joseph-Désiré por: “Mobutu Sese Seko Nkuku Ngbendu wa Za Banga”, que significa: “el guerrero todopoderoso que, debido a su resistencia y voluntad inflexible, va a ir de conquista en conquista, dejando el fuego a su paso”?
Que tal el nombre de esta montaña en Nueva Zelanda, llamada en lengua maorí: Taumatawhakatangihangakoauauotamateaturipukakapikimaungahoronukupokaiwhenuakitanatahu”, que significa: “La cima en la que Tamatea, el hombre de las grandes rodillas, el que se desliza, el escalador de montañas, el que tragaba la tierra y viajaba por todas partes, tocaba su flauta de nariz a su amada”. ¿Por qué no dejar algo a la imaginación y la sorpresa, como el escote discreto? Después de semejante nombre ¿se imagina la decepción cuando descubra que zipote “montaña” es un morrito de 305 metros de altura?