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Diego Londoño
diego
londoño
Crítico de música
@elfanfatal
hristina Rosenvinge. No hay una etiqueta para nombrar a esta mujer, aunque “artista” le encaja demasiado bien. Empecemos por algo. Es un gran ser humano, una persona que a pesar de su fama y su reconocimiento mundial no se ufana de sus logros y su figura mediática. Es una gran mamá, una madre que aprovecha el tiempo con sus dos hijos, en las giras, fuera de ellas, para hablar de cine, literatura o para hacer rocanrol con ellos, pues ahora se unen en una misma banda para interpretar canciones de Nirvana. Ella, Christina Rosenvinge, mujer, inmigrante, feminista, cantautora, actriz, escritora, es una de las figuras más relevantes en el mundo de la música en habla hispana.
Nace en Madrid. Es hija de padre danés y madre inglesa y desde niña se interesó por las canciones que sonaban en su casa. Glenn Miller por su madre; Enio Morricone por su padre. En su adolescencia formó su primera banda, Ella y los Neumáticos, e hizo parte de ese origen de la movida madrileña, indispensable para toda una generación. Luego, junto a Álex de la Nuez participó en un dúo llamado Alex y Christina, con esta alineación grabó dos álbumes antes de separarse a principios de los noventa.
En 1991 nació Christina y los Subterráneos, el proyecto con el que triunfó en España y cruzó el atlántico para volverse eterna en todo el mundo. Canciones como Voy en un coche, Mil pedazos o Tú por mí, se clavaron en el imaginario colectivo de millones de personas.
Su vida es un símbolo para una generación, su música, icónica banda sonora que llevó al rock en habla hispana a conectarse con el mundo. Entre esas conexiones, una que ella vivió mientras vivía en New York. Hizo arte al lado de Sonic Youth, la inolvidable banda de rock alternativa.
Pero claro que también ha tenido acercamientos con Colombia. En 1994 estuvo en Medellín, en un concierto al lado de la agrupación La Unión. En aquel momento la ciudad vivía una época difícil y dolorosa, ella luego del concierto no pudo salir a la calle, del hotel directamente al aeropuerto.
Pero ese desquite ocurrió este año. Llegó a Medellín y conté con la fortuna de estar con ella. Pude mostrarle la ciudad y acompañarla en una estancia corta que la trajo a presentarse en la Feria de las Flores. Caminamos por la Carrera 70, montamos en metro, ella estaba en éxtasis con el orden y la tranquilidad del transporte público. Comimos hamburguesa, recorrimos algunos sitios tradicionales, tomamos café y cerveza. La pasamos bien, para mi era surreal.
Y fue ella misma con una respuesta, la que me regaló una postal inolvidable para mis días. En medio de una cena, le dije que Andrea Echeverri estaba en la ciudad. Se alegró y contó algunas anécdotas de esos hits compartidos entre ella y Andrea.
Mi propuesta fue ir a saludar a la flor aterciopelada de nuestro rock colombiano. Luego de una llamada las dos aceptaron y nos encontramos en un hotel de la ciudad. Christina estaba emocionada.
Al llegar, Andrea, descomplicada y sonriente nos abrazó. Se saludaron. Ambas estaban nerviosas, la felicidad se les veía en los ojos. Las historias aparecieron, desde Bolero Falaz y la versión que Christina hizo para los 20 años de El Dorado, hasta recuerdos en escenarios compartidos y éxitos que se abrazaban de país a país.
Mirarlas juntas, presenciar ese momento, me ayudó a entender que las dos cambiaron la vida de millones de personas. Dos figuras representativas en el mundo de la canción, con el rock como bálsamo de vida. Las dos, Andrea y Christina, Rosenvinge y Echeverri, han sabido estar intactas, han sabido conservar con respeto su arte y sus canciones y por eso las abrazan donde quiera que vayan.
Para finalizar la historia, con Christina, decidimos ir al concierto de Aterciopelados. El Dorado y sus 25 años funcionó como un trampolín en el tiempo. Ella sacó sus anteojos, miró a Andrea de cerca y vio su vida reflejada ahí, en Colombia, por los rincones subterráneos de Medellín.