El maestro en artes escénicas Camilo Baena se hace un nudo de emoción al recordar al docente y gestor cultural Jairo Alberto Valencia. No encuentra mejor manera de rememorar al educador que haciendo alusión al tema Maestro, del compositor y profesor de sociología Patxi Andión, que comienza: “Con el alma en una nube/y el cuerpo como un lamento”. Y no le falta la razón para hacerlo: Jairo fue el responsable de mostrarles a los jóvenes del corregimiento de Altavista la posibilidad de hacer del arte y la cultura un camino para la vida. “Jairo fue el primero en incentivar el desarrollo cultural de Altavista. Nos impulsó para abrir un espacio en el que pudiéramos soñar, imaginar, ensayar”. Y ese espacio es la Corporación Altavista, una organización social y una casa con las puertas abiertas para los diferentes grupos ciudadanos del corregimiento y la ciudad.
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Jairo aparece con frecuencia en la charla de los miembros del colectivo y su nombre ha servido para bautizar espacios y eventos culturales. Por ejemplo, el teatro de la sede principal de la corporación –carrera 112 # 13-108– lleva su nombre. También el Festival de Teatro comunitario, una de las iniciativas importantes en la programación de Altavista y que lleva tres ediciones. Un simple vistazo a la fachada del edificio y una caminata por interior deja muy claras las intenciones y los objetivos de la Corporación: construir con materiales locales y echando mano del trabajo de todos. Santiago Valencia –uno de los miembros de la corporación– cuenta que el nombre de cada salón de la sede tiene una fuerte carga simbólica. Y sí: uno de los salones se llama la Serpiente emplumada, el otro Puma y el de más allá Sol. “Esta casa se ha construido con recursos propios, apelando al convite”, dice Santiago. Los espacios son usados para las clases de la escuela comunitaria de artes, que les ofrece a los niños y jóvenes de la zona formación gratuita en música, teatro, grafiti, zancos. También se adelantan allí acompañamientos psicosociales para conjurar los dramas y desafíos de una comunidad compuesta por nueve veredas y habitado por un poco más de cuarenta mil habitantes.
Según datos de la alcaldía de Medellín, el 56,4% de la población del corregimiento está ubicada en el estrato bajo-medio y un 44,73% de los hogares depende económicamente del trabajo de las madres. Los líderes culturales de Altavista indican que muchos de los habitantes del lugar son hijos o nietos de víctimas de alguno de los tentáculos de la violencia colombiana. En los últimos años también ha habido un repunte del número de migrantes venezolanos que llegaron al territorio para hacer su vida en esas montañas tan próximas y al tiempo tan lejanas de Medellín. En ese contexto de adversidad social, la corporación Altavista dispone sus salones para que las señoras de la tercera edad puedan realizar en ellos las clases de manualidades o de gimnasia. O para que un profesor pueda reunirse con sus estudiantes y practicar las posiciones del yoga.
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En los cálculos de John Edwar Foronda –líder de la Corporación Altavista– en el corregimiento hay al menos 35 grupos culturales con diversas propuestas estéticas. Dice que cada vereda tiene un énfasis cultural vinculado a su historia y a los diferentes oficios. Esas vocaciones particulares han sido el sustrato para el Festival de la Memoria, el evento central de las actividades de la corporación. Este año se realiza la novena edición y desde ya se inició un proceso de investigación para definir su norte temático. En las ocasiones anteriores las comunidades decidieron poner en la mesa de discusión los temas de las raíces campesinas, de la presencia afro y de la creación artística. Esta vez el lugar del Festival será el sector de La Perla.
Una casa madre para otras iniciativas culturales
La historia de la Corporación Altavista es de alguna manera la historia de otras organizaciones culturales de la zona que han crecido a su sombra. Ese es el caso de Memoria chocoana, un grupo del barrio Nuevo Amanecer que ha trabajado con ancianos y con jóvenes en la preservación de las tradiciones musicales, gastronómicas y rituales afrocolombianas. El colectivo es liderado por la enfermera, modelo profesional y cantante Esneda Quinto. El origen del grupo –cuenta Esneda– fue la sensación de rechazo y de desarraigo que viven los afrocolombianos en ciudades del talante de Medellín. “Por ser desplazados de la violencia nos sentíamos extraños en Medellín”, dice. Y cómo no hay mejor respuesta para la identidad que el pasado, Esneda decidió trabajar con los abuelos del vecindario en el rescate de los ritmos del Pacífico colombiano.
La primera fuente de consulta fue, por supuesto, la memoria de su abuela Dominga Hurtado, proveniente de la región de Baudó. Con ese primer grupo de adultos mayores preparó presentaciones musicales. Sin embargo, el colectivo debió transformarse pronto: la alta edad de sus participantes hizo que se necesitara acudir a los jóvenes de la zona. En la actualidad, los primeros miembros de Memoria chocoana han salido de la agrupación a causa de la muerte y la enfermedad. No obstante, su legado perdura en la piel y los cantos de sus nietos. En todo este proceso el papel de la Corporación Altavista ha sido la de acompañar a Memoria chocoana y de servir de escenario para el intercambio con otros grupos y otros formatos de arte.
El grupo de teatro Pantolocos puede contar una historia parecida. Sus miembros han sido también miembros de la Corporación Altavista y algunas de sus presentaciones teatrales se han hecho en el teatro Jairo Alberto Valencia. En la más reciente los Pantolocos introdujeron la variante de cobrar boletería para el ingreso a la obra. Fue un experimento sociológico para mirar la apertura de la comunidad de pagar por eventos culturales. El cobro no fue una camisa de fuerza, recuerda Camilo: muchos niños hicieron la fila y entraron al acto sin pagar la boleta.
¿Y los planes?
Los líderes de Altavista no dudan un segundo en afirmar que la historia de su trabajo cultural es la respuesta al abandono al que los han sometido las diferentes administraciones municipales. A ellos les ha correspondido abrirse camino a punta de ollas comunitarias, de trabajos en conjunto, de sueños compartidos. La plata del Estado nunca es suficiente para combatir la pobreza del cuerpo y del espíritu. Por eso ellos solo cuentan con el oficio de sus manos y con el apoyo de la ciudadanía. El recorrido les ha ensañado a dar un paso detrás del otro. Ahora, por ejemplo, quieren construir en guadua el techo del teatro Jairo Alberto Valencia. Están en la etapa de acudir a la generosidad de la ciudadanía y de las empresas para seguir haciendo real el sueño de un profesor que quiso para sus estudiantes un horizonte más amplio.