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A primera vista Blitz de Steve McQueen, estrenada hace muy poco en AppleTV+, tendría todo lo necesario para asegurar una jugosa participación en los próximos premios Óscar. No sólo es una película “de época”, sino de la mejor época para cautivar votantes de la Academia: la Segunda Guerra Mundial. Cuenta con una protagonista femenina bella y talentosa, como Saoirse Ronan, en un rol de “mujer empoderada” (no hubo a mediados del siglo XX mujeres con más enjundia que aquellas que tomaron los puestos de los maridos reclutados para la guerra), que intentará encontrarse con su hijo luego de que éste huya del tren en que lo evacuaron de una Londres que intenta vivir con normalidad en medio de los bombardeos nazis. Como si eso fuera poco, está escrita y dirigida por el prestigioso Steve McQueen que, lo recordarán ustedes, se convirtió en 2013 gracias a 12 años de esclavitud, en el primer realizador negro que dirigía una película ganadora del máximo galardón de los Óscar.
Sin embargo, al terminar de verla queda en el espectador una insatisfacción aplanada, producida tal vez por la diferencia de calidades entre la presentación de la historia (que cuenta con un vestuario fascinante, un impecable diseño de producción, una fotografía que asombra cada cinco minutos con planos extraordinarios, como el de la batería antiaérea delineada a contraluz por las llamas de las explosiones) y la manera de narrarla. Pareciera que a Steve McQueen le pesara el hecho de contar con un presupuesto abultado y hubiera querido acomodar todas las situaciones posibles que se dieron durante el Blitz (que duró casi dos años) en los dos días que se supone nos cuenta. En ellos, George, el hijo de Rita (y tal vez un actor infantil más carismático sea lo que en verdad necesita Blitz), vivirá bombardeos, inundaciones, accidentes fatales, engaños y locuras. A George le ocurren tal número de desgracias que termina pareciendo el protagonista de una novela de Dickens.
Está muy bien querer contar a una sociedad “desde abajo”, evadiendo esa costumbre británica de descrestarnos con las casas y los salones de las familias aristocráticas. McQueen prefiere concentrarse en aquello que le ocurre a la gente “de a pie” y por eso hay una profusión de planos con el horizonte a ras del piso, ya sean de las muchedumbres que buscaban refugios por toda la ciudad, de los bomberos que intentan apagar incendios o de los asistentes a un club nocturno en una feroz secuencia de baile. Pero Blitz intenta derrumbar tantos clichés (mostrará a una sociedad inglesa desunida en medio de la guerra, con resabios racistas y prejuicios de clase) y concienciarnos sobre tantas cosas (el bullying infantil, el machismo, la xenofobia) que al final la historia sucumbe por su propio peso moralizante, dejándonos una película que se ve preciosa pero con la que muchos no nos conectamos. Eso sí, oigan a Celeste cantando “Oh Johnny, oh Johnny, oh” en la secuencia del club nocturno. Sólo esa versión, que toca el cielo, hace que el mensaje terrenal de Blitz valga la pena.