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Estas acciones nos protegen mental, física y emocionalmente. También limitar las distracciones y saber hasta dónde comprometernos, nos ayuda a ser más productivos.
Por María Luisa Zapata Trujillo - JuntasSomosMasMed@gmail.com
Los límites más difíciles de superar no siempre están afuera, sino dentro de las historias que nos contamos a nosotros mismos. Cada persona tiene una relación distinta con los límites: para unos, son aliados; para otros pueden representar obstáculos. Esta realidad depende de las narrativas internas, las experiencias personales que hemos tenido y los elementos culturales que nos han rodeado.
Si vamos al origen de la palabra “límite”, esta no tenía un significado negativo. En latín, hacía alusión a los bordes que separan un territorio de otro; pero cuando lo aplicamos a la vida humana, es un concepto que merece ser revisitado y replanteado desde nuestros imaginarios. Ni todos los límites son malos, ni la vida sin límites es el ideal. Los límites buenos nos protegen y nos ayudan a navegar una vida más tranquila. Decir no sin culpa, reservar tiempo para nosotros mismos y alejarnos de situaciones que nos desgastan no es egoísmo, es autocuidado. Estas acciones nos protegen mental, física y emocionalmente. También limitar las distracciones y saber hasta dónde comprometernos, nos ayuda a ser más productivos. Definir esos límites nos dan equilibrio y nos permite vivir en coherencia con lo que queremos.
Sin embargo, muchos de los límites que nos frenan son autoimpuestos y, en muchos casos, innecesarios. Estos son más difíciles de reconocer: no pedir ayuda por miedo a parecer incompetentes, pensar que no somos capaces de hacer algo porque alguien nos lo hizo creer así, evitar expresarse en público por temor a no ser bien recibidos o renunciar a aprender algo nuevo pensando que ya es demasiado tarde. Estos límites suelen venir de experiencias pasadas o creencias arraigadas que condicionan nuestra forma de actuar. Cuestionarlos no solo amplía lo que creemos posible, sino que es necesario para vivir con mayor autenticidad y libertad.
No todos partimos del mismo punto. El contexto en el que crecemos condiciona los límites que aprendemos a aceptar y los que nos atrevemos a romper. Pero no basta con querer trascender estas barreras: necesitamos entornos que nos brinden seguridad para intentarlo. Aun así, cuestionar estas costumbres limitantes es el primer paso para construir un presente más consciente y para construir un futuro más integro y auténtico ¿hasta qué punto los límites que hoy te frenan son tuyos o del contexto que te rodea?
Mejorar nuestra relación con los límites requiere trabajo. Nuestro cerebro automático busca la seguridad y la rutina, llevándonos a repetir las mismas historias. Sacudirnos de estos patrones, nos exige darnos cuenta de ellos y tomar acciones concretas. Lo bueno es que, nuestro cerebro puede ser entrenado para ampliar lo que consideramos posible. Pregúntate hoy, ¿Qué límite he asumido sin cuestionarlo? ¿Cuál es el primer paso para derribarlo? – ¿qué límite debería establecer en su vida para ganar tranquilidad y honrar sus valores? Romper los límites que sobran e incorporar los que sanan es un buen camino hacia una vida más plena.