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Por Alejandro De Bedout Arango - opinion@elcolombiano.com.co
Colombia está a la deriva, atónita por los escándalos del día a día. Un país sin rumbo, arrastrado por una tormenta política, económica y social que el gobierno no solo es incapaz de controlar, sino que parece empeñado en agravar. La inestabilidad es la norma, la incertidumbre es la constante y el desgobierno es el único plan visible.
La salida del Ministro de Hacienda es la prueba más reciente de que este gobierno no tiene timón ni brújula. No se trata solo de un cambio de nombres, sino de una señal clara de que en este barco no hay capitán, solo un hombre deschavetado hasta en su forma de vestir, obsesionado con el poder y que, hunde la nave mientras sigue dando discursos sin sentido. Con esta renuncia, ya van más de 50 ministros que han pasado por un gabinete en permanente crisis, más de 110 cambios de viceministros y 4 ministros de Hacienda en menos de tres años.
Pero aquí no se trata solo de despidos o renuncias. Se trata de un modelo de gobierno basado en la improvisación, el populismo y el desgaste institucional. No hay una política económica seria, no hay seguridad jurídica, no hay confianza en los mercados, no acatan los fallos judiciales y se pasan por la faja la constitución y las leyes en las narices de todos los colombianos.
Se presentó un Presupuesto General de la Nación para el año 2025 completamente desfinanciado. El resultado: un país en el limbo fiscal. Se congelaron 12 billones de pesos del gasto público, afectando sectores fundamentales. La cartera de Hacienda perdió más de 3 billones, y la infraestructura quedó en vilo con el aplazamiento de proyectos esenciales como la primera línea del metro de Bogotá y el metro ligero de la 80 en Medellín.
No olvidemos los riesgos que enfrentan los estudiantes por la reducción del presupuesto del Icetex y la eliminación de subsidios a la tasa de interés. Además, las deudas de más de 7 billones a las empresas de energía relacionadas con la opción tarifaria y los subsidios a los estratos 1, 2 y 3, han generado una crisis en el sector energético. La situación es igual de alarmante en el sector de la salud. Los hospitales en Medellín y Antioquia enfrentan una deuda acumulada que supera los 2 billones de pesos, poniendo en riesgo la continuidad de los servicios médicos.
Con un déficit fiscal y una deuda pública sin control, el país no puede seguir en manos de la improvisación. El gobierno de Petro es una máquina de generar caos. No hay decisiones estratégicas, no hay planes reales, solo discursos, excusas y una obsesión enfermiza con la confrontación.
Mientras tanto, el presidente instrumentaliza todo lo que puede para sostener su narrativa populista. La consulta popular y el mal llamado “día cívico” no fueron más que una farsa, una estrategia burda para paralizar regiones enteras y disfrazar el descontento social con su show político. Petro ya no gobierna, está en campaña, moviendo fichas, eliminando a quienes no se alinean tildándolos de “nazis” y aferrándose al poder con el único propósito de evitar el hundimiento total de su imagen. Por eso están saliendo los ministros que piensan diferente a él. Este no es un gobierno que permita disidencias en él, es un régimen donde el oportunismo importa más que la competencia, donde el criterio técnico es un estorbo y donde la política se ha convertido en una lucha constante contra la institucionalidad y la estabilidad del país.
Por eso, afirmar que hasta ahora hemos visto a un Presidente caótico, errático, improvisador e incapaz de cumplir sus promesas de campaña no es un exabrupto.
Colombia no puede seguir así. No puede ser un país sin reglas, sin rumbo, sin liderazgo. No puede ser un país donde el presidente gobierna para su base y para la criminalidad, descuidando a la nación entera. Gobernar no es hacer discursos incendiarios ni llenar plazas de seguidores financiados con recursos públicos. Gobernar es tomar decisiones responsables, construir consensos, dar certezas y generar confianza. Pero este gobierno no lo entiende, ni lo quiere entender. Y si seguimos en este rumbo, el barco terminará encallado, hundido por la incapacidad, la soberbia y la ambición desmedida de un presidente que juega con el país como si fuera suyo.
Este gobierno está al garete. A partir de este momento, veremos la peor versión del presidente. Se le acabó el tiempo, las excusas y el discurso por el que fue elegido. Entrará en una fase de desesperación total en la que no le importará nada ni nadie. Totalmente desquiciado.
Colombia debe resistir. Estos cuatro años han sido un golpe duro, pero el país ha demostrado que puede aguantar desde las regiones. Ocho años serían una sentencia de muerte para la democracia colombiana.