Son pocas marcas las que llegan a los 45 años, especialmente en el saturado sector restaurantero, en el que la competencia para atraer consumidores es cada vez más fuerte.
Pico y Placa Medellín
viernes
0 y 6
0 y 6
Casi medio siglo después de empezar en un pequeño local, esta marca no ha parado de crecer. Hoy en día cuenta con 222 puntos en 53 ciudades y es una de las cadenas más grandes del país.
Son pocas marcas las que llegan a los 45 años, especialmente en el saturado sector restaurantero, en el que la competencia para atraer consumidores es cada vez más fuerte.
Pablo Gómez, cofundador de Qbano, cuando apenas era un muchacho de 17 años le apostó a un proyecto que ya llega a los 222 puntos en 53 ciudades, una hazaña que empezó a gestarse en un local de 20 metros cuadrados.
Entre farmacia y cocina
Pablo y su socio, Mario Maya, son amigos hace 50 años, la vida laboral la empezaron en la farmacia de un tío de este último, en Cali, allá trabajaban como domiciliarios a mediados de la década de 1970.
Esporádicamente, Pablo le ayudaba los domingos en el local a un inmigrante cubano que vendía sánduches y arrendaba una habitación en su casa. Desde ese momento, notó que el negocio se movía, pero el dueño era indisciplinado.
“A veces abría, a veces no. Llegó un momento en que ya la dueña del local tampoco le dejaba abrir porque le debía como cuatro meses”, relató Pablo.
Entonces, se llegó el momento en que el extranjero tenía que irse de Colombia y estaba buscando a quién venderle el plante. Cuando Pablo supo, le pintó la idea a Mario y se movieron rápido para comprarle los activos al cubano.
Los insumos con los que se quedaron valieron $30.000 de la época, que traídos al presente serían unos $6,2 millones; un monto que dos adolescentes de clase trabajadora no tienen debajo del colchón, ¿cómo pagaron?
“Teníamos unos ahorritos y una hermana del socio nos prestó un excedente para darle esos $30.000 al cubano. Pero cuando trabajábamos en la droguería ganábamos comisión por venta, nos movíamos bastante y en un momentico pagamos todo. En tres meses ya no le debíamos a nadie”, narró Pablo.
Fue así que el 25 de enero de 1979 se hicieron cargo de El Sandwich Cubano; unos familiares atendían desde las 3:00 de la tarde, luego ellos llegaban de la farmacia y despachaban hasta las 3:00 de la mañana.
“Ese —comentó Pablo— era el día a día hasta que ya nos cansamos del trasnocho, entonces, primero se retiró el socio de la farmacia. Y como a los cuatro meses me retiré yo porque ya no aguantaba ese ritmo. Ese año fue muy duro, por más joven que uno esté, siempre estar casi 17 o 18 horas trabajando es duro”.
La salsa, una revolución
A esas largas jornadas había que añadirle otro reto: ninguno de los dos emprendedores había tenido un restaurante, todo era nuevo para ellos.
Cuando el antiguo propietario les entregó las llaves del negocio, les había dado unas instrucciones para armar los sándwiches; en aquel momento solo se manejaba el clásico: pan, lechuga, tomate, queso y jamón. Pero el toque especial de esta marca es su salsa de ajo; eso lo sabe cualquiera que les haya comprado. Sin embargo, la receta que les dejó el cubano no era la que se conoce actualmente. El hombre les había explicado que el ajo se machacaba y se complementaba con un aceite, pero la mamá de Mario les sugirió que licuaran el ajo y después lo mezclaran con el aceite, ahí nació uno de los aderezos más ganadores en Colombia.
El pan también lo modificaron; el original era un baguette muy rígido que aporreaba las encías. Por eso empezaron a usar el actual, que pasa por una plancha y deja la crocancia en el punto exacto.
“Con la salsa, el negocio empezó a funcionar en forma. Éramos únicos ahí en esa Avenida Sexta de Cali, no había muchos negocios de comida rápida (ver Para Saber Más). Los fines de semana ya no dábamos abasto”, recordó Pablo Gómez.
De esos meses en los que ya el negocio atraía gente recordó: “Tenía un cliente que pedía dos sándwiches en el local. En esos momentos no se vendía el personal como ahora, sino que era el más grande. Y me decía: dame dos sándwiches. Yo le preguntaba que si el otro se lo daba para llevar y él contestaba que no, que se lo iba a comer también. Cuando empezó la revolución de nuestra salsa hubo un impacto bien fuerte en los clientes”.
La expansión
Pese a que no tenían experiencia administrando negocios, Pablo y Mario aprendieron a navegar entre los proveedores, los clientes y los empleados; tres públicos clave para que un restaurante se mantenga en pie y crezca.
Les fue tan bien en el primer local, que en menos de un año abrieron el segundo y luego se extendieron a otras ciudades: Palmira, Armenia, Medellín, Pereira y Bogotá fueron las primeras.
La idea de ambos socios era ayudar a sus familias y por eso, de los 222 puntos que tiene la marca, 96 son franquiciados y solo 10 quedaron no están en manos de familiares de los fundadores. Además tienen su propia planta de cárnicos, pues el volumen creció tanto, que el primer proveedor ya no podía cubrir esa demanda.
Han sido 45 años en el mercado y cada calendario ha traído sus particularidades. Pilar Amorocho, gerente general de la marca, reconoció que el segundo semestre de 2023 fue complejo, la economía se ralentizó y el gasto de las personas se contrajo. Aún así, terminaron con un crecimiento de doble dígito en las ventas.
Para 2024, las perspectivas se manejan con cautela, dado que la actividad económica todavía está lenta: “Digamos que quisiéramos mantener el doble dígito, pero considerando como está la economía, también tenemos que ser responsables y conservadores con lo que estamos viendo”, puntualizó la gerente.