Las imágenes televisivas tras el paso de un huracán suelen ser sobrecogedoras: extensas regiones arrasadas, casas vueltas ruinas, personas sin techo o desplazadas por uno de los fenómenos naturales más impactantes. Por ejemplo, en noviembre de 2020 el Iota estremeció toda la estructura de San Andrés y Providencia: con vientos de una velocidad de 250 km/h, dejó un saldo de seis mil damnificados, cuatro muertos y la casi totalidad de Providencia y Santa Catalina destruida. Una catástrofe en todo el sentido de la palabra. Por eso resulta extraño hablar de los efectos benéficos de estos fenómenos atmosféricos. El lado bueno de las cosas en apariencia nocivas.
Sin embargo, en la naturaleza todo tiene un fin. Todo obedece a una búsqueda de equilibrio. En su momento, el meteorólogo Timothy Schott —cuando las audiencias tenían frescos en la memoria los estragos del huracán Irene— se atrevió a mencionar consecuencias positivas de los huracanes en los ecosistemas. Primero, los vientos llevan lluvias a regiones azotadas por la sequía. Al hacerlo, estos cumplen el objetivo de transportar el exceso energético de las áreas tropicales a las regiones más frías. La ciencia lee las cosas con una óptica más amplia que el resto de las disciplinas humanas. Por tal motivo, cuando un huracán pasa cerca de un país, el ciclo de las lluvias se altera produciendo precipitaciones en zonas apartadas de las costas.
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Otro de los efectos beneficiosos de los huracanes es la regeneración de la cobertura vegetal. Aquí tienen los huracanes un impacto similar al de los incendios provocados por causas humanas: la caída de un rayo o la actividad volcánica. “En áreas forestales, los fuertes vientos harán que los árboles enfermos o débiles caigan, lo que contribuye al proceso de renovación del bosque”, informó la BBC. El problema con los incendios radica cuando son causados por la incidencia humana.