A las 4:17 de la mañana uno, por lo general, está durmiendo. Excepcionalmente está desvelado pensando en alguien, terminando una entrega de la universidad o del trabajo, haciendo el amor, saliendo de una discoteca o terminando una maratón de la serie de moda.
También puede estar, como Necla Camuz en la madrugada del 6 de febrero, amamantando a su hija de diez días de nacida. Camuz y su bebé fueron rescatados con vida de los escombros que dejó el sismo de magnitud 7.8 que destruyó, como si la guerra y la pobreza ya no hubieran hecho lo suficiente, barrios y ciudades enteras al sur de Turquía y al norte de Siria hace 13 días. Ambos quedaron debajo de un armario que los protegió de las paredes y los techos que se les vinieron encima por casi una semana que duraron las réplicas de ese terremoto.
“A medida que el terremoto se hacía más grande, la pared se cayó, la habitación se zarandeaba y el edificio iba cambiando de posición. Cuando paró, no me di cuenta de que había caído un piso hacia abajo. Grité los nombres de mi hijo y mi esposo, pero no hubo respuesta”, le contó Camuz a la BBC.
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A la 1:20 de la tarde de ese mismo día, nueve horas después de que el edificio donde vivía Camuz se viniera abajo, cuando ella estaba seguramente con frío y angustiada por su esposo y su otro hijo de tres años; cuando en el mundo se empezaba a regar la noticia de la tragedia; cuando los organismos de recate martillaban y taladraban acero y hormigón; cuando los presidentes de Europa revisaban la billetera para estimar cuánta ayuda humanitaria podían mandar; ocurrió, como si se tratara del segundo avión que chocó las Torres Gemelas, otro sismo de 7.5 de magnitud a menos de 100 kilómetros de distancia que terminó de tirar al suelo lo que quedaba en pie.
La magnitud del momento es la unidad que mide la cantidad de energía que se libera en un sismo. El de Chile, en 1960, es el más alto del que se tenga registro en la historia: 9.5. El de Haití en 2010 fue de 7.0, el de Japón en 2011, de 9.0. Pero la magnitud no mide el número de víctimas, de personas que murieron mientras dormían, luchaban contra el insomnio, terminaban una tarea, bebían en un bar, se quitaban la ropa o mientras amamantaban a un bebé. En Chile fueron menos de 2.000; en Japón, 20.000; en Haití, 200.000; en Siria y Turquía van 45.000 y contando.
Es el peor terremoto del último siglo en Turquía, un país acostumbrado a los sismos: en 1999 hubo uno que dejó 17.000 muertos y con el que supuestamente se ordenaron normas de construcción más severas.
Según el presidente turco Erdogan, este es el más grave desde 1939, cuando la magnitud fue de 7.7 y el número estimado de muertos estuvo por encima de los 30.000. Pero esa experiencia al parecer no fue suficiente para preparar la infraestructura del país ante desastres naturales de magnitudes –entendida en número de víctimas– parecidas. Los restos de los edificios doblados como tubos de silicona, derrumbados como un jenga o simplemente desprendidos del piso como una planta sin raíces, hacen ver a los constructores y a los funcionarios públicos que autorizaron las construcciones como los principales responsables.
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Erdogan, quien ya ajusta 20 años en el poder turco (primero como primer ministro y ahora como presidente), apoyó en 2019 una iniciativa de su partido que perdonaba a los propietarios fallas en la construcción de sus viviendas. Ahora, mientras los médicos, los rescatistas y los sepultureros turcos trabajan a tope, el gobierno persigue y captura a constructores y contratistas vinculados a los edificios convertidos en polvo.
Casi dos semanas después de la catástrofe, rescatistas y periodistas buscan sobrevivientes milagrosos al tiempo que las autoridades buscan responsables en quienes construyeron o permitieron la construcción de miles de edificios que se pulverizaron sin oponer mayor resistencia.
Los milagros, algunos transmitidos por televisión, también se desvanecen con el paso de las horas: un joven rescatado 95 horas después del sismo puso a sonar la alarma de su celular cada 25 minutos para no quedarse dormido, dos hermanos de 17 y 21 años pasaron 198 horas debajo de un edificio y sobrevivieron comiendo de un tarro de proteína en polvo que les quedó al lado y bebiendo sus orines. Un hombre diabético de 62 años también sobrevivió 187 horas debajo de los escombros gracias a su orina.
Otra mujer fue rescatada con vida 204 horas después del sismo, una jóven de 17 años a la que la televisión turca llamó “niña milagro” aguantó 248 horas, un hombre de 45 años, 278. Ayer, 12 días después del desastre, un equipo de rescate de Kirguizistán encontró vivos a Samir Muhammed Accar, su esposa Ragda y su hijo de 12 años, quien murió horas después.
Pero las horas de supervivencia después del tercer día no dicen mucho. Es como la edad de un bebé dada en meses después del primer año. En 198 horas se pueden jugar 132 partidos de fútbol, en 204 se puede repetir 63 veces la última película de Avatar, en 278 –11 días con sus noches– se puede reproducir la canción de Shakira con Bizarrap 5.000 veces.
En ambos países las labores de rescate ya están prácticamente suspendidas. Lo muros que durante los primeros días se partían cuidadosamente con un martillo, ahora son derribados de un tajo con una retroexcavadora.
Las fotos desde Turquía, donde están casi el 90 % de las víctimas hasta ahora, parecen tomadas a blanco y negro. La luz del sol débil del final de invierno no alcanza a darle mucho brillo a la nieve y al polvo que lo opacan casi todo.
Parecen tomadas en Siria, donde desde hace más de una década se toman fotos de escombros, de edificios destruidos, de niños muertos, de madres llorando. La infraestructura, la economía, el sistema de salud y la vida en Siria llevan años en la ruina. Primero fue la guerra civil que parece no tener un final cercano, luego el covid-19, después vino la guerra en Ucrania que disparó la inflación, hace poco tuvieron un brote de cólera, y ahora, según cuentas de organismos internacionales, han puesto casi 6.000 muertos al total de víctimas del sismo.
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Para las víctimas sirias esto ha sido peor que la guerra. En la guerra, dicen, al menos pueden prepararse. Oyen los aviones a la distancia y pueden buscar refugio. El terremoto, en cambio, duró 30 segundos.
En Siria, donde la tasa de pobreza es de casi el 80 %, medio millón de personas han muerto en la guerra y más de 6 millones se encuentran refugiadas en otros países, la mayoría de ellas en Turquía.
Desde el terremoto, algunos han decidido regresar a su lugar de origen para acompañar a sus familias, mientras otros han preferido quedarse en Turquía, conscientes de que allí llegarán más ayudas.