El hombre que no pudo ser Bolívar

En su posesión como presidente de Venezuela hace 20 años, Hugo Chávez no juró sobre la Constitución sino que la condenó a muerte. Con la mano tocando el texto de 1961 prometió que, sobre “esa moribunda Constitución”, crearía otra “adecuada a los nuevos tiempos”.

Los representantes de los viejos tiempos estaban entre el público. Carlos Andrés Pérez, el presidente al que Chávez había intentado derrocar 7 años antes, y Rafael Caldera, aquel que lo sacó de la cárcel en la que terminó tras ser derrotado en el golpe de Estado.

Ese día, 4 de febrero de 1992, la urgencia del gobierno de Pérez para que los sublevados en otras ciudades dejaran las armas, llevó al ministro de defensa, Fernando Ochoa, a incurrir en una estrategia peligrosa: darle al líder de la revuelta un micrófono para que, en vivo y en televisión nacional, instara a sus aliados a retirarse.

En cuanto apareció en cámara, con la cara lavada tras una noche de combate y su boina bien puesta, Chávez comenzó a existir para la mayoría de venezolanos, recuerda Miguel Otero, director del diario El Nacional. Las 169 palabras que dijo en su intervención serían recordadas, pero sobre todo estas: “Por ahora no hemos logrado nuestros objetivos”.

A la vez que se rendía, Chávez dejaba en el aire la promesa de su regreso. Solo siete años después, mientras era investido como presidente, quedó claro que el resultado del golpe de Estado no había sido una derrota.

Chávez alcanzó su objetivo: tener un espacio en la memoria de los venezolanos. Un lugar, claro, deshonroso al principio, pero sobre el cual construyó un mito que, aún después de su muerte, lo mantiene como la sombra que gobierna a Venezuela.

Bajo el árbol de Bolívar

“Usted piense”, leyó en uno de los tomos de las enciclopedias que le había llevado su padre para que estudiara. El niño Hugo Chávez, hijo de maestros que ejercían en el municipio de Sabaneta, en el estado llanero de Barinas, actuó como el militar que sería: acató la orden.

Desde entonces, empezó a narrar para sí sus actividades mientras las hacía. Así, si estaba bateando en la cancha de tierra de su casa, pensaba “estoy jugando béisbol”, y si luego de servir en la iglesia como monaguillo lo invitaban a dar una vuelta, pensaba “me estoy divirtiendo con mis amigos”. Con ese método, contaría luego, encontró la clave para entender lo que estaba viviendo, “para no pasar su vida como una nube”.

Chávez vivía narrativamente, como si luego su vida fuera a ser contada por otro y, quizá por eso, dejaba huellas. Desarrolló una obsesión por hacer coincidir los hechos de su vida con fechas históricas.

En 1982, por ejemplo, unió el bicentenario del nacimiento del libertador Simón Bolívar con el origen de su vocación de poder. Como escenario escogió el Salman de Güere, el árbol a cuya sombra el libertador fue educado por Andrés Bello y en el que luego se detuvo a planear la gesta independentista.

Allí, el recién ascendido capitán Chávez y sus compañeros de curso Jesús Urdaneta, Raúl Isaías Baduel y Felipe Antonio Acosta juraron, imitando las palabras de Bolívar, que no darían tranquilidad a su alma, ni descanso a sus brazos, hasta no ver rotas las cadenas que oprimían a su pueblo.

Ese fue, para Germán Sahid, internacionalista experto en Venezuela, el origen ideológico del chavismo. Consistió, en resumen, “en convertir a Bolívar en un primer Che Guevara. En tomar un liberal afrancesado del siglo XVIII y transformarlo en un socialista para crear un nuevo mito continental”.

Fue la primera puntada de una idea que no se concretaría hasta 1999, cuando coincidieron todos los factores que, según Sahid, llevaron al poder a Chávez: la tradición militarista de ese país, las reservas petroleras que lo pusieron en la vista de Cuba, urgida de un aliado poderoso tras el desplome de la Unión Soviética en 1989, y el voto castigo contra la política tradicional.

Porque, de alguna forma, Chávez fue elegido como una venganza del pueblo venezolano contra sus dirigentes, quienes para Manuel Delgado, venezolano magíster de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), habían desaprovechado la oportunidad de ser una potencia encausando adecuadamente las rentas petroleras.

Era un descontento popular que requería un rostro y, para ponerle el suyo, Chávez recurrió al método que el siglo XX le había venido dictando a América Latina: un golpe militar. Una vez en el poder, cambió de táctica.

Para que su imagen no desapareciera imaginario de los venezolanos, se convirtió –además de presidente– en una celebridad televisiva, en el presentador de Aló Presidente, un programa semanal con hasta 5 horas de duración y 318 emisiones. En este, Chávez convirtió a los venezolanos en oyentes de ese autorrelato que había empezado cuando era niño, por sugerencia de una enciclopedia.

El juramento que no fue

Para los propósitos de Chávez, el tiempo no parecía ser una amenaza. En varias ocasiones se refirió al 2021, año del bicentenario de la batalla de Carabobo, como su fecha de retiro, pese a que originalmente la Constitución de 1999 fijaba el 2013 como su límite en el poder.

En 2007, tras la única derrota electoral de su vida, un referendo en el que pretendía reelegirse indefinidamente, repitió la consigna de su primera aparición en televisión:“por ahora”. Y así fue. Luego, respaldado por su control del Estado, consiguió aspirar y ganar un nuevo mandato en 2012.

Su campaña alternó los actos públicos con el tratamiento contra el cáncer que le diagnosticaron en 2011. Durante una de sus intervenciones de esos días, Chávez no se dirigió al público sino al cielo: “Cristo, dame tu cruz, cien cruces, pero dame vida, porque todavía me quedan cosas por hacer por este pueblo y por esta patria, no me lleves todavía”.

Concluyó la campaña, pero el 10 de enero de 2013, el día que debía jurar como presidente, su tratamiento le impidió asistir a la ceremonia. Él, quien se había posesionado por primera vez sobre una Constitución moribunda, se encontró en la antesala de su propia muerte.

Rafael Ramírez, quien fue su mano derecha como director de la empresa venezolana de petróleo Pdvsa, dijo en una entrevista al diario El Pitazo en 2018 que, hasta el final, Chávez pensó que viviría para “estar al frente de la batalla”.

Después de todo, era solo un hombre que no quería morir. Pero no en los términos en los que alguien común se resiste a hacerlo, sino con una obstinación que va más allá del ego, o es su epítome: la convicción de quien se siente destinado a cambiar, con la suya, las vidas del resto.

Una historia corriente

Durante sus 14 años en el poder, Chávez cambió todo en Venezuela; hasta el nombre, al que agregó “República Bolivariana”. De acuerdo a Manuel Delgado, Chávez fue “en esencia, un hombre con mucha suerte, que gobernó durante los años de mayor bonanza petrolera y tuvo fortuna hasta para morir, justo antes de la caída de los precios del crudo”.

En principio, esa riqueza sin precedentes resolvió el dilema al que se enfrenta cualquier mandatario sobre cómo gobernar. La respuesta de Chávez, el líder atípico que llegó allí rechazando la vieja política, fue la misma que la de sus antecesores: se gobierna con petróleo.

Implementó una estrategia que consistía en usar el crudo como moneda de cambio geopolítico, repartiéndolo a sus aliados clave como Rusia y Cuba, y a países pequeños de Centroamérica que le aseguraban el respaldo mayoritario en escenarios como la OEA.

También aplicó esta táctica en la política interna, en la forma de las llamadas misiones –nombradas con alusiones religiosas como Cristo y Niño Jesús–, programas sociales que solía anunciar en su show semanal.

En uno de ellos, en 2008, Chávez interrumpió los avisos gubernamentales para contar que, en una ocasión, había aguantado una diarrea durante la inauguración del túnel del ferrocarril entre Caracas y los valles de Tuy.

Entusiasta por las risas de los asistentes, ahondó en detalles. Se describió a sí mismo, con el mazo en alto, incapaz de darle el último golpe a la obra y sudando. “Es que yo soy un ser humano como cualquiera de ustedes. A veces la gente se olvida de eso”, dijo.

Por momentos él también lo olvidaba. Sobre todo al final, cuando dejó de entender que esa historia propia que venía contándose desde la infancia terminaba como cualquier otra: con la muerte robándose el último párrafo.