En la construcción de sostenibilidad existe un cuello de botella complejo, un poco a la manera del dilema del huevo y la gallina: ¿De qué lado deben surgir las iniciativas para la transición en los patrones de producción y consumo cuando estos afectan de manera negativa los ecosistemas? Un ejemplo relevante que se discute en estos días es el del plástico, pues los fabricantes aducen que es la gente la que sigue reclamando productos de polietileno e “icopor” y que son ellos quienes no disponen adecuadamente el material una vez consumido, para luego reclamar a los fabricantes por la basura y contaminación. De ahí que el Estado haya recurrido a la prohibición de ciertos tipos de empaques, pues los niveles de acumulación son alarmantes.
¿Deberían las empresas limitar la fabricación de la materia prima base de la elaboración de los centenares de productos que terceros transforman? ¿Cuál es el nivel de responsabilidad de los diferentes actores? Es importante ser conscientes de las implicaciones de una intervención drástica en cualquier sistema de producción que implique empresas, comunidades, personas y entes reguladores, pues los efectos de una decisión, normalmente inspirada en buenas intenciones, pueden resultar perjudiciales para la gestión de una transición más persistente hacia un modelo de producción y consumo sostenibles.
Normalmente implican pérdida de empleos, dilución del conocimiento asociado con el proceso, acumulación incierta de pasivos ambientales que se convierten en amenazas y una disminución de las capacidades de actuar frente al problema. En el caso de los plásticos, se requiere un trabajo de fondo para transformar una industria, en una actividad constructora de sostenibilidad. Esto implica diálogos con los consumidores que a menudo no tienen quién los represente, razón por la cual son un “fantasma” que inhibe la maduración del cambio. El llamado a transformar los comportamientos de los consumidores para favorecer la protección ambiental y construir las economías circulares necesita un trabajo profundo.
La construcción de alternativas sostenibles se queda corta por la resistencia al cambio y la comodidad cómplice que se convierte en una mala adaptación entre productores y consumidores, por lo cual correspondería en muchos casos a los más organizados y capaces, es decir, al sector empresarial, liderar la tarea. Al fin y al cabo, también están interesados en que el planeta persista indefinidamente y que las cualidades del bienestar social conduzcan a estados menos vulnerables al cambio climático. Cualificar la demanda de los consumidores en las economías de mercado es fundamental para construir alternativas ambientales que no sean resultado de la tiranía de las redes sociales, ni tampoco de las falacias irresponsables de la publicidad, pero capaces de afrontar las revelaciones que la ciencia y otras fuentes de conocimiento proveen: no podemos depender de una fotografía alarmante o reconfortante que se postea para apoyar una noticia controversial o falsa, pero tampoco podemos ignorar los mensajes del desastre que representan bolsas plásticas dispersas por bosques y océanos.
Responsabilidad compartida, acción estatal y eventualmente sacrificios de todas las partes son el único camino para salir de la comodidad con la cual estamos tratando de prolongar los beneficios de cada una de las partes hasta que la cuerda se reviente: mala estrategia cuando lo que está en juego es la continuidad de la sociedad. Bienvenidos los esfuerzos para construir alternativas concertadas para transitar hacia modelos de desarrollo mucho más sostenibles: recordar que la circularidad de los vicios puede convertirse en virtuosidad a partir de cualquier punto.
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