Tras varias horas de acompañarlo a ver los murales que ha pintado en las calles de Anzá —más de diez, en su cálculo—, León Octavio Osorno dice: “Antes de que se vayan les voy a dar dos chivas”. Y sonríe. Viste una sudadera negra y una camiseta blanca, en cuyo pecho se lee la frase “Lo que mandaron de Anzá”, en referencia a una burla del humorista Montecristo. También lleva una gorra negra, que cubre poco su cara tostada por el sol. Vamos al sitio en el que vive en arriendo hace tres años, luego de su regreso al pueblo. “Me devolví de Cali porque el alcalde de Anzá me contrató para trabajar con los niños”, dice. Regresó, pero no del todo. En Cali está su casa de dos niveles en San Antonio y el trabajo de media vida. Llegamos a su residencia, un primer piso con un afiche que dice “Embajada de Santiago de Cali”, pegado en la ventana que da a la calle.
De la vivienda saca una carpeta grande, negra, y nos lleva al parque educativo del municipio. “Es una lástima lo subutilizado que está esto. La gente no viene casi”, dice mientras entramos a un edificio rodeado por casas y un guadual. “Buenas tardes, primo. Permiso”, le dice al portero. A lo largo del día ha saludado de esa forma a varios parroquianos. Y resulta que muchos sí son parientes suyos. A él la gente lo saluda con los apelativos de profe o maestro. León Octavio está en esa categoría a medias sociológica a medias folclórica de personaje ilustre: quizá sea él el nativo de Anzá más conocido fuera de los lindes de las montañas antioqueñas. Y eso es así por sus trabajos de caricaturista, de escritor, de músico, de radioaficionado y de gestor cultural.
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El bando de Villa Maga y los villamagos
De un morral saca un libro. Me lo extiende. Pronto me doy cuenta de que se trata de un nuevo volumen del Bando de Villa Maga. Aquí conviene hacer una aclaración: el Bando de Villa Maga, publicado en 1984, es una novela que emplea los recursos del periodismo para contar lo que pasa en el interior de alguien enamorado. Tiene portadas, editoriales, noticias, clasificados, caricaturas, publicidad y corresponsales. En ese sentido también es un ejercicio de experimentación formal. El relato es sencillo y autobiográfico: una líder revolucionaria, de nombre mitológico, libera a Villa Maga de las neblinas eternas y la lleva a enfrentarse al país de Kanibbalia, una metáfora de la realidad. Todo esto, por supuesto, es una recreación lírica de un hecho normal: León Octavio se prendó de Susan Kunz, una gringa que trabajó en el Comité de Cafeteros del Valle del Cauca, y durante cuatro años vivió con ella una historia de amor. El libro se convirtió en una rareza bibliográfica.
El arte está en todas partes y termina en los papeles, escribió un poeta cubano. Es decir, la trascendencia de una obra de arte no está en ella misma sino en las formas en que incide en la realidad. Estas perogrulladas de crítica literaria sirven para entender el fenómeno del Bando de Villa Maga. Ese libro creó una comunidad de lectores que ha asumido como propia la filosofía del autor, sintetizada en una serie de frases que pendula entre la retórica de la superación personal y la espiritualidad laica. Un par de muestra: “Quiénes buscan a Dios solo en los templos de cemento pretenden encontrar el ahogado río arriba” o “Quien no arriesga un sueño no saca un mundo nuevo”. Esos lectores están diseminados por Colombia y otros países y han fundado embajadas de Villa Maga en diferentes rincones del globo. “Villa Maga es un estado del alma, por eso puede tener varias embajadas en una misma ciudad”, dice León Octavio. Este tipo de territorios fantasiosos no es tan inusual en la literatura. El difunto novelista Javier Marías, por ejemplo, fue el monarca absoluto del Reino de Redonda, una micronación imaginaria.
León Octavio no es el gurú ni el rey de la comunidad de Villa Maga: es una suerte de tío. Y también uno de los administradores del chat de WhassApp Villa Maga, en el que se intercambian mensajes sobre la vida y los viajes por el mundo de sus integrantes. Hace poco llegó a ese chat un texto que da una idea del espíritu del grupo. Lo escribió una gestora cultural radicada en Málaga, que recorre por estos días reservas naturales en Baja California. Dice así, con mayúsculas y signos ortográficos: “Queridos HerMAgos MaraVILLAS!!!!! reciban amorosos saludos apapachadores desde México mágico paradisiaco (...) Gracias amado León Octavio por hacerme parte de esta gran familia Villa Maga, ¡es un verdadero honor compartir esta bella utopía!”. Líneas adelante la remitente del mensaje habla de un formulario de participación. Se refiere a uno de los planes de León Octavio: con ocasión de los cuarenta años de la primera edición comercial del Bando de Villa Maga el escritor organiza un encuentro internacional de sus lectores, que se realizaría en Anzá.
La gente del grupo celebró la inventiva verbal de fusionar las palabras hermanos y magos. Ese es uno de los rasgos de Villa Maga: los juegos de las palabras dejan entrever las posturas vitales de sus miembros. Por ejemplo, los villamagos hablan de la polética (política con ética). Ese espíritu, tan emparentando con Julio Cortázar, pervive en los trabajos inéditos de León Octavio. Impregna, verbigracia, la Bioblia, un libro al que le ha dedicado diez años de dibujo y escritura.
La Bioblia, un “incunable”
Luego de que le devuelvo el tercer volumen inédito del Bando de Villa Maga, Léon Octavio suelta una pregunta: “¿Sabe qué son los libros incunables?”. Sí, lo sé, pero la respuesta se me enreda en la boca. Percibe mi tartamudeo y echa un salvavidas: “Los incunables son los libros publicados en la primera época de la imprenta, entre 1450 y 1500. Eran libros con un diseño particular, que tenían unos huecos para las ilustraciones”, dice. Y luego, como si fuera lo más natural del mundo, martilla: “La segunda chiva es que estoy trabajando en un incunable”.
Saca de la carpeta unas cartulinas scholler de cincuenta por treinta y cinco centímetros. En la primera está el título “La Bioblia, el libro laico de la vida”, justo en la mitad de unos travesaños de madera dibujados con tinta. También hay dibujos de un pájaro en pleno vuelo y de flores de pétalos afelpados. Adentro los textos y las imágenes de la naturaleza refuerzan el mensaje vitalista del libro, que se puede resumir en el famoso “carpe diem” de los romanos. El libro abre con un fragmento de Baruch Spinoza, en el que el filósofo le da la voz a un dios profundamente humano que le dice a la gente: “Quiero que goces, que cantes, que te diviertas, que disfrutes de las cosas que he hecho para ti”. Hay un escrito del artista austriaco Friedensreich Hundertwasser contra la práctica de lanzar el excremento humano a los ríos y no convertirlo en abono para la agricultura local. También hay un trozo de Reforestemos el corazón, otro de los libros de León Octavio, uno del que no conserva ejemplar alguno.
Y, ¿qué piensa hacer con ese libro?, le pregunto a León Octavio mientras miro de cerca los detalles de las flores dibujadas. “Quiero regalárselo a Irene Vallejo. ¿Ha leído El infinito en un junco?”, dice. No, tampoco he leído ese libro. “Es una belleza”, continúa. No sé, don León. Es un libro muy interesante. Debería donarlo a alguna biblioteca pública. Tal vez a la Piloto, digo, con pena por la intromisión. Al escuchar el nombre de la Piloto el rostro de León Octavio se ilumina con una sonrisa. “Qué buena idea, sí”, dice. Y saca del bolsillo de la sudadera una billetera. Revisa su interior hasta encontrar un trozo de papel manchado por el tiempo, metido en una funda de plástico transparente. Es un carné de la Piloto, fechado en 1959.
Lo acompañamos hasta su casa. Una vez allí nos despedimos. Antes de que cierre la puerta del carro le pido que me incluya en el chat de Villa Maga. En la salida del pueblo —qué también es su entrada— está uno de los murales de León Octavio. Allí están presentes los motivos recurrentes de su pintura, al menos la que ha hecho de Anzá un museo al aire libre: la frondosa vegetación, los pájaros, las flores. También está el mar y sobre sus invisibles olas va la “Curiosa”, un barco de madera, nieto simbólico de los tres que trajeron a Cristóbal Colón y a su tripulación a las playas americanas. Ese barco —que tiene dibujado el escudo de Anzá en una de sus velas— es el emblema de Villa Maga. A fin de cuentas, el punto de partida, el camino, el viajero y la meta es uno mismo. También los monstruos de la ruta y las sombras de los árboles. Cada quien es su propia Ítaca. O, para ser coherente con León Octavio, cada uno es Anzá.