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“Ser mujer trans no va a detener al patriarcado violento”: Alana S. Portero

La escritora es una de las voces más poderosas sobre las realidades de las mujeres trans en España. En el Hay Festival Medellín presentó La mala costumbre, su primera novela.

  • Alana S. Portero fue reconocida por el Ministerio de Igualdad de España por su contribución a la visibilización de las mujeres trans. Estuvo de visita en Medellín. FOTO Carlos Velásquez
    Alana S. Portero fue reconocida por el Ministerio de Igualdad de España por su contribución a la visibilización de las mujeres trans. Estuvo de visita en Medellín. FOTO Carlos Velásquez
  • Alana escribe sobre cultura, feminismo y activismo LGTBIQ+. FOTO Carlos Velásquez
    Alana escribe sobre cultura, feminismo y activismo LGTBIQ+. FOTO Carlos Velásquez
  •  Alana S. Portero es la autora del libro La mala costumbre. FOTO Carlos Velásquez
    Alana S. Portero es la autora del libro La mala costumbre. FOTO Carlos Velásquez
  •  Portero es historiadora, escritora, dramaturga, directora de teatro y activista. FOTO Carlos Velásquez
    Portero es historiadora, escritora, dramaturga, directora de teatro y activista. FOTO Carlos Velásquez
26 de enero de 2024
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La escritora española Alana S. Portero estuvo por primera vez en Medellín y sintió que estaba en un bosque extraño y maravilloso a la vez, pero aclaró que su idea no era “exotizar”, solo que ella ve la vida así. Y la escribe así. Tanto verde, tantos murales, tanta gente hablando duro en la calle la llevaron a corroborar porqué el realismo mágico nació en Colombia.

La autora del libro La mala costumbre fue una de las invitadas al Hay Festival Medellín: habló sobre su primera novela que cuenta la infancia y adolescencia de una niña que crece en un cuerpo que le resulta extraño. Alana es una mujer trans.

En Medellín no estuvo más de 35 horas. Fue un paso fugaz porque también la esperaban en el Hay Festival Cartagena. Lo poco que conocía de este país había sido a través de la literatura: Gabriel García Márquez, Juan Sebastián Cárdenas y Héctor Abad, entre sus favoritos. Es historiadora, escritora, dramaturga, directora de teatro y activista.

La portada de su nuevo libro (lo comenzó a escribir en 2019) fue diseñada por Roberta Marrero, una artista del collage, poeta y mujer trans canaria. Es la estampita de Santo Domingo Savio: un niño santo intervenido, muy marica, con moñito y rodeado de tacones, flores y corazones. Roberta la diseñó sin leer la novela con la intención de sorprenderse. Y sucedió. Es acorde. Es perfecta.

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A los nueve años, Alana ya sabía cantar boleros. En su casa, en el barrio San Blas de Madrid, se escuchaba muchísima música. Por el lado de la mamá sonaban Juan Gabriel y Armando Manzanero. El papá y las tías se inclinaban por el rock. La música ha operado en su cabeza (y en su corazón) de una manera muy especial.

Alana escribe sobre cultura, feminismo y activismo LGTBIQ+. FOTO Carlos Velásquez
Alana escribe sobre cultura, feminismo y activismo LGTBIQ+. FOTO Carlos Velásquez

Cuando recuerda el barrio San Blas, el lugar donde se crió, ¿qué se imagina?

“Las vecinas son mi primer recuerdo y es lo que he utilizado además para construir alguna ficción sobre ellas. Eran mujeres escandalosas que estaban continuamente unas en las casas de las otras, muy guerreras. En el barrio hubo un movimiento vecinal político muy fuerte construido por mujeres que la mayoría eran prácticamente analfabetas. Tengo muy presente sus voces”.

¿A qué sonaba ese barrio?

“Era muy ruidoso. Sonaban las voces, hablaban continuamente, se saludaban desde las ventanas hacia la calle. Había gente que voceaba sus mercancías. Se escuchaba la radio a un volumen muy alto que se mezclaba con la que escuchaba mi madre. Recuerdo la voz humana, ese era el sonido de fondo del barrio, ahora el sonido es de autos y obras”.

¿Cuántas veces se ha enamorado?

“Muchas. Han sido amores muy fugaces, porque la mayoría han sido enamoramientos que no se han consumado, lejanos, que no han devenido en una relación, unidireccionales solo por mi parte. Pero he tenido una gran capacidad para enamorarme y además sin frivolidad, soy de las que una semana se puede enamorar de una persona y a la semana siguiente, de otra. No sé contar cuántas veces, son muchas”.

En su libro La mala costumbre aparece Jay, el primer amor de la protagonista y al que ella le declara su amor...

“Jay se parece a un primer amor que yo tuve. Quise explorar cómo hubieran sido las cosas si hubieran sido perfectas hasta que se rompe. Quise que la relación entre Jay y la protagonista fuese perfecta, pero no fue el caso. Ahí hubo un tipo de rechazo muy concreto ante la gran confección. Quise explorar lo contrario, construir la posibilidad de un primer amor correspondido, hermoso y sincero”.

¿Sintió un fresquito cuando escribió esa parte?

“Sí, claro. La mala costumbre es una vuelta al pasado para cambiarlo, vencer batallas que se perdieron, hacer las paces con lugares oscuros de la propia vida y la de otras, y para explorar las posibilidades de cómo hubiera sido la vida si las cosas hubieran sido diferentes para bien y para mal. Hay muchas cosas de mi propio relato, mi propia vida, pero también otras que tienen que ver con otras mujeres trans que he conocido e incorporé sus vivencias, me ayudaron a construir ese laberinto de posibilidades que es la novela”.

Ser LGTBI en los barrios populares o en la provincia es doblemente complejo, como le ocurre a Saúl, otro de los personajes...

“Por eso nos merecemos cada avance, cada paso que hemos dado y todo el reconocimiento que tengamos actualmente. Lo miro con tristeza y no me gusta pensar que el sufrimiento es una escuela, pero desde luego se obtienen aprendizajes muy importantes. Me gusta pensar que sin haber pasado por todo eso, sin haber observado esa hostilidad, yo no sería la mujer que soy. Estoy contenta, todo lo bueno que me ha pasado en la vida ha sido por ser como soy. Aprendí mucho de la hostilidad y lo miro con bondad. Quiero entender que muchas personas que se mostraban hostiles con las vidas LGTBIQ+ no tenían herramientas para comprender y muchas han cambiado su manera de tratarnos”.

¿Utilizar un lenguaje violento hacia las personas diversas nos encierra más para salir ante el mundo?

“Completamente. Las personas somos narraciones que se construyen con las palabras que nos dirigen. Cuando se utilizan palabras de burla, dolor o violencia es muy difícil crear una relación de ti misma que sea positiva y bondadosa. Eso crea encierros. Determinados contextos o generaciones de personas LGTBI acabamos haciendo un abismo interior y eso crea muros de silencio y de distancia con el mundo que nos rodea, que luego es muy difícil superar. El armario no es nuestro, el armario nos lo construyen, nos metieron para no ser vistos. Ese armario son esas palabras de negatividad, pero hemos sabido romperlo, algo que no es nada fácil”.

Usted dice que ser mujer trans es el resultado de los ejemplos cercanos...

“Lo que llamamos intimidad no es tal. Las personas no somos quienes creemos ser, las personas somos quienes creemos ser más cómo nos miran, lo que dicen de nosotras, cómo nos tocan, lo que podemos ver y lo que no. Somos el resultado de una serie de fricciones y caricias con el mundo que nos construyen, por eso los referentes son tan importantes. Mis vecinas, mi madre y mis tías son mis primeros referentes, su manera de montar escándalo, su belleza, su tenacidad a la hora de conducir sus vidas, su capacidad de resolverse contra la adversidad. Ellas son las primeras que ensancharon mi mundo y me permitieron conocer a otras que conocí en la calle”.

En el libro se menciona a tres mujeres trans trabajadoras sexuales que conoció muy joven...

“Sí, a los 14 años y me pegué de ellas como una mosca, les aprendí casi todo, me proporcionaron la sabiduría y experiencias más maravillosas, junto con mi madre y mis tías me enseñaron a querer y cuidar a las demás y a cuidarme. Fueron las primeras que me vieron sin tenerles que decirles quién era”.

Alana S. Portero es la autora del libro <i>La mala costumbre</i>. FOTO Carlos Velásquez
Alana S. Portero es la autora del libro La mala costumbre. FOTO Carlos Velásquez

Uno de sus espejos se llama Margarita. ¿Quién es ella?

“Es una suma de varias mujeres que han pasado por mi vida, representa una generación de mujeres trans españolas que creo fueron las mujeres más maltratadas en nuestra historia reciente. En los 70 las leyes se endurecieron y llevaban a prisión a las personas LGTB. Estas mujeres se llevaron la peor parte, porque fueron encerradas en cárceles masculinas y las trataron muy mal. Cuando salieron se llevaron la peor parte del sida, no las ayudó nadie, sufrieron un calvario y aún así muchas sobrevivieron y son las mujeres más sabias, divertidas, fuertes y amorosas. Tenemos que incorporarlas a nuestra historia narrándolas porque se lo merecen”.

Con otra, con Eugenia, nos invita a tratar de comprender eso de estar vivas pero muertas por dentro...

“Ella es una superviviente además en su caso entra en juego que es inmigrante, que tuvo que huir del lugar donde vivía y que donde aterrizó tampoco le proporcionó un vida fácil. Aún así consigue reinar sobre sus escombros, ese dolor, esa miseria. Ella hace parte de las expulsadas dentro de las expulsadas. Es como un motor que empuja al resto para vivir, proporciona un hogar simbólico y uno físico. Muere muchas veces y resucita siempre”.

¿Qué tanto Alana ha estado destruida por dentro, así como le ocurre a Eugenia?

“Sí, sobre todo en los primeros 20 años de mi vida, pero después todo cambió por el contacto con estas mujeres y una deuda que tenía conmigo misma. En el libro hay una escena muy violenta que fue real, me ocurrió a mí. Un grupo de neonazis cazan a la protagonista en un paseo, ella completamente feminizada, y le dan una paliza terrible, entonces ella vuelve al armario y pasa unos años de reclusión absoluta y se da por perdida. Viví esa experiencia tal cual, pero mi reacción fue la contraria, me impulsó a vivir, a liberarme. Cuando estaba sangrando en el suelo decidí que esas personas no me iban a imponer lo que querían que era la muerte en vida. La violencia extrema contra las mujeres trans es nuestro bautismo en la calle y eso a muchas las mata en vida”.

¿De qué manera le dio la bienvenida a Alana?

“Cuando me recuperé, me mostré de verdad, sin ninguna otra oscuridad. Estéticamente me mostré las 24 horas del día, no hubo más juegos de género, le di rienda suelta a mi vida. La primera vez que salí a la calle vestida y maquillada sin ambigüedades fue como una canción victoriosa que cantaba yo y que podía oír todo el mundo. A menudo cuando se habla de las mujeres trans se nos menciona mucho la disforia de género, pues yo sentí la euforia de género, lo contrario, el no querer ser otra persona que yo misma, estaba cómoda y feliz. Fue la primera vez que no quise cambiarme por nadie”.

¿Usted es también el resultado de su familia?

“La familia de la novela se parece bastante a la mía, pero en ellos opera el silencio de una manera mucho más honda que en la mía. He tenido mucha suerte, mis padres han sido siempre personas muy amorosas y su incomprensión nunca ha estado ligada al rechazo y eso también lo quería contar. Una familia puede no comprender, pero eso no significa que tenga que rechazar. Forzar la comprensión a veces da muy malos resultados, hay conversaciones que no deberíamos tener y dejar pasar el tiempo. En mi casa el tiempo nos ha regalado el entendimiento. Esto lo quise explorar en la literatura porque muy a menudo nuestras historias son de rechazo, violencia familiar, expulsión, pero a mi protagonista no le quise hacer esto, contar una historia de trauma familiar. Soy una privilegiada porque en mi generación eso no es lo habitual”.

¿Considera que existen diferentes tipos de mujeres trans?

“Cada mujer trans tiene que definirse en sus propios términos y si yo quisiese hacer una definición de las mujeres trans como conjunto estaría siendo la primera que nos deshumanizaría, que metería en un lugar que haría de nosotras una mente colmena o una especie de grupo cuantificable, medible y controlable. Hay tantos tipos de mujeres trans, como tantos tipos de mujeres. Cada mujer trans, cis, racializada, racializada y trans, racializada y cis, etcétera, tiene que ser lo suficientemente bondadosas e inteligentes para encontrar la forma de relacionarnos, colaborar y ocupar ese espacio de las mujeres en condiciones de igualdad. Las mujeres trans somos indefinibles, afortunadamente”.

¿Qué opina sobre las posturas feministas radicales que dicen que solo se es mujer biológicamente?

“Eso implicaría que yo soy sintética y no lo soy. Soy bastante biológica. Los discursos esencialistas yo entiendo de dónde vienen, hay que pararse y escuchar lo que dicen. Es verdad que el cuerpo de las mujeres cis ha sido violentado tradicionalmente y eso no se puede negar, ni se debe negar, pero mi forma de habitar lo femenino, de estar y ser mujer no va detener al patriarcado violento porque yo le diga que mi biología no es la de una mujer cis. Esencializar el discurso de los cuerpos nos lleva a dejar más gente afuera que adentro y eso es un peligro, ya sabemos cómo termina. Yo soy europea y blanca, sé muy bien lo que hemos hecho al mundo, precisamente categorizando las esencias físicas de las personas”.

Portero es historiadora, escritora, dramaturga, directora de teatro y activista. FOTO Carlos Velásquez
Portero es historiadora, escritora, dramaturga, directora de teatro y activista. FOTO Carlos Velásquez

Sobre las personas que cambian el documento solo para jubilarse más rápido, ¿qué piensa?

“Son casos muy aislados y que los medios de comunicación se detienen en ellos para construir un discurso transfobo. Por cada uno de esos casos hay más de 300 de personas muy felices a los que la legislación les ha cambiado la vida para bien. El fraude de ley no debería ser impedimento para que las leyes existan, hay que perseguirlo, quien quiera aprovecharse de la ley tienen todo mi rechazo. Esto lo que nos demuestra es que esa ley hay que perfeccionarla. En lugar de detenernos en esos casos, que son un disparate además, tenemos que mirar las cientos de historias maravillosas de personas que han podido acceder a una documentación en regla y una vida tranquila”.

¿Qué deudas existen todavía con la población trans en el mundo?

“Incorporarnos a lo universal, dejar de ser tomados y tomadas como una otredad, como algo que viene de otro lugar y que hay que adaptar a lo humano de una manera forzada. Hay que entender que lo humano sin nosotros y sin nosotras no está completo, somos humanidad del mismo modo que lo es quien se tiene por norma. A lo largo de los milenios, las sociedades a las personas trans nos han divinizado y eso es una manera de cosificarnos, nos han perseguido y asesinado y seguimos aquí. Quizás la mayor deuda es dejar de comportarse ante lo trans como quien ve una flor extraña, incomprensible, y entenderlo como algo humano en los mismos términos de cualquiera, eso es suficiente”.

Cuando se lee La mala costumbre, se piensa en Las malas de Camila Sosa. ¿Ese libro de alguna manera influyó en el suyo?

“A la hora de escribir no porque La mala costumbre ya estaba empezado cuando leí Las malas que, por supuesto, dejó una huella en mí porque literariamente hablando es espectacular. Me influye lo que cuenta, toda esa genealogía travesti que ella hace, eso me conmueve, me fortalece, me maravilla. De forma voluntaria o no voluntaria seguramente se habrá decantado algo en mi propia narración, eso es inevitable”.

¿Se conoce con Camila Sosa?

“No. No he tenido la oportunidad, me encantaría conocerla. La admiro como escritora, sobre todo, por su voz inconfundible, su técnica y la manera en que desarrolla la profesión literaria”.

¿Cuándo fue la última vez que fue a San Blas?

“Hace muy poco, porque mis padres siguen viviendo allí. Presenté allá mi libro, fue maravilloso, una de las más hermosas de todo este viaje. Fueron vecinas que me conocen desde que nací. Me gusta mucho que crean que conté bien el barrio y he hecho justicia a lo que vivimos juntas, como eran nuestras vidas en esa época”.

Y a todas estas, ¿cuál es la mala costumbre?

“La de no comunicarnos bien, de prejuzgar a quién tenemos al frente antes de preguntar quién es; crearnos un discurso, un fetiche, un muñeco de paja sobre las personas que tenemos delante antes de hacer algo tan sencillo como preguntarle quién es. Es una pregunta que no hiere a nadie y nos ahorraría muchos problemas”.

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