Los virus son tan pequeños que no existen filtros −ni siquiera para usarlos en el laboratorio− que puedan atraparlos. Pasan derecho, como harina por un colador. Sin embargo, hay un detalle importante: estos microorganismos (en el día a día) están “dentro” de algo mucho más grande: fluidos, mucosa, aerosoles o gotas de saliva que, al tener un mayor tamaño, sí pueden ser filtrados.
Así es como funcionan los tapabocas, explica María Cristina Navas Navas, PhD en virología, como barreras que impiden que los virus, a través de esos “caballitos de Troya”, salgan de una persona infectada e ingresen al sistema respiratorio de alguien sano.
Los aerosoles y las gotas de fluido respiratorio los emite cualquier persona cada vez que habla, canta, tose, estornuda o simplemente respira. Pueden estar en cualquier lado e incluir partículas no solo de SARS-Cov-2 sino también de otros tipos de virus y bacterias (causantes de enfermedades como el sarampión, la influenza o la tuberculosis).
Sin embargo, aunque suene alarmante, no se preocupe demasiado: el mundo y los organismos que lo habitan funcionan como un perfecto engranaje, la convivencia entre todos suele ser casi siempre efectiva.
Actividades simples y cotidianas como abrir las ventanas, dejar que entre y salga aire de las habitaciones, mantener el distanciamiento físico y utilizar (en un contexto de pandemia como el actual) un buen tapabocas son medidas básicas suficientes para mantenerse sano y evitar infecciones de transmisión aérea.