Al amanecer del pasado 24 de noviembre, la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA) y la Dirección Antinarcóticos de Colombia (Diran) ejecutaron una de las operaciones contra el narcotráfico más importantes de los últimos años, bautizada con el nombre clave Milenio III.
El objetivo era golpear una de red de tráfico internacional de cocaína, liderada desde Antioquia y emparentada con el cartel mexicano Jalisco Nueva Generación. La investigación identificó a 10 presuntos integrantes, por lo que los agentes y comandos especiales se repartieron para capturarlos con fines de extradición en Tumaco (Nariño), Popayán (Cauca), Cali, Bogotá y Medellín.
En la capital antioqueña, los policías incursionaron a las 6:00 a. m. de ese domingo en una urbanización del barrio San Diego. El blanco era Gabriel Jaime Marín Macías, apodado “Chepe” o “el Veterinario”, un comerciante y ganadero de 46 años, oriundo de Amalfi, y sospechoso de ser uno de los supuestos coordinadores de la organización.
“¡Abra la puerta! Policía Nacional, ¡rápido, hombre!”, gritó uno de los uniformados, mientras su compañero golpeaba la puerta con el puño, en un apartamento ubicado en el tercer piso de una de las torres. Al no obtener respuesta, comenzaron a violentar la chapa con una barra de metal.
Marín estaba solo y se despertó estrepitosamente. Ni siquiera alcanzó a ponerse una pijama y salió en ropa interior a la sala. No acató la orden de la fuerza pública y en pocos segundos tomó una decisión fatal.
Tal cual quedó registrado en la grabación por celular que hizo un vecino, se asomó al balcón. Al parecer, quería saltar a un pino y unas palmeras, cuyas ramas estaban a pocos centímetros del borde, pero calculó mal el paso y cayó al vacío.
En la caída rompió una vidriera y se estrelló de bruces contra el suelo de grama. Al escuchar el estruendo, los policías corrieron hasta el sitio y encontraron a “Chepe” inmóvil. “¡Llamen una ambulancia!”, pidió uno de ellos, mientras palpaba sus signos vitales. A pesar de los esfuerzos, la muerte vino a reclamarlo.
Podría leer: Extraditable murió tratando de escapar por un balcón en Medellín
Los funcionarios se quedaron con una Circular Roja de Interpol en la mano, con la cual pretendían arrestarlo. En contra de Marín pesaba una acusación de la Corte del Distrito Medio de La Florida (expediente 2019-122186), por los cargos de “conspiración para distribuir cinco kilos o más de cocaína en EE. UU. y conspiración para poseer con la intención de distribuir cinco kilos o más de cocaína a bordo de una embarcación sujeta a la jurisdicción de EE. UU.”, de acuerdo con los documentos del caso conocidos por EL COLOMBIANO.
Según las pruebas obtenidas por la DEA y la Diran, que incluyen interceptaciones telefónicas y entrevistas, el difunto, al parecer, estuvo involucrado en tres exportaciones de droga interceptadas en altamar.
El primer caso fue el 16 de junio de 2015 en aguas del Pacífico, cuando la Guardia Costera estadounidense detuvo un semisumergible con cuatro tripulantes y 2,4 toneladas de cocaína; el segundo fue el 26 de abril de 2017, cuando la misma Guardia interceptó una lancha con cuatro ocupantes y 711 kilos de cocaína, cerca de Guatemala.
El tercer episodio fue el primero de diciembre de 2018, en aguas cercanas a la isla de Jamaica. El guardacostas persiguió un barco con cuatro navegantes, que se deshicieron de la mercancía tirándola por la borda y después fueron arrestados.
Tras conocerse la muerte del extraditable, ni el Ministerio de Defensa ni la Dirección Antinarcóticos emitieron declaración alguna en ese momento, alegando que se trataba de una operación en curso y que faltaban varias personas por capturar. Sin embargo, cinco semanas después, EL COLOMBIANO tuvo acceso al informe secreto de Milenio III, que explica cómo actuaba esa red transnacional de narcotráfico desde Antioquia.
La ruta clandestina
Según el documento, la estructura llevaba por lo menos cinco años exportando cocaína por el Pacífico hacia Norte América, por medio de una ruta que empleaba contactos en Colombia, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Honduras, Guatemala, México, Estados Unidos y Canadá.
La coca era cultivada en los departamentos de Nariño y Cauca, y procesada en laboratorios artesanales localizados en los corregimientos de El Mango y El Plateado, en el municipio caucano de Argelia; y en Huisitó y San Juan de Mechengue, en la localidad de El Tambo.
La mercancía era trasladada en mulas hasta las embarcaciones en los ríos Guapi, Timbiquí y San Juan de Micay, y de allí sacada al océano Pacífico. En algunos casos, la enviaban directamente a Centroamérica; en otros, la llevaban primero a la provincia de Esmeraldas, en Ecuador, donde terminaban de almacenar las cantidades deseadas, abastecían el combustible en la isla Galápagos y después seguían la ruta por altamar.
El transporte marítimo se hacía empleando lanchas rápidas y semisumegibles, aunque también usaban avionetas, carros acondicionados con caletas (para introducir la cocaína por la frontera de México con EE. UU.) y ocultaban la droga entre los contenedores y cajas de embarcaciones legales.
En este último punto, la organización tenía un método particular: “contaminaban los contenedores con pulpa de fruta, mezclando el alimento orgánico con clorhidrato de cocaína”, dice el reporte. La cocaína traficada por este grupo era combinada con bentonita, una especie de arcilla de grano fino, comúnmente empleada en obras de ingeniería civil, y en las industrias petrolera y cosmética.
Las autoridades detectaron esta modalidad el 22 de junio de 2018 en el puerto de Buenaventura: en un buque había un contenedor cargado con 768 kilos de cocaína, camuflados en bentonita y pulpa de fruta.
Los implicados
Las autoridades de Colombia y EE. UU. creen que al mando de la organización estaría el veterano comerciante Luis Arnobio Del Río Jiménez, alias “el Tío”, propietario de discotecas en Medellín y empresas importadoras de productos. Entre sus antecedentes hay una condena de 12 años de prisión, proferida el 11 de febrero de 2004 por el Tribunal Superior de Buga, por su participación en una estructura que exportaba estupefacientes a Fráncfort, Alemania.
Su mano derecha sería su hijo Ánderson Del Río Pasos (“el Grande”), quien, según el informe oficial, “es el encargado de lavar el dinero producto del narcotráfico, mediante la utilización de empresas fachada y la instrumentalización de terceras personas para consignación y creación de sociedades empresariales ficticias”.
Los investigadores presumen que la banda lavaría, por lo menos, 30.000 millones de pesos anuales, camuflando los activos en 112 establecimientos comerciales. Con una de esas compañías habrían importado 90 toneladas de bentonita en los últimos años, para mezclarla con la cocaína.
La Policía decomisó parte de esas ganancias el 6 de octubre de 2018, en el allanamiento a un apartamento en Bogotá, donde encontraron 1.630 millones de pesos encaletados. En ese procedimiento arrestaron a tres personas.
Los otros integrantes del grupo, de acuerdo con el organigrama elaborado por las agencias de seguridad, serían: Alfonso Torres (“Macario Papá”) y su hijo homónimo Alfonso Torres (“Macario”), quienes, al parecer, coordinaban la logística desde Cali y Tumaco; al igual que el difunto “Chepe”, quien presuntamente coordinaba actividades de exportación desde Medellín.
En el área de producción de la droga, los responsables serían William Herrera (“Jacobo”), en Bogotá, y Lerner Daza (“Leiner”), radicado en Popayán. El transporte terrestre era manejado, supuestamente, por Carlos Arias (“el Paisa”), quien estaba en Bogotá; mientras que el marítimo lo operaban Martín Castillo (“Enano”) y Ader Castillo (“Firi”).
Todos ellos fueron capturados entre el 24 y el 28 de noviembre pasados, con excepción de “Chepe”, fallecido de formal accidental, y de “Grande”, quien es buscado con Circular Roja de Interpol. En la actualidad, los procesados están en la cárcel, pendientes del avance del proceso de extradición.
En la investigación logró establecerse que el principal cliente de esta estructura es el cartel Jalisco Nueva Generación (CJNC), considerado por la DEA como “uno de los cinco grupos de crimen organizado transnacional más peligrosos del mundo”. Tiene injerencia en 23 de los 32 estados de México y su principal base de operaciones en EE. UU. está en Los Ángeles, California; trafica con cocaína, metanfetaminas y heroína en América, Europa, Asia y Australia.
Su máximo líder es Nemesio Oseguera Cervantes (“el Mencho”), por quien el Departamento de Estado de EE. UU. ofrece 10 millones de dólares de recompensa. Sus enlaces con la organización colombiana serían dos ciudadanos mexicanos apodados “Tío Gil” y “el Gordo” o “el Ingeniero”, quienes permanecen en la clandestinidad.
A pesar del fuerte golpe propinado con Milenio III, fuentes cercanas al caso consideran que la estructura criminal no está muerta. El último movimiento detectado fue el pasado 14 de noviembre en Panamá, cuando en un apartamento fueron incautadas 1,4 toneladas de cocaína. La cacería continuará para dar con los cabos sueltos en Antioquia, México y Estados Unidos.
Le podría interesar: 12 mafias extranjeras tienen redes en Antioquia