Días de fila para segundos de permanencia. Eso ha vivido el público que hasta ahora ha alcanzado a estar al frente del cofre en una sala, dotada con toda la pompa de la monarquía británica, que solo se cerrará de forma esporádica para ser adecentada, mientras las orillas del río Támesis son testigos de filas sin precedentes.
Los primeros en entrar a esta capilla ardiente fueron personas que habían dormido hasta dos noches en la calle, pese al frío y la lluvia, como Anne Daley, de 65 años: “Renuncié a dos noches de comodidad por alguien que dio 70 años de compromiso infatigable al mundo, no es nada”, dijo a la prensa.
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El Gobierno británico ha augurado hasta 30 horas de espera para aquellas personas que lleguen al final de una hilera que podría medir hasta 15 kilómetros de longitud, aunque los primeros compases de esta sala han sido relativamente fluidos y más ágiles de lo esperado.
Las personas, después de la fila, pasan apenas unos segundos frente al féretro de la reina, cubierto por el estandarte real y la corona imperial, en Westminster Hall, la parte más antigua del Parlamento británico.
Las imagenes que se ven, en la transmisión de televisión, muestran como la gente pasa a ambos lados del alto catafalco púrpura, situado sobre un zócalo de cuatro peldaños y protegido por guardas en uniforme de gala, al que no pueden acercarse. Algunos hacían una reverencia, otros lanzaban un beso.
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“En el interior, todo era muy tranquilo y muy emotivo. Mucha gente lloraba, pero había un silencio total. Fue tan respetuoso...”, dijo a la Afp Sue Harvey, contadora de 50 años que se tomó el día libre y viajó en tren desde el sur de Inglaterra, tras salir de la sala.
“Ahora me siento mejor”, aseguraba, mientras Nina Kaistoffioson, una artista de 40 años, que salía junto a ella y afirmaba “sentirse en paz” después de haberse despedido de la reina. “En este lugar, no puedes escapar de la magnitud de quien era”, afirmaba, reconociendo haberse “emocionado mucho”.
Protocolo de la visita
La presentación de los restos mortales al público —en un ataúd cerrado— es un honor que reciben los reyes, las reinas consortes y, en ocasiones, los antiguos primeros ministros para permitir que la población les rinda un último homenaje.
Quienes participen afrontarán unas medidas de seguridad similares a las de los aeropuertos y tendrán que obedecer reglas estrictas, que incluyen llevar ropa apropiada, no tomar fotografías ni usar teléfonos celulares. Se les permitirá pasar por delante del féretro de la difunta monarca, sin detenerse, y las autoridades han pedido que no lleven niños.
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En caso de que la gente necesite ir al baño, se les darán pulseras que les permitirán abandonar la cola durante breves períodos, explicaron y ante el temor a que la gente intente acampar mientras espera, el gobierno también ha prohibido las carpas.
La visita la deben hacer con ropa apropiada, “sin mensajes políticos u ofensivos”.
Este desfile será multitudinario hasta el día del funeral.