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¿En dónde estaba Petro?

Mientras el canciller Murillo lideraba la estrategia para recoger los destrozos que el Presidente iba dejando en el camino, Petro no parecía darse por enterado porque desde su mundo paralelo, en un lugar desconocido, bajo los efectos de no se sabe qué sustancia, lanzaba otro trino de guerra

28 de enero de 2025
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  • ¿En dónde estaba Petro?

El trino que escribió Gustavo Petro en su cuenta de X, el domingo, a las 3:41 de la madrugada será recordado como uno de los actos más irresponsables de presidente alguno en la historia de Colombia. O al menos como el más extravagante. Cualquier jefe de Estado sabe que la manera correcta de tramitar cualquier diferencia con otro Estado es estudiando el caso, analizando los pro y los contra, consultando con los encargados del tema en el Gobierno e incluso dialogando con el otro país. De hecho así lo está haciendo Lula en Brasil, que puso a su ministro de Justicia a conversar con sus homólogos gringos, y la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, que según contó está trabajando el tema con Estados Unidos.

A diferencia del talante de estadistas de sus homólogos de izquierda, Gustavo Petro decidió hacerlo a las patadas. Ni el embajador en Washington, Daniel García Peña, ni el canciller, Luis Gilberto Murillo, según pudo establecer EL COLOMBIANO, estaban enterados de la bomba atómica que iba a lanzar Petro. El Presidente escribió el mensaje sin medir el impacto que podía llegar a tener y por ese arrebato puso en vilo a todo el país durante 20 horas.

Y es que Petro, ya con dos años y medio con el poder a cuestas, se ha ido afianzando como una suerte de monarca. Es conocido en el gobierno que nadie es capaz de llevarle la contraria y quienes han osado hacerlo han sido retirados de sus cargos. Un día cualquiera se le ocurre decir: “Esa licitación de los pasaportes no me gusta”, y el canciller de turno le responde, “Tranquilo presidente, ya mismo la suspendemos”. O en otra ocasión habrá dicho: “No quiero que los peajes suban de precio” y el encargado le responde: “Claro presidente, los congelamos”. O cuando Ecopetrol estaba a punto de firmar un contrato estratégico, Petro dijo “no quiero ese contrato”, y dicho y hecho, la junta directiva lo tumbó en un parpadeo. No importan las normas, ni los compromisos que haya adquirido el país, porque Petro considera que a él lo eligieron para hacer su voluntad por encima de cualquier regla o procedimiento.

Por eso, lo que ocurrió con el presidente Donald Trump, más allá del debate que haya que dar sobre los deportados, tiene un enorme impacto: el poderoso y también autoritario presidente de Estados Unidos, a las malas, paró en seco la aventura dictatorial de Gustavo Petro.

Cualquier jefe de Estado, mínimamente sensato, sabe que la política exterior es un asunto bastante delicado y con Donald Trump al frente de Estados Unidos lo es aún más. Y Petro demostró no haberlo entendido. Con ese simple trino, escrito al desgaire, casi desencadena un efecto dominó que podría llevarse por delante, para empezar, los empleos de millones de colombianos y la suerte de 3.000 empresas.

Con el agravante para él que al final de la jornada terminó teniendo que devolverse de su bravuconada y sobre todo logró hacer más poderoso al ya poderoso Trump. Tal vez Petro no tenía claro que cuando se enfrenta a un adversario gigante como este, si pierde termina haciéndolo más fuerte. Hoy todo el mundo quedó notificado, gracias a Petro, de que Trump no está haciendo ninguna pantomima sino que va en serio con lo de los aranceles.

Quienes quieran echarle la culpa a Trump, los respaldamos por lo absolutamente desproporcionado de las sanciones, pero en Colombia quien tiene que darle explicaciones al país es Gustavo Petro. La bandera de la dignidad que ha enarbolado el mandatario no alcanza para tapar su descalabro, porque el problema no es que haya reclamado dignidad, el grave error es que bien podría haber reclamado dignidad por las vías diplomáticas sin necesidad de poner al país en ascuas y sin hacer este oso mundial.

En un Estado de Derecho los ciudadanos tenemos derecho a exigir respuestas. ¿Dónde estaba Petro el domingo en la madrugada cuando escribió ese trino? ¿Dónde estuvo durante todo el domingo mientras el país vivía la crisis? ¿En qué condiciones estaba? Un país como el nuestro no puede ser tratado por el mandatario como un platanal cualquiera.

El país ha soportado sus desvaríos con paciencia y algo de humor. La gente habla de “agenda privada” y de su “adicción al café”, en ese espíritu tan colombiano de hacer chiste de la tragedia. Pero ya es hora de que el presidente Gustavo Petro deje de estar utilizando al país como si fuera un juguete para satisfacer sus obsesiones. Por un momento, apreciado lector, imagínese si eso lo hubiera hecho cualquiera de los tres últimos presidentes. ¿Qué le estarían diciendo a Duque? ¿A Santos? ¿A Uribe?

Mientras el canciller Luis Gilberto Murillo lideraba la estrategia para recoger los destrozos que el Presidente iba dejando en el camino –y por fortuna nos salvó de una tragedia mayor–, Gustavo Petro no parecía darse por enterado de lo que estaba ocurriendo porque desde su mundo paralelo, en un lugar desconocido, bajo los efectos de no se sabe qué sustancia, lanzaba otro trino de guerra a las 4:35 de la tarde del domingo, en el que retaba a Trump, decía “yo muero en mi ley” y además decía ser el último “de los coroneles Aurelianos Buendía”. No sobra recordar que el nombre de Petro en la guerrilla del M19 era también “Aureliano”.

Curiosamente en un pasaje de Cien años de soledad, la gran Úrsula Iguarán hace una semblanza de su hijo el coronel Aureliano Buendía, que hoy parece una premonición: “Vislumbro que no había hecho tantas guerras por idealismo, como todo el mundo creía, ni había renunciado por cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creía, sino que había ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia”.

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