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Petro está a tiempo de elegir cuál será su legado. Si quiere dejar una democracia en ruinas, con los costos que eso tiene para el país o aprovecha su liderazgo para fortalecerla.
Para decirlo de forma sencilla: las instituciones son a un país como las defensas son al cuerpo humano. Así como el sistema inmune defiende al ser vivo de cualquier infección, las instituciones protegen a la sociedad de los devaneos de las dictaduras.
Vemos con preocupación el estilo que se ha ido apoderando del presidente Gustavo Petro de socavar las instituciones. El lunes, por ejemplo, escribió “¿Imparcialidad de la justicia?” al replicar una noticia según la cual dos de los candidatos a Procurador serían de la cuerda de un político. Hace un par de semanas, en el Sur de Bolívar se despachó: “Justicia no es solo un aparato institucional, con unas cortes y unos magistrados obedeciendo y ejecutando órdenes si lo que hacen es perpetuar la injusticia en Colombia”. Que el Presidente aproveche un simple sonajero para atacar a la justicia o culpe a los magistrados de la pobreza en Colombia es un síntoma.
Así, poco a poco, con un martillazo aquí y otro martillazo allá, va carcomiendo la credibilidad de una institución tan crucial como es la justicia. Y de paso va socavando el sistema de pilares que mantiene viva la democracia. Porque la democracia no es solo el voto popular. El ejemplo de Venezuela (como el de Cuba) es claro: la gente puede votar, pero si no hay equilibrio de poderes, la democracia termina siendo una farsa.
Por no hablar de los ataques de Petro a los medios de comunicación. Un día como ayer: “Noticias Caracol le da despliegue a una estupidez”, dice en un trino. “Y siguen en el plan de mentira”, afirma sobre un artículo de La Silla Vacía. “Y aquí El Colombiano engañando como es usual a sus lectores”, anotó más temprano. En cada caso, tratando de desprestigiar a quienes revelan irregularidades o problemas de gestión de su gobierno.
Un destacado economista ruso, que pudo ver desde adentro del gobierno de Moscú cómo la democracia se transformó primero en “dictadura democrática” y terminó en una “dictadura de terror”, desde su exilio académico en Science Po en París, escribió un libro sobre las “Nuevas dictaduras” del cual vale la pena recoger este resumen que hizo Miguel Vargas, Decano de la Universidad Andrés Bello de Chile.
“Los dictadores de hoy no utilizan la fuerza o el terror para afianzarse en el poder; en su lugar tuercen la verdad con el fin de conseguir el apoyo de aquellos a quienes oprimen. La estrategia descansa en cinco reglas: primero deben ser populares. Manipular la información es clave, apoyándose en la prensa obsecuente con el régimen. Deben convencer de que son los responsables de las bonanzas y culpar a los enemigos del pueblo cuando la cosa anda mal. El principal obstáculo es la gente informada capaz de descubrir estas mentiras. A ellos se les tilda de elitistas, de estar confabulados con el poder fáctico y falsear la verdad para beneficiar a los poderosos”.
“La segunda regla es usar esta popularidad para debilitar las instituciones democráticas, desbaratando los mecanismos de control y contrapesos, y generar cambios constitucionales que les permitan perpetuarse en el poder. La tercera regla es pretender ser un demócrata; una vez modificadas las reglas del juego pueden argüir que ocupan su cargo gracias a elecciones populares. Mientras, la cuarta regla consiste en estar abierto al mundo, unirse a organismos internacionales, usar la propaganda digital para atacar a sus detractores fuera de las fronteras e invertir en el extranjero para proteger su dinero y coaptar las élites de otros países”.
Hasta aquí podríamos dejar esta larga cita para declararnos sorprendidos por lo familiares que pueden parecer algunas reglas de esas dictaduras democráticas con lo que estamos comenzando a ver en Colombia.
La salud de una sociedad depende de ese entramado de instituciones que garantizan que el poder del Presidente, pueda tener contrapoderes para evitar sus excesos. El presidente Gustavo Petro dijo en mayo: “A mí personalmente no me interesa para nada la reelección”. Qué bueno saberlo. Porque como diría Lord Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Confiamos en que cumpla su palabra. Y ojalá, además, el presidente Petro tenga la inteligencia emocional suficiente para que no termine entregando todo su capital político a rufianes de ocasión que con lisonjas y audacias quieran ser nombrados como sus herederos para hacer con el poder todo lo contrario a los principios que Petro ha defendido en su vida.
Gustavo Petro está todavía a tiempo de elegir cuál será su legado. Si quiere dejar una democracia en ruinas, con los costos que eso tiene para el país, para su familia y para las familias de todos los colombianos, o aprovecha su liderazgo para fortalecerla.
Mientras tanto, quienes creemos en el poder de la democracia, seguiremos haciendo una defensa de la verdad y de las instituciones..