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Franklin Brito
y el derecho de propiedad
Probablemente nunca había leído a Orwell, pero cuando su tierra, su propiedad, fue invadida por un estado delincuente, comprendió inmediatamente que despojado de ella estaba condenado a seguir el camino de Winston Smith y se negó a ello.
Por Luis Guillermo Vélez Álvarez - opinion@elcolombiano.com.co
El próximo 30 de agosto se cumplen 14 años de la muerte del agricultor venezolano Franklin Brito. Murió de inanición al cabo de una huelga de hambre de 150 días para rechazar la expropiación de su tierra por el gobierno dictatorial de Hugo Chávez. Hoy, cuando Venezuela se levanta nuevamente tras la figura señera de María Corina, se le debe rendir homenaje pues la defensa de la propiedad es la defensa de la libertad.
Brito era un pequeño propietario, un trabajador del campo. Doscientas noventa hectáreas era el tamaño de su terreno. Tal vez por ello tenía plena conciencia de que el producto de ese trabajo en su heredad legítimamente adquirida era extensión de su propia persona. Que quienes se apropiaban de su tierra y de sus frutos se estaban apropiando de su propio ser y que por ello la pérdida de su propiedad era la pérdida de todos los demás derechos que sin aquella son pura retórica.
Probablemente Brito no escribía o no le interesaba escribir. No tenía un periódico, ni una revista, ni siquiera un blog. Hablaba poco, se guardaba sus opiniones. Seguramente la libertad de expresión, la libertad de imprenta y otras más eran libertades de las que jamás había hecho uso. No era un delincuente y cumplía con la ley. Por ello seguramente jamás, salvo un accidente, iba a necesitar de las garantías jurídicas. No le interesaba mucho la política: podía pasarse de los derechos de elegir y ser elegido. No viajaba mucho, ni quería abandonar su país: la libre movilidad o el derecho de asilo, lo tenía sin cuidado. Necesitaba pocas libertades, las suficientes para el tamaño de su propiedad.
Allí estaba en su tierra, dedicado a su trabajo y llegaron los delincuentes. Delincuente, enseña Rothbard, es todo aquel que ataca a una persona o la propiedad producida por ella. El que ejerce violencia contra otros individuos o sus propiedades es delincuente, aunque recurra a medios políticos arropado en los supuestos ideales de justica y solidaridad. Probablemente nunca había leído a Orwell, pero cuando su tierra, su propiedad, fue invadida por un estado delincuente, comprendió inmediatamente que despojado de ella estaba condenado a seguir el camino de Winston Smith y se negó a ello. Se negó seguir el camino que lo conduciría a perder su libertad de conciencia, a perder su dignidad al verse obligado, como lo fuera Smith, a adorar a su verdugo. Se negó a entrar en la pesadilla totalitaria de Orwell y prefirió morir. Y al hacerlo triunfó allí donde fracasó Winston porque siguió siendo un individuo libre y derrotó al Gran Hermano.
Brito era un hombre de otro tiempo. Contemporáneo espiritual de Locke, quien lo habría admirado por defender con su vida lo que él defendió con su pluma. Como Locke, Brito entendía visceralmente que todo hombre es propietario de su propia persona. Que nadie, sino él, tiene derecho sobre ella. Y dispuso de ella libremente dándonos con su muerte una lección de vida.