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La institución presidencial hace malabares para maquillar su mala imagen. Pero con todo y los disparates estatales el país no se ha acabado en año y medio de desgobierno.
Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com
De la más reciente encuesta de Invamer sobre la popularidad de las diversas instituciones puede concluirse con una dosis razonable de realismo optimista que podíamos estar peor. Es lógico, de acuerdo con las circunstancias, que el estado anímico generalizado no sea tan positivo como lo quisiera el ala oficialista de la opinión, alucinada con la incapacidad de hacer uso inteligente del poder. El ascenso leve de la favorabilidad del Presidente no muestra recuperación relevante. La institución presidencial hace malabares para maquillar su mala imagen. Pero con todo y los disparates estatales el país no se ha acabado en año y medio de desgobierno.
¿Por qué? La explicación es muy sencilla. Las llamadas instituciones, aunque estropeadas por múltiples causas, conservan credibilidad y fortaleza suficientes para frenar una catástrofe como la que se empeñan en vaticinar no pocos profetas de desastres. El casandrismo ha sido uno de los vicios más dañinos de la historia. Profetizar desgracias ha sido una costumbre destructiva. Acaba con la confianza, acentúa la incredulidad, agrava cualquier situación de crisis incipiente, destruye la economía, quebranta la paz hogareña, propaga el miedo a que el diablo ande suelto y provocando tragedias.
Pero la realidad, con la llamada tozudez de los hechos, no parece tan caótica mientras subsistan expresiones que implican cierta fortaleza y una aceptable confiabilidad de las instituciones, unas más y otras menos, con excepción, sí está muy claro, de la institución presidencial, que pese a una leve recuperación del puntaje indicado por las encuestas sigue siendo la menos acreditada, la menos confiable, la menos popular de todas. Si en 19 meses a este país le ha ido mucho menos mal que a otros cercanos, esto se debe al formidable potencial que entraña a una durmiente pero despertable voluntad general, que tiende a estimular el enderezamiento de las líneas torcidas de la historia reciente.
De modo casi simultáneo, a ese dictamen demoscópico de estos días se le suman los excelentes resultados en las capitales, donde los nuevos alcaldes, con todo y serias dificultades para arrancar mientras siguen ajustando las cuentas que descuadraron los antecesores irresponsables, están relegitimados por una favorabilidad generosa y esperanzada, que marca la diferencia entre los poderes locales o distritales y el poder central decrépito.
En medio de todo, sí está abierto para la discusión el tema de los medios de comunicación, cuyo grado de popularidad no está en los primeros lugares como antes. Sigo en la tesis de que no forman un bloque institucional homogéneo ni se rigen por una sola jerarquía. No pueden leerse ni cuestionarse como si representaran una fuerza única. Por su diversidad y su visión plural de los acontecimientos, es un error incluirlos como institución consistente en una encuesta. Aún así, en el caso hipotético en que pudieran catalogarse como institución, salen mejor evaluados que la presidencial, que sí lo es. En suma, ni estamos tan mal, ni resulta válido que “toda situación sea susceptible de empeoramiento”. Ánimo. Podíamos estar peor.