Josefa es una lora real amazónica (Amazona ochrocephala) que se alimenta de nueces y semillas, y es casi una arquitecta: es capaz de construir sus nidos bien alto, cerca a las copas de los árboles, rodeada de hojas verdes y frutos.
Sin embargo, despierta todas las mañanas en una jaula de 60 x 80 centímetros. Sale cuando su dueño se lo permite, se para en un palito colgado en el balcón de la casa y se pone a “hablar” todo lo que calló en la noche.
Para Nathalia Villada Betancur, médica veterinaria de la Universidad de Antioquia y activista ambiental, las loras como Josefa, aunque estén vivas en las casas de sus dueños, están muertas para la naturaleza. “Los animales no están por bonitos, están para cumplir una función en el ecosistema. El loro que está en la casa de alguien debería estar comiendo frutos silvestres, dispersando semillas, ayudando a la reproducción de los árboles y reproduciéndose él mismo. Ese animalito está vivo en esa casa, pero para la naturaleza está muerto”.
Sin ellos no hay alimentos
El término fauna silvestre hace referencia a animales como tigrillos, monos, azulejos, loros y ranas que no necesitan de la intervención humana para sobrevivir; contrario a lo que sucede con los animales domésticos como gatos y perros, que han desarrollado una dependencia instintiva hacia los humanos.
“Para llegar a ser domesticados han pasado por un proceso de miles de millones de años: son dependientes, deben ser alimentados y cuidados porque se les hace más complejo hacerlo solos”, explica Villada Betancur.
Entre las funciones ecosistémicas de la fauna silvestre se encuentra la polinización y la dispersión de semillas. Aves, insectos, reptiles y mamíferos garantizan la reproducción de las plantas (que proporcionan alimento), bien sea transfiriendo el polen entre ellas (favoreciendo la fecundación) o dispersando semillas luego de haberlas ingerido en frutos y defecarlas a cierta distancia.
Juntos pero no revueltos
Aunque a simple vista no lo parezca, la vida en el planeta está toda relacionada entre sí y cada especie, en el lugar natural que ocupa, desempeña una función crucial para la supervivencia de las demás.
La fauna silvestre hace parte de la cadena trófica, es decir, se relaciona entre sí en términos alimentarios, lo que permite el control de poblaciones y posibles plagas.
Víctor Vélez, biólogo marino y profesional universitario de la Subdirección Ambiental del Área Metropolitana del Valle de Aburrá (AMVA), cuenta: “Hay algunos insectos que incrementan su población durante algunas épocas del año, entonces las aves que están comiendo esas oruguitas mantienen la población controlada, lo que a su vez le permite a las plantas sobrevivir sin perder todas las hojas”.
Alterar estas relaciones pone en riesgo el equilibrio ecosistémico e incluso la salud humana. Las enfermedades zoonóticas (transmitidas de animales a personas) tienden a ser consecuencia de la intervención humana en la naturaleza mediante el tráfico y la tenencia ilegal de animales silvestres. Ana Ligia Mora Martínez, directora de la Corporación Autónoma Regional de Antioquia (Corantioquia), dice al respecto: “La hipótesis que explica el origen de la pandemia actual afirma que podría ser consecuencia de una mala interrelación entre animales silvestres y el hombre. Por eso es importante que cada uno esté en el espacio que le corresponde cumpliendo su función”.
En las selvas de cemento
Las ciudades también son ecosistemas, dice Vélez desde el AMVA, y agrega: “Los árboles y las plantas citadinas ofrecen nichos ecológicos, zonas de dormidero, reproducción, alimentación o escondite ante predadores”.
La lora Josefa habita la ciudad, o más bien: habita un balcón ubicado en la ciudad. Sin embargo, muchos otros animales sí deambulan en libertad dentro y fuera de esta selva de cemento.
Según datos del AMVA, en el perímetro metropolitano del Valle de Aburrá han sido identificadas 853 especies de aves, que representan el 44 % de aves del país; 100 especies de mamíferos, 44 de anfibios y reptiles, y 1.751 de insectos. “En el territorio tenemos 5 especies de felinos. En la parte oriental de la ciudad, cámaras de vigilancia han grabado pumas que salen a deambular cerca a las unidades; casos similares se han visto en el Norte, donde los pumas bajan hasta el borde del río”, cuenta Vélez.
Según él, esto da cuenta de que el ecosistema del Valle de Aburrá permanece bien conservado en algunas áreas, además de que hay mucha oferta alimentaria para que los felinos permanezcan allí y sigan encabezando, como es natural, la cadena trófica. Entonces, si hay condiciones óptimas para su supervivencia en esta selva, ¿Josefa por qué no es libre como los demás?
Seres vivos, no objetos
Pese a su importancia, la fauna silvestre está fuertemente amenazada por el tráfico, la tenencia ilegal y la afectación de sus hábitats como consecuencia de la actividad humana.
El AMVA y Corantioquia son las autoridades ambientales encargadas de atender estas problemáticas.
Para dimensionar la situación: entre enero y febrero de este año, Corantioquia recibió 214 especies de fauna silvestre, de las que 88 fueron entregas voluntarias, 112 por rescate y 14 por incautación. Por su parte, el AMVA, durante los tres primeros meses del año, recibió alrededor de 533 aves, 308 reptiles y 444 mamíferos.
De las especies recuperadas, solo el 75 % logran ser readaptadas y devueltas a su entorno natural, explica Vélez. El otro 25 % corresponde a especies que fallecen, están mutiladas o con graves problemas de comportamiento. “Ahí es cuando debemos contactar a los centros de exhibición como el Parque de la Conservación (antiguo zoológico Santa Fe). Muchos de los animales que hay allí fueron recuperados por las autoridades, pero ya no tienen otra opción”.
Sufren los más pequeños
La extracción de fauna de los bosques se realiza tomando a las crías, y en algunos casos, asesinando a los animales adultos. “Los monos, por ejemplo, se defienden entre sí entonces matan a la mamá, al papá, y demás familiares para poder robarse la cría”, señala Villada Betancur.
En cautiverio las crías alcanzan la adultez, y conforme van pasando los años es mucho más difícil que puedan regresar a su medio natural. Por eso siempre será necesario buscar ayuda profesional. “La recuperación es un proceso lento, costoso y que no siempre es exitoso, pero es un ejercicio y un esfuerzo que vale la pena porque le estamos devolviendo la vida a un animal”, agrega Ana María Castaño Rivas, subdirectora de Conservación en el Parque de la Conservación.
Un negocio
En Colombia está regulado el comercio internacional de animales y plantas silvestres (Ley 17 de 1981) de manera que este “no sea una amenaza ambiental”.
En Colombia existen multas de hasta 5.000 SMLMV por la venta o compra ilegal de fauna silvestre. Sin embargo, su entrada y salida al país está permitida bajo supervisión científica estatal. Ante esto, Castaño Rivas complementa: “Al país lo conocen como el de la ‘constitución verde’, el que más normatividad tiene... pero tenemos tanta que a veces unas cosas se contradicen, muchas otras no están reglamentadas y no hay castigos ejemplarizantes. Más que leyes, lo que necesitamos es capacidad institucional para responder a las problemáticas”.
Así mismo, el AMVA, en un análisis de la problemática a nivel trasnacional, afirma en su sitio web: “(A pesar de los acuerdos para proteger las especies amenazadas) las medidas aplicadas han resultado insuficientes”, y agrega que el tráfico de animales silvestres continúa siendo el tercer negocio ilegal más lucrativo en el mundo, después del tráfico de drogas y la venta ilegal de armas.
La capacidad de actuar bien
Ante este panorama legal, y en coherencia con los expertos, las alternativas disponibles para atacar esta problemática son: buscar ayuda en las autoridades ambientales (AMVA o Corantioquia) y abstenerse de comprar.
Así mismo, agrega Villada Betancur, es importante reflexionar sobre la propia actividad humana, pues tiende a tener, en todas sus facetas, un impacto negativo.
Según la ONU, para 2019 la actividad humana había reducido los ecosistemas naturales en un 47 %. “Cuando fragmentamos un hábitat, por ejemplo, para construir edificios o carreteras, hacemos que la fauna tenga que reproducirse con su misma población, lo que genera pobreza genética, enfermedades y malformaciones. Ahí también estamos afectando a los animales silvestres”, puntualiza Villada.
El tema empieza en cada uno. Tal vez Josefa parezca muy chistosa con sus repeticiones. Un mono es casi como un bebé, hasta que se empieza a comportar como lo que es, un mono, y ya no es tan chévere, porque su hábitat no es una casa o comer frijoles. Así que es importante que los admire desde lejos, para que, recordando las palabras de Nathalia Villa Betancur al principio de este artículo, estén vivos para la naturaleza, y no solo para esa casa a la que no pertenecen
75%
de la fauna silvestre regresa a su entorno natural con ayuda profesional: AMVA
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853
especies de aves han sido identificadas hasta la fecha en el Valle de Aburrá.