El caudal del Paraná suele ser colosal. Tal vez acorde a su geografía, que rompe el mapa de Argentina, Paraguay y Brasil, el río moviliza 16.000 metros cúbicos por segundo, un volumen que, para dimensionar, equivale a seis piscinas olímpicas cada segundo.
“Siempre fue muy agresivo, gracias a las rocas que tiene en su profundidad”, detalla Juan José Da Silva, desde el departamento Alto de Paraná, de Paraguay, “hoy esas rocas están a la simple vista. Uno puede caminar tranquilamente por el río, en muchas de sus zonas”. Mientras a poco más de 10.000 kilómetros, Bélgica y Alemania afrontan las inundaciones más fuertes de su historia reciente, el segundo río más largo de Sudamérica, después del Amazonas, sobrevive apenas bajo una sequía.
La altura del río se mide desde 1966. La Universidad Nacional del Nordeste de Argentina señaló recientemente que el promedio histórico entre ese año y 2020 para el mes de junio se ubicó entre 3,85 metros (m) y 3,88 m en las zonas que abarcan los puertos de Corrientes y Barranqueras, usadas de referencia históricamente. Hoy la altura es de 0,35 y 0,46 m respectivamente.
Se trata de la peor bajante desde 1944, ha alertado el Instituto Nacional del Agua argentino, cuando la altura se redujo hasta los -0,82m en Corrientes y -0,80m en Barranqueras. El Paraná es una frontera natural entre argentinos, paraguayos y brasileños. Si una frontera es por defecto una línea imaginaria, lo de ahora se escapa incluso a la imaginación. “Hay una isla entre Ciudad de Este (Paraguay) y Foz do Iguaçu (Brasil). Desde la ribera de Brasil ya se puede pasar caminando hasta esa isla”, describe Da Silva, “en esa situación está el Río Paraná”.
¿Por qué?
La situación no comenzó hace una semana. Según Da Silva, desde inicios de 2021 las lluvias en la región sur de Brasil, allí donde nace el río, se han reducido de forma dramática. Las autoridades de ese país confirman las pocas precipitaciones. Según datos del gobierno, las altas temperaturas y la ausencia de lluvias presentan los niveles más críticos en 90 años. La situación, explican, se debe al fenómeno de la Niña, común durante estas fechas en el gigante sudamericano, y al cambio climático.
Si bien en este último no mencionan la política de deforestación que impulsa el gobierno de Jair Bolsonaro, precisamente allí donde la sequía ha pegado con dureza. El Instituto Nacional de Investigación Espacial (Inpe), reportó que mientras el agua en el Paraná se reducía, el Amazonas brasileño registraba 2.308 focos de incendio durante junio, un incremento del 2,6 % respecto al mismo mes de 2020 y el más alto desde el 2007.
“No es una sorpresa, considerando la continuidad de la política medioambiental” del Gobierno de Bolsonaro, señaló Greenpeace, en un comunicado. Como respuesta a la crisis, el Gobierno envió contingentes de las Fuerzas Armadas del país a combatir la tala ilegal en la región, además de intentar apagar los focos de incendio existentes, una medida que la ONG tachó de ineficaz.
La deforestación y el aumento en las temperaturas se provocan una a la otra. A medida que aumentan los incendios, se producen mayores emisiones de efecto invernadero, lo que a su vez aumenta la temperatura del planeta. El estudio Observaciones de incremento de lluvias tropicales antecedido por el paso del aire encima de bosques, publicado en la revista Nature por investigadores de la Universidad de Leeds, en Inglaterra, y del Centro de Ecología e Hidrología del Consejo de Investigaciones Ambientales británico (NERC), encontró en 2012 relación entre la deforestación y un cambio en los patrones de lluvias.
“Nuestro estudio implica que la deforestación de los bosques de la Amazonía y el Congo podría tener consecuencias catastróficas para personas que viven a miles de kilómetros en los países vecinos”, señaló entonces Dominick Spracklen, uno de los investigadores principales. Las previsiones parecen cumplirse. En los tres países influenciados por el Paraná, la palabra racionalización ya asusta.
Efectos
Tanto el gobierno de Brasil como el de Argentina y Paraguay anunciaron las primeras medidas y recomendaciones para intentar paliar los efectos de la sequía. Joaquín Roa, secretario de Emergencia Nacional (SEN) de Paraguay, señaló que están preparados para transportar 330.000 litros de agua de manera inmediata.
El Sistema Nacional de Gestión Integral del Riesgo argentino recomendó a los ciudadanos reducir el consumo diario de agua. Se definió, además, la creación de un Fondo de Emergencia Hídrica de 1.000 millones de pesos (10.4 millones de dólares) para atender a las provincias más afectadas. Brasil, por último, si bien ha descartado el racionamiento, llamó a un uso consciente del agua, especialmente en las regiones centro-oeste y sur del país, las más afectadas por la sequía .