x

Pico y Placa Medellín

viernes

0 y 6 

0 y 6

Pico y Placa Medellín

jueves

1 y 7 

1 y 7

Pico y Placa Medellín

miercoles

5 y 9 

5 y 9

Pico y Placa Medellín

martes

2 y 8  

2 y 8

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

3 y 4  

3 y 4

language COL arrow_drop_down

Relatos sobre los laberintos de la mente y la sinrazón

La salud de la mente y del cerebro han salido del desván. Ahora no son pocos los escritores y los cineastas que relatan las enfermedades de la razón.

  • Sylvia Plath y Henry Marsh. Fotos: Getty.
    Sylvia Plath y Henry Marsh. Fotos: Getty.
05 de mayo de 2024
bookmark

El cerebro es fascinante. Y lo es más pensar que en ese cúmulo de tejidos se origina en la mente. Es decir, esa ficción compuesta por los recuerdos, las creencias, las lecciones de la crianza y las herencias de los genes. Por eso no resulta asombroso el boom de libros que abordan de muchas maneras los temas de la mente y del cerebro. Los hay de todo tipo. Están las narraciones de casos, hechas por médicos con inclinaciones literarias. Estas cuentan a su favor con una prosa de divulgación que hace más accesible la complejidad de la materia gris. También hay relatos de pacientes sobre sus experiencias, más o menos traumáticas en centros clínicos —depende de la cantidad de TEC (Terapia electroconvulsiva) a la que hayan sido expuestos—. En este conjunto se resalta la crudeza y la vulnerabilidad que asume quien escribe. Este fenómeno editorial responde a la presencia de la salud de la mente y del cerebro en la agenda de los medios noticiosos y del mainstream. Esto ha llevado a que tras muchos años de encerrar a estas enfermedades en la cárcel de la locura ahora no solo sea permitido hablar de estos temas sino que, además, se aplauda el hacerlo.

Antes de entrar de lleno en el tema de los libros en sí conviene aclarar un matiz que en el anterior párrafo se hizo varias veces. No es un capricho separar la salud de la mente de la del cerebro. La primera está relacionada con elementos que tienen un pie en la cultura y otro en la química corporal. En esta línea caben el bienestar emocional, la habilidad para lidiar con el estrés, las relaciones interpersonales, la autoestima y la capacidad de adaptación. Por el contrario, la salud del cerebro está enganchada con el estado y el funcionamiento del cerebro en sí. A este conjunto pertenecen las enfermedades cerebrales y trastornos neurológicos de la naturaleza del Alzheimer, el Parkinson, entre otros. Tal vez un símil ayude a comprender mejor el asunto: los padecimientos mentales equivalen al desajuste del motor por el uso del conductor mientras los cerebrales son el resultado del motor en sí. Casi todas las enfermedades mentales son tratadas con terapias mientras las neuronales requieren del uso de químicos y, a veces, de intervenciones quirúrgicas. Por supuesto, esta división se hace con brocha gorda: existen cientos de matices que se deben tener en cuenta al hablar o escribir sobre estos asuntos.

Los libros de los doctores

Con esto en mente se puede dar un paso adelante. Lo primero que conviene aclarar es que la tradición de médicos letrados es antiquísima. Las primeras referencias de médicos escritores se remontan a un pasado tan lejano que estos personajes están cubiertos por la niebla de la leyenda. Ese es el caso, por ejemplo, de Areteo de Capadocia, un médico griego de la época del esplendor del imperio romano. A él se deben las más antiguas descripciones que se conservan de la cefalea, el escotoma, la epilepsia, la melancolía, la locura y la parálisis. No hay que irse tan atrás para encontrar un médico con pergaminos literarios. Para algunos expertos el origen de los casos clínicos literaturizados o cuentos clínicos está en Sigmund Freud. En efecto, en el libro Relatos clínicos el padre del psicoanálisis relató con una prosa no ajena al color del periodismo algunas de las historias de sus pacientes, incluso aquellas que los llevaron a formular sus célebres teorías sobre el inconsciente, la sexualidad y el poder.

Ya en el siglo XX el neurólogo británico Oliver Sacks se convirtió en una celebridad de la literatura en inglés gracias a las antologías de historias de pacientes. Quizá la más conocida sea la titulada El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Ese libro resume bien el estilo y la forma en que Sacks tomaba las investigaciones médicas, llenas de palabras exóticas para el lector promedio, y las hacía compresibles para el gran público. En el texto que da título a la obra Sacks contó el caso de un hombre que llegó a su consultorio con los síntomas de la agnosia visual, un padecimiento que le impide al cerebro identificar a los objetos que son percibidos por los ojos. La fama de Sacks se hizo universal gracias al libro Despertares, que en 1990 fue llevado a la gran pantalla en una película protagonizada por Robert De Niro y Robin Williams.

Al parecer los médicos británicos son propensos al humanismo. No de otra manera se entiende la irrupción a mediados de la segunda década del dos mil de Henry Marsh, un neurocirujano que se convirtió en un best seller. Ante todo no hagas daño es el primer tomo de sus memorias, que le mereció el reconocimiento de la crítica y fue traducido a numerosos idiomas. En esas páginas Marsh cuenta su trayectoria de médico y los aprendizajes que ha recibido en virtud del trato cotidiano con enfermos del cerebro. A diferencia de la prosa de Sacks, que suele tener un tono didáctico, la de Marsh se interesa en husmear en los asuntos de la templanza frente a la mortalidad y las dudas ante las encrucijadas de la mente. Ante todo no hagas daño es una lectura que destila sabiduría oriental y el temperamento estoico de un médico fogoneado por miles de consultas y batallas.

Y las voces de las pacientes

En este punto brilla un dato curioso: los referentes de la prosa médica con profundidad literaria son hasta el momento hombres mientras los más potentes testimonios en primera persona de los estragos de las enfermedades de la mente y del cerebro han sido escrito por mujeres. Algunos encontrarán en esta idea un rezago de sexismo. En realidad, si se piensa con cuidado es predecible que así sea. Hasta mediado el siglo pasado la formación médica de élite fue casi un bastión de los hombres al tiempo que las mujeres constituyen el porcentaje más alto de pacientes de terapia y de consultas psiquiátricas. “La historia de la locura la han escrito los profetas, los clérigos, los médicos, los psiquiatras, pero pocos son los nombres de las mujeres locas del pasado que conocemos, menos aún las voces”, dice Mar García Puig en el prólogo de Viaje al manicomio, las memorias militantes de Kate Millett.

Este tipo de escritura tiene antecedentes en el pasado. Visto con la lupa del presente en algunos pasajes de las memorias de Sor Josefa del Castillo hay indicios de una enfermedad mental o cuando menos de un desorden psíquico. En su autobiografía, la monja tunjana que en la literatura colombiana tiene la dimensión que tuvo Santa Teresa de Avila para las letras de la península ibérica asume el dolor como la realidad necesaria de la vida. Por supuesto, ese discurso respondía a un momento concreto de la religiosidad occidental -el posterior al Concilio de Trento-, pero también tiene elementos que un médico identificaría como propios de un enfermo que necesita tratamientos psiquiátricos. A fin de cuentas la escritura testimonial ha sido una herramienta al alcance de las mujeres para revelar las oscuridades que las habitan y las crisis que padecen por vivir en un sistema de valores patriarcal.

En la línea de la literatura confesional pocos libros tienen la contundencia de La campana de cristal, la única obra de ficción en prosa publicada por la poeta norteamericana Sylvia Plath. Editada en 1963, con la autoría de Victoria Lucas -un seudónimo de Plath-, la ficción le da voz a Esther Greenwood, una estudiante de 19 años que carga sobre sí el peso del trastorno bipolar. Leída por los críticos como una confesión de sus tendencias suicidas, La campana de cristal pone en el centro del escenario las desventuras de una mujer que no entiende de todo el mundo y siente que hay algo en ella que le impide encajar plenamente en el papel que le han concedido. De alguna manera, esta novela de Plath marcó el derrotero de otras confesiones escritas por mujeres o sobre el universo femenino. En esa novela de poco más de cien páginas están los germenes de Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides, y de Nación Prozac, de Elizabeth Wurtzel.

De hecho, ese grito generacional sobre la salud mental de las mujeres se volvió pop y masivo por el libro Inocencia interrumpida, de Susanna Kaysen. Como todo fenómeno de masas que se precie de ser contemporáneo, esta historia dio un salto sustancial cuando fue llevada al cine en una película protagonizada por Winona Ryder y Angelina Jolie, sex simbols de finales de los noventa. El libro y la película versan sobre las vivencias de Susanna, una joven que padece el trastorno límite de la personalidad. Ella es internada en el Hospital psiquiátrico Claymoore, en cuyos pabellones conoce de cerca las vidas de otras mujeres con sufrimientos psiquiátricos. Ambos productos —el libro y la película— dejaron huella en los imaginarios de la generación x.

En otros formatos

Las historias sobre la salud mental y cerebral han acaparado la atención del público por ciertas obras narrativas en formatos distintos a los del libro convencional. No son pocas las series televisivas que se han elaborado alrededor de los quiebres del cerebro. Las hay sobre la adicción -Doctor House, BoJack Horseman-, sobre la bipolaridad -Homeland-, sobre la depresión y la búsqueda de sentido a partir del frenesí -Euphoria-. También hay documentales sobre el poder de la terapia -Stutz- y largometrajes sobre las crisis relacionadas con la dependencia a las sustancias psicotrópicas -Alguien voló sobre el nido del cucú-.

El empleo que buscas
está a un clic
Las más leídas

Te recomendamos

Utilidad para la vida

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD