Wilfrido Vargas cierra los ojos. Pareciera que quiere llorar. Alguien le dijo a su llegada a la conferencia del Latino Show Award que ese merengue arrebatado que cantaba en los 90 fue protagonista de su adolescencia, de esos bailes de garaje que gozaron en Medellín otras generaciones. “Eso me da algo que yo no sé explicar”, dice y se ríe. Vuelve y cierra los ojos, también aprieta los labios. Respira y añade, “es como si yo pudiera decir misión cumplida”.
El rey del merengue nació el 24 de abril de 1949. Tiene 68 años y mucha energía para seguir haciendo esa música. Un género que, según asegura, desfalleció por culpa de la dictadura del reguetón. Aunque no lo critica.
La historia musical de Wilfrido Vargas comienza en Altamira, en el norte de República Dominicana. Mientras los demás niños jugaban, él observaba los músicos, la banda del pueblo. Miraba fijamente la primera trompeta, “eso me llamó la atención y me mandó a la escuela municipal de música de Altamira en la que hice 22 lecciones de 58 de solfeo. Debo todavía las otras 36. En esa última lección me dieron la trompeta y yo me fui”.
Ese instrumento de viento era su pasión. Cuenta que su entusiasmo era similar al de una fanática de Justin Bieber cuando lo ve. “Yo me desmayaba, eso no era normal para un niño de 8 años”, se ríe.
En esos primeros años como trompetista tuvo dos momentos frustrantes. Cuando le dijo a su madre que quería ser músico y cuando le envió a su padre el primer vinilo de 45 revoluciones para que lo escuchara tocando jazz y bossa nova.
Aunque no lo crean, Wilfrido Vargas no empezó tocando merengue. Eso llegó después. “Hijo, si a duras penas tenemos para comer cómo vamos a mandarte a una escuela de música”, le dijo su madre. “Yo conozco bien tu talento pero si lograste que alguien te grabara con la trompeta con ritmos de Estados Unidos y Brasil, algo que es ajeno a República Dominicana, entonces vas a engordar más el hambre”, le dijo su padre.
Su progenitor le mandó unos textos para que los musicalizara a ritmo de merengue y ahí empezó la historia que hoy lleva 45 años.
Como ser músico en un pueblo como el suyo no era bien visto, emigró a la capital como trompetista de jazz pero era imposible que se desligara del merengue. Aquel género llegó para que él con su particular forma de tocar la trompeta y con sus letras rapeadas le diera otro aire.
Sus experimentos sonoros le dieron paso, según él, a la música urbana que luego le quitó espacio al merengue. A pesar de ello no la critica. “La música urbana es el resultado de la interpretación del sentimiento de la generación actual, punto. No hay porqué castigarla”.