El Nobel de literatura es un azar: por estas fechas cada año las casas internacionales de apuestas sacan la baraja de posibles autores galardonados con el laurel. En la escogencia del ganador intervienen factores políticos, sociales, coyunturales y literarios, por supuesto.
En no pocas ocasiones la elección de la Academia de Estocolmo desconcierta a la opinión pública internacional al ungir con el premio a escritores que están por fuera del radar: esos fueron los casos de la poeta Louise Glück y del novelista Abdulrazak Gurnah, los ganadores más recientes.
Ni la norteamericana ni el tanzano figuraron en puestos importantes en las quinielas de los medios informativos ni de los expertos. Por el contrario, a veces el Nobel cae en autores de fama internacional. Nadie se asombró al leer en los diarios que los escogidos, en su momento, fueron William Faulkner, Samuel Beckett, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez u Octavio Paz: la dimensión de sus obras hacía que la decisión se cayera por su peso.
En 2020 los aspirantes con opción a quedarse con la medalla instituida por el inventor de la dinamita son en su mayoría europeos, algo usual cada primera semana de octubre. En los últimos días la candidatura de Michel Houellebecq ha ganado terreno y fuerza.
Poeta, ensayista y narrador, Houellebecq ha publicado libros que lo han llevado a granjearse el aplauso del público y de la crítica. La novela El mapa y el territorio ganó en 2011 el premio más importante de lengua francesa, el Goncourt. Además, fue un éxito de ventas. Otro libro suyo –Sumisión– saltó de la sección de cultura a la de política de los medios internacionales por la cruda diatriba que esboza del islamismo en Europa y por convertir a su autor en un blanco de la célula terrorista que perpetró la masacre de los dibujantes de Charlie Hebdo.