Fernando Botero no dejó nunca de pintar.
“A los 91 años, con los achaques normales de cualquier persona de esa edad, sigue trabajando todos los días, y no solo trabajando, sino que sigue buscando y descubriendo nuevas técnicas, nuevos elementos y soluciones a los eternos problemas de la pintura”, dijo su hijo Juan Carlos Botero el día del lanzamiento de Botero 90 años, un libro que recoge toda la obra que el maestro donó al Museo de Antioquia.
Fernando Botero nació en Medellín el 19 de abril de 1932. Empezó a pintar cuando era un niño. En sus cuadernos del colegio quedaron guardados sus primeros dibujos, aunque en ese entonces no se entendían como una vocación, sino más como una curiosidad. Por eso, a petición de un tío, Fernando empezó a asistir a la escuela de tauromaquia en la plaza de La Macarena, pero los toros, no fueron más que una afición. El arte era su destino.
A los 16 años, estando todavía en el colegio, Botero empezó a construir su carrera artística haciendo ilustraciones para la revista dominical del periódico El Colombiano. Un año después, en 1949 participó en el Salón de Artistas Antioqueños, realizado en Bogotá con la acuarela Jornaleros. Pero el camino que lo llevaría a ser un referente del arte a nivel mundial no sería nada fácil.
“Nosotros crecimos viendo a mi padre batallar contra el anonimato, el ninguneo, la falta de reconocimiento, él vivía muy pobremente y con muy poco éxito”, dijo Juan Carlos.
Ante la adversidad, el maestro tuvo siempre el ingenio y la disciplina, porque el arte no es sólo crear, es trabajar. Transformar una idea en una obra, es una labor de entrega absoluta. En los años 60, cuando el maestro se radicó en Nueva York con su familia, trabajaba tanto que a sus hijos los veía apenas los viernes. Ahí, en esos momentos de esparcimiento, está reflejado todo su amor, su entrega y su genialidad.
“Realmente volvía mágica la vida diciendo las tonterías más grandes del mundo, por ejemplo, uno veía el humo saliendo de las boca-calles, de las alcantarilladas del metro en Nueva York, y nos decía, mire, tenga mucho cuidado, ese humo es porque debajo queda el infierno. Entonces uno se imaginaba diablos con tridentes y todo debajo de donde uno iba caminando. La ciudad ya no era la misma, era un lugar misterioso, mágico, aterrador, pero él hacía esas cosas. Le tengo una gratitud por eso inolvidable”, dijo Juan Carlos.
Y en esa capacidad narrativa está su arte, porque en sus pinturas la realidad se transforma, cambia el volumen y la intensidad del color y con ello cambia la percepción, el mundo. Es apenas sutil, pero la transformación es total, el mundo, tal como lo retrató en su obra, está lleno de humor, de sátira, de coraje, de reflexión.
“El arte, a pesar de las dificultades de cada uno de los artistas, es una manera de comunicar un deleite estético y enaltecer el milagro de estar vivos. Él, que es un estudioso, entiende que el humor, la ternura y la sátira son elementos fundamentales, el humor, como él dice, es una pequeña ventana que le hace un guiño al espectador y lo invita a ingresar a la obra, y eso es válido”, dijo Juan Carlos.
Eso también es parte de la obra del maestro Botero. Su pedagogía, su esfuerzo por acerca a las personas al arte. “Fernando Botero creía de verdad en la importancia de la cultura y el arte como fuente de consuelo y esperanza en un lugar conflictivo”, escribió el historiador de arte Edward J. Sullivan en el libro Botero 90 años.
El corazón y las preocupaciones de Fernando Botero siempre estuvieron aquí, en Medellín, en Colombia, en América Latina. Su obra es una puerta a nuestro propio universo a través de su mirada. Es una invitación a pensar en nosotros mismos.
“Mi pintura tiene dos fuentes primordiales: mis convicciones estéticas y el mundo latinoamericano en el cual crecí, porque creo que el arte debe tener raíces, deber pertenecer a una tierra”, dijo el mismo Fernando Botero, en el libro.
Por eso su obra, aunque está creada para dar placer a través de la estética, de la belleza, está sustentada en una mirada absolutamente crítica y reflexiva sobre el mundo, la sociedad y sus formas.
“Él es un artista muy comprometido. Es un obsesionado por el país, ama su tierra. Él se siente orgulloso de ser colombiano y se siente orgullosísimo de ser antioqueño. Mi padre es un hombre muy exitoso gracias a su obra, pero su obra es el resultado de su país. Por eso su gran gratitud y amor por Colombia “, dijo su Juan Carlos.
Según los cálculos de su hijo, Fernando Botero donó más de 700 obras de arte a Estados Unidos, México, Venezuela y Colombia, pero eso no es todo, donó también 300 instrumentos a escuelas de música de la ciudad, pero eso de las donaciones fue lo que menos quiso el maestro que se conociera de su vida.
Su filantropía es pura gratitud y su obra es su vida, por eso el maestro vivirá por siempre, está en cada escultura, en cada pintura. Hasta siempre.