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Con yoga y pintura buscan frenar la mendicidad infantil en la 13

Una trabajadora social y un escultor lideran 13 aventuras, un proyecto para ampliar los horizontes de los niños.

  • Desde 2012, Topo vive en Las Independencias. Fundó un café, una galería y una escuela de arte en el barrio FOTO carlos velásquez
    Desde 2012, Topo vive en Las Independencias. Fundó un café, una galería y una escuela de arte en el barrio FOTO carlos velásquez
  • Los niños reciben clases de dibujo y yoga en un salón alquilado expresamente para ello. Grupos de baile del sector también lo utilizan FOTO Carlos Velásquez
    Los niños reciben clases de dibujo y yoga en un salón alquilado expresamente para ello. Grupos de baile del sector también lo utilizan FOTO Carlos Velásquez
30 de septiembre de 2022
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Un velón pequeño puesto sobre una tela negra con un mándala estampado. Con las colchonetas los niños forman un círculo: los músculos se alargan sin dificultad. Hacen el saludo al sol y luego una rutina de ejercicios. Están descalzos o en medias. La profesora da las indicaciones y de un celular —lo puso en la ventana para que la señal del internet no se caiga— sale un sonido de relajamiento. No se oye bien: los ruidos de los parlantes, de las mil voces en diferentes lenguas, inundan el recinto. La clase comenzó minutos después de las cuatro de la tarde y durará poco más de media hora.

Algunos llegan tarde y la instructora les recibe con mirada severa. Los rezagados cruzan una de las dos puertas rumbo a la rubia de sonrisa grande: lo hacen para esquivar la amonestación. Camila Muñoz —trabajadora social y líder de 13aventuras, fundación responsable de los talleres de dibujo y yoga— intercede por ellos. A regañadientes la profesora cede. La puntualidad es importante, también lo es saludar y no saltarse la fila para recibir el refrigerio. Esos cambios son una parte de los objetivos de la escuela. La otra es la de preparar el relevo de los artistas de la zona. Un semillero de pintores, raperos, bailarines, gestores culturales.

En uno de los lados del salón de paredes blancas y baldosas de dos colores descansa un espejo enorme. En el corredor contiguo, John Vallejo — barba en candado, las puntas de los dedos manchadas de pintura, camisa holgada con el cuello en V bordado por una franja de trazos indígenas — escribe con aerosol letras en un Mickey gris. Desde la niñez no se ha desprendido del apodo Topo, lo usa para firmar las esculturas y las camisas que vende: el precio de las primeras comienza en los $200.000 y trepa en directa relación con el tamaño y los materiales mientras las segundas cuestan entre $ 60.000 y 120.000.

Los niños reciben clases de dibujo y yoga en un salón alquilado expresamente para ello. Grupos de baile del sector también lo utilizan <b> </b>FOTO<b> Carlos Velásquez </b>
Los niños reciben clases de dibujo y yoga en un salón alquilado expresamente para ello. Grupos de baile del sector también lo utilizan FOTO Carlos Velásquez

En 2012 llegó a Las Independencias. Ha sido testigo de la mutación: el discurso oficial y las agencias de viajes han hecho de estas calles la vitrina de Medellín, una etapa obligada en el itinerario del forastero. “Es un cuento de hadas ver tanta gente del mundo en el barrio al que no llegaban ni los zancudos”, dice. El arribo de los extranjeros trago consigo el intercambio cultural, ha permitido atisbar las formas de ser y vivir de otras regiones. Además, ha inyectado recursos a la economía local.

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El turismo tiene otras caras y nombres: gentrificación, incremento del costo de vida, el vecindario convertido en zoológico para las fotos o en mercado de pulgas para los compradores con dólares. Topo habla de la mendicidad infantil: “He escuchado de niños que ganan ochenta, noventa, cien mil pesos en un día”, dice. Las cifras pueden ser un anzuelo para salirse del colegio o para dedicar el tiempo libre a la caza de parejas en bermudas y sandalias que lolean entre los puestos de cerveza y de artesanías. Un truco de magia, un baile de dos minutos, un gesto facial y la mano extendida bastan para tocar la consciencia y los bolsillos de los gringos bronceados y los europeos con mochila.

Topo no duda: “los guías externos y los locales que utilicen niños para generarle lástima a los turistas deben ser multados o expulsados del territorio”. No es el único con tal percepción: a un lado de los tramos de las escaleras eléctricas hay avisos con mensajes claros: “Los niños no deberían trabajar en la calle, sino en sus sueños”. El más rotundo incluye una copia del muñeco Chucky con el rostro deshecho por las suturas y un puñal en el puño, sentado sobre un cartel gore: “Mis padres me abandonaron, vivo de tu propina”.

La profesora —las uñas de las manos pintadas de colores y una mariposa tatuada en el antebrazo derecho— continúa con la clase. Los alumnos se ríen cuando la pierna del compañero no se estira o celebran el arqueo del torso. Las cinco niñas son felinas, logran posturas que los dos varones ni intentan. Las edades oscilan entre los cuatro y los quince años. Ya llegan los alumnos de la clase de las cinco: vienen de la mano del hermano mayor, de la mamá. Una de las acudientes entra a la cocina y prepara los refrigerios que recibirán al final de la jornada. Un sánduche con fresco. A veces dan pizza. Topo recuerda la vez que uno de los chicos se le acercó con el plato de arroz chino para preguntarle quién cumplía años. “Lo muy normal para otros niños para los de acá es otro cuento”, dice.

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Un informe de 2020 de la Alcaldía de Medellín hizo una radiografía de las condiciones socioeconómicas de los habitantes de la 13: el 34,6% de los hogares están en el escalón más vulnerable de la estructura, el estrato bajo-bajo. El 36,9% está un paso por delante, en el bajo-medio. La responsabilidad económica de las familias recae en los hombros de las madres en poco menos de la mitad de los censados —el 49,18% —.

***

La arquitectura de las casas construidas en las montañas es un acertijo: a simple vista el primer piso del edificio es la Galería Toy House. Sin embargo, pasa a ser el tercero si se toman las escaleras laterales. Se sube para descender, se baja para ascender. Hace cuatro años Topo abandonó la carpa en la que vendía sus esculturas en porcelana fría o en pasta y convenció al dueño del inmueble para transformar el parqueadero de motos en una galería. Ha hecho buenas migas con él: ocupa dos apartamentos más —en uno vive con Camila y el otro lo destinó para las clases—. Acodado en la ventana, ante el paisaje terracota salpicado por la maraña de cables y los techos de zinc, Topo cuenta el sueño que tiene para 13aventuras: comprar los tres pisos y hacer con ellos un centro para el arte y los niños. “¿Quién sabe? Tal vez alguien que lea el texto se anime a donar la plata”, dice y suelta una carcajada. A lo largo de la charla, ha pasado de las lágrimas a la risa.

De las paredes de ladrillo a la vista de Toy House penden cuadros de cemento adornados con los juguetes que los niños regalan: carros, muñecas, superhéroes. El espacio es reducido, en muchas superficies está la firma de Topo. Entra un grupo de turistas conducido por un guía con micrófono de diadema y camisa de gimnasio con cuello de tortuga. Miran las esculturas, los llaveros, la ropa. Una pintura enorme de Mike Wazowski —comienza en el piso de cemento y termina en el techo— convierte su boca abierta en una ventana. A su lado una versión pequeña del mismo personaje de Pixar sirve de alcancía en las que los visitantes introducen billetes para el pago de los profesores de la escuela y la compra de los refrigerios. La escogencia de la figura no es gratuita y ayuda a entender las motivaciones de 13aventuras: “Quisimos adornar el sitio con personajes que resultaran atractivos para los niños.

Además, en la película Mike no era un monstruo asustador, era el asistente. Él quería luchar por sus sueños y lo logró”, explica Camila. Se refiere al filme Monster, Inc, estrenado en 2001 y que recaudó en taquilla más de quinientos millones de dólares. A los visitantes Camila o Valentina o Alexandra —las dependientes de la galería— les muestran los artículos, les hablan de la escuela del piso de abajo. Topo los invita a ir al sitio. Ninguno acepta, siguen el camino con el guía.

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Dylan lleva un buzo negro con capucha. Es delgado, tiene la nariz ancha y los dedos largos. En la clase de yoga no contuvo las carcajadas al ver las contorsiones de las compañeras. Ahora sostiene un tarro de aerosol, presiona el dispositivo y cubre la escultura con pintura roja. Es inquieto. Topo le indica con su mano en la del niño la presión justa para no desperdiciar el contenido. Las niñas miran, Camila saca el celular y hace clic. Los oficios funcionan así: el saber pasa de un corazón al siguiente. Topo aprendió la escultura a 15,4 kilómetros de aquí, en la Casa de la Piedritas —Envigado—. Le enseñó el artista Santiago Rojas, fallecido en mayo de 2022. Lo recuerda con respeto y no duda en reconocerse en deuda con él: “puede escribir que era mi maestro”, dice.

En el taller de dibujo, cuenta Camila, el profesor puso a prueba la motricidad de los asistentes: les pidió escribir su nombre con la mano contraria a la utilizada a diario para escribir, cepillarse los dientes, soltar el trompo o abrir las puertas. Después tenían el reto de dibujar el personaje con el que sentían mayor afinidad. Un ejercicio tan simple les sirvió a los miembros de 13aventuras descubrir algo tremendo: unos cuantos no firmaban sus trabajos porque no sabían escribir ni leer. También, de inmediato apunta Topo, asisten a la escuela niños con notas excelentes. El asunto es complejo y en la búsqueda de una solución deben intervenir los padres, los profesores, la policía de juventud y adolescencia, los líderes comunitarios. En fin, todo el barrio, coinciden ambos.

***

Los niños de 13aventuras han ido al Estadio Atanasio Girardot, al cine, a la Universidad de Medellín, a un club de natación. Bajan en compañía de sus madres, de Topo y Camila. Van a la ciudad que encandila en las ventanas y se extiende a lo lejos, la misma que les devuelve la mirada y los confunde con los lucecitas del pesebre. Está ahí, en apariencia al alcance, pero lejana por los lindes de la economía, la pirámide social y el recelo mutuo. Ni Camila ni Topo nacieron en la comuna 13, pero no se quieren ir de ahí, quedaron prendados de las calles y la gente asomada en el balcón y la puerta

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