Geraldine Zapata Vélez —21 años— no conoce el fragor de los carros ni el rumor de hormigas del centro, entre San Antonio y Parque Berrío. Habita un mundo despojado de acústica, de palabras sonoras. Su nombre es una seña. La suya es la realidad del 5% de la población planetaria –463 millones de personas– que, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), padece hipoacusia discapacitante. Es la primera estudiante sorda en ser admitida en el pregrado de Artes Escénicas de la Universidad de Antioquia.
Su abuela —doña María Rubio— fue quien comenzó a incluirla en el mundo de las cosas: sin conocer la gramática de la lengua de señas colombiana, se comunicó con la niña, lo hizo señalando objetos con los dedos, empleó el movimiento del cuerpo, de las facciones. Nacida en Barranquilla, pero pronto radicada en Bello, Geraldine es el rostro del teatro sordo en Antioquia.
Se expresa con la certeza de quien sabe lo que quiere decir. Incluso, en un momento –con la ayuda de la intérprete–, corrige las preguntas. La lengua de señas colombiana –dice con las manos y los gestos– no se restringe a las extremidades superiores, incluye la cara, los guiños. Toda Geraldine es palabra. La ley 324 de 1996 reconoció la lengua de señas, la adoptó como una de las formas en las que los colombianos se comunican. Tiene una naturaleza doble: es visual y corporal. El cuerpo entero transmite información. Geraldine la aprendió en el colegio Francisco Luis Hernández Betancur, de Bello. La entrevista transcurre en los pasillos y los prados de la Facultad de Artes: los estudiantes se detienen unos segundos, asisten a la escena, siguen su camino. Unos alumnos realizan performances: se acuestan en los pasillos en pedazos de cajas, caminan por las aguas de la fuente sobre la que sobresalen las figuras desnudas cinceladas por Rodrigo Arenas. Un día típico en el alma máter. Para estar aquí, para vivir esta experiencia, Geraldine debió vencer las prevenciones de los demás, las suyas.
Egresado de la U de A y miembro del Laboratorio Escénico Ateneo, el profesor Duván Chavarría da indicaciones en un aula —la 252— de piso de madera y telones negros en las paredes de ladrillo a la vista. Geraldine viste de negro, igual que sus compañeros de clase. La custodian las intérpretes Daniela Gaviria y Carolina Montoya, también estudiantes universitarias. Los jóvenes trotan, lloran, ponen cara de rabia o de miedo. Geraldine mira al profesor y a la intérprete: su mirada va rápido del uno a la otra. Minutos después, ante el lente despliega sus habilidades histriónicas: representa el sentido que adquieren en su mente las palabras Teatro y Medellín. Lo hace en vernacular visual. No se trata de una lengua en el estricto sentido: combina elementos de la lengua de señas, de los mimos y de la cinematografía. Al verla —el aleteo de los dedos y el repertorio de gestos— su decisión de estudiar arte dramático resulta lógica, sin embargo ese no fue siempre su objetivo en la vida. El contacto con la gente de La Rueda Flotante —el único grupo de teatro sordo de Antioquia— la convenció de seguir ese camino. Eso y un campamento montado en 2021 en predios de la UdeA para exigir la ampliación de la oferta académica destinada a la comunidad sordoseñante.
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La Universidad de Antioquia tiene un poco menos de cuarenta mil inscritos en pregrado. De ellos tres son sordos y cuatro no pueden ver. Los datos los ofrece Elizabeth Ortega Roldán, coordinadora de permanencia universitaria de la vicerrectoría de docencia. La funcionaria cuenta que la oficina a su cargo combate la deserción precoz, en especial de los que hacen parte de las comunidades afro, indígena, sorda e invidente. Se ofrecen talleres de inducción y se acompaña a los estudiantes en trámites administrativos, en los pasos para realizar la matrícula. La burocracia es un laberinto para todos, no importa la condición.
El recuerdo del campamento de sordos en la U de A endurece los gestos de Geraldine, les inyecta ímpetu. “Lo que pretendíamos era que la universidad nos tuviera en cuenta porque siempre ha predominado la atención a los oyentes”, dice. Las versiones sobre la fecha de inicio de la protesta difieren: para ella comenzó el 21 de febrero de 2021 mientras un comunicado de prensa de la universidad habla del 10 de marzo. Las carpas y las pancartas estuvieron en el campus algo más de un mes. Para ella el campamento desencadenó un cambio en la vida académica: la puesta en marcha de un examen de entrada en lengua de señas colombiana. Opinión distinta tiene Elizabeth. Según la funcionaria, el diseño del examen fue un proceso anterior, que contó con la asesoría de instituciones nacionales y extranjeras. Debates aparte, el hecho rotundo es uno: hoy la U de A tiene un examen en lengua de señas equiparable al que se someten los oyentes. Por supuesto, los números de sordos y ciegos en carreras profesionales son un grano de arena en la enorme playa de la población total de los claustros.
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En 2001, la Universidad del Valle publicó Apuntes para una gramática de la Lengua de Señas Colombiana, del profesor Alejandro Oviedo. En sus páginas se resalta la dificultad de hacer una historia de la lengua de señas colombiana por tratarse de un código lingüístico que prescinde de la escritura. El investigador indica que no existen pruebas documentales de la existencia de una lengua para los sordos en las comunidades precolombinas del sur. No obstante, sí las hay en territorios de América del Norte, donde se usaba una lengua de señas para conectar a tribus de diferentes regiones, una especie de esperanto manual. El origen de la lengua de señas colombiana parece haberse dado en el colegio católico de Nuestra Señora de la Sabiduría, fundado en 1926. “La reunión de los niños en el internado habría conducido, si atendemos a lo reportado por investigadores que han observado situaciones semejantes, al surgimiento de un código señado restringido, que sufrió en tal comunidad un rápido proceso de criollización”, escribe Oviedo. Otro hito en esta cronología es la fundación en Bogotá —1957— y Cali —1958— de las primeras asociaciones de sordos.
En el artículo Colombia, atlas sordo, Oviedo refiere la existencia de otras dos lenguas de señas en el país: una detectada en San Andrés y Providencia; otra usada por los indígenas de la etnia cuiba, de los Llanos. Los registros de ambas proceden de la memoria de los mayores y de una misionera protestante. No hay evidencia que sigan vigentes.
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El arte sordo —y su par, el arte ciego— es una línea estética y política para incluir en las ofertas culturales a los ciudadanos con limitaciones auditivas y visuales. También responde a una realidad conectada con la plasticidad cerebral: estudios revelan la capacidad del cerebro de los sordos de reorganizar funciones, de trazar un mapa mental y emocional distinto. Lo hace para compensar la falta de las fichas sonoras del rompecabezas del mundo. “Al no contar con el sentido de la audición, sus otros sentidos se agudizan”, escribe Loreto Cruzat, de la Universidad de Artes, Ciencias y Comunicación, de Chile. En consecuencia, el arte sordo no se limita a ser una traducción del arte convencional al lenguaje de señas. Más bien implica la construcción y la puesta en escena de una sensibilidad distinta.
El teatro sordo hace hincapié en el vernacular visual, en la pantomima, en las señas. Por ejemplo, el ser o no ser, de Hamlet, en lugar de una frase se transforma en una imagen inteligible para los múltiples públicos, los oyente y los no. A fin de cuentas, en principio la realidad entra por los ojos.
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Geraldine tiene metas similares a las de su generación: culminar con éxito los estudios de pregrado y continuar con la formación de maestría, en su caso con énfasis en el arte sordo. No titubea ante la pregunta sobre los aportes que ella le dejará a la universidad: “Quiero generar una transformación en los universitarios y profesores para que cuando ingresen personas sordas puedan interactuar sin necesidad de un intérprete”. Es decir, pretende ampliar el mapa lingüístico del campus, hacer de la universidad un tejido de distintas lenguas y formas de habitar el mundo. Dicha mutación ya comenzó: a fuerza de costumbre, sus compañeros y profesores se han interesado en aprender la lengua de Geraldine: liberar las palabras del sonido para extenderlas por todo el cuerpo. Hacer de la carne la voz y el sentido.
Entre tanto, debe enfrentarse con las dos formas de exclusión: por un lado, la compasión disimulada y, por el otro, la indiferencia absoluta.