En las noches, con paciencia, desgastaron los goznes y las tuercas. ¡Se llevaron las vallas que, entre otras cosas, estaban ahí para prevenir los robos! La ironía no sería relevante si no se tratara de una estrategia de la Alcaldía de Medellín que buscaba mejorar la seguridad en la Plaza Botero, un enclave turístico sitiado por la indigencia, la drogadicción y las problemáticas del Centro de Medellín.
Antes de su instalación, el caos reinaba entre las voluminosas esculturas de Botero. Los que conocen la plaza recuerdan la invasión excesiva del espacio público, el cosquilleo, el olor a bazuco. La pandemia agravó la situación y, como quedó constancia en redes sociales, aparecieron los robos en gavilla, los ataques entre varias personas a hombres inermes a los que tiraban al suelo y despojaban de sus pertenencias.
Para revertir esa situación, la Gerencia del Centro instaló, en julio del año pasado, 202 metros de vallas electrosoldadas para circundar la Plaza. Antes de eso se habían arreglado los jardines y se había adelantado una toma cultural de la plaza, con eventos artísticos. La idea de las verjas era tener un control sobre el espacio y que los ciudadanos se apropiaran de él.
Pero, así como fueron instaladas, las empezaron a desvalijar. Según la Gerencia del Centro, se han robado 22 vallas; 11 han sido recuperadas. Las verjas están soportadas en unas torres blancas que también han vandalizado. A una de ellas, por ejemplo, le abrieron un hueco para meter cosas dentro.
El modus operandi de los ladrones es muy sencillo. En las noches, cuando la plaza está desolada, aflojan los tornillos, que fueron muy bien sujetados a las columnas. Dejan que pase una noche, por ejemplo, y vuelven a su labor, a terminar de destornillar. Una vez hecho esto, las desmontan con cuidado y las llevan a ferreterías cercanas para venderlas como hierro.
Pero los daños no se quedan solo en las vallas. De las 120 jardineras instaladas, 25 fueron vandalizadas. De eso da fe Emilio García, un fotógrafo que retrata a los turistas junto a las obras de Botero: “Se han robado todo. El encierro funcionó muy bien pero, desde que se empezaron a robar las vallas, todo volvió a empeorar. En la noche se meten y hacen lo que quieran, se llevan las cosas y convierten los jardines en ‘cagaderos’”.
En general, la percepción es que el cerramiento sirvió. Según datos de la Secretaría de Seguridad, en los primeros meses se redujeron los hurtos en un 76%.
Amanda Rúa es una mujer mayor, aunque vigorosa, que lleva 12 años vendiendo réplicas en miniatura de las obras de Botero. Celebró el encierro de la plaza pues, dice, el desmadre era tremendo. Pero lamenta el robo de las vallas, una situación que, cree, ha deteriorado la seguridad de nuevo: “Los turistas ya no llegaban. Venían a tomarse las fotos y, mientras tanto, los robaban y los dejaban con las manos vacías. Ojalá volvieran a cerrar del todo”.
La intervención de la plaza se ha surtido en varias etapas. En total, tuvo un costo de $300 millones. Pero la pregunta es qué pasará. La gerente del Centro Mónica Pabón explica que en este momento están haciendo una repotenciación de las vallas y los tótems (que las sostienen).
Lo interesante viene una vez se concluyan estas reparaciones. Los tótems, que son blancas torres blancas, quedarán a disposición de los artistas de la comuna 10. Sobre ellos podrán plasmar sus obras. Con esto, la Gerencia busca que se dé una efectiva apropiación cultural y que, a la larga, se respete la infraestructura pública.
Para la gerente, pese a los robos y la vandalización, los resultados del cercamiento son evidentes. Considera que los más de 20 eventos culturales que han realizado en el sector, además de la reparación de la infraestructura, han logrado transformar la plaza.
Así lo cree también José Viveros, un turista panameño que ha venido 10 veces a Medellín: “Ahora me siento más tranquilo. Las vallas que han puesto permiten que no todo el mundo entre y nos permite a los turistas sentirnos más seguros. Hay buena presencia de uniformados”.
Precisamente, un policía de turismo, que patrulla la plaza, ratifica que la seguridad ha mejorado. Sobre las vallas, revela que ya las chatarrerías no las compran, pues conocen su procedencia. Comenta: “Ya no se las van a llevar más. Las últimas las han devuelto porque nadie se las compra. Solo faltan que las repongan para mejorar esto”.
El robo de las vallas, sin embargo, es sintomático. Fueron instaladas para mejorar la seguridad y terminaron desvalijadas. Es una ironía de una ciudad que, como se describió hace poco en estas páginas, es víctima de sus propios habitantes, que de a poquitos la han ido despedazando .
$300
millones se han invertido en la recuperación de la plaza.