En el Centro de Medellín confluye cada día casi un millón y medio de personas, la mayoría entre afanes y carreras, de paso, para hacer una diligencia o tomar un medio de transporte. Se dice que un poco más de 80.000 son residentes de esta comuna, la 10, La Candelaria, también lugar de trabajo y estudio de muchos ciudadanos.
Pero, según un censo hecho por la Alcaldía de Medellín en el tiempo de pandemia, el número de residentes se incrementó hasta las 150.000 personas, incluidas las que habitan en los inquilinatos.
En el corazón de la ciudad, donde también converge gran parte de la historia de Medellín, se conjugan los miedos arraigados por problemas históricos de inseguridad con el desconocimiento de la oferta que existe para que moradores y visitantes vivan el Centro, lo conozcan y aprecien su valor.
En marzo de 2017 se oficializó la Alianza Cultural por el Centro de Medellín, una articulación que hoy persiste, integrada por más de 60 instituciones y organizaciones públicas y privadas que tienen alguna relación con esta zona de la ciudad. Trabajan de la mano para propiciar el desarrollo, la economía, la cultura, la convivencia y la apropiación de los espacios, por lo cual una de sus más sonadas estrategias es Caminá pal Centro, una invitación constante que nació en 2016 y que se mantiene por la voluntad de los aliados.
Liderazgos que no cesan
Las voluntades que se suman para mantener vivo el Centro y que los ciudadanos le den una mirada diferente incluyen liderazgos de personas y organizaciones que han persistido con iniciativas culturales, gastronómicas, recreativas y sociales.
Y aunque entidades como el Banco de la República, Comfama, Comfenalco o el Museo de Antioquia, solo por nombrar algunas, tienen apuestas importantes en este sentido, también deben contarse grupos de teatro, hoteles, restaurantes, bibliotecas y hasta venteros ambulantes.
Para Sergio Restrepo, responsable del Claustro Comfama, de San Ignacio, estos son justamente los actores que fortalecen la capacidad que el Centro tiene de conservarse, aun con las cicatrices que le han dejado las intervenciones urbanísticas irremediables y los problemas de diversa índole que lo aquejan, que no son exclusivos de esta zona de la ciudad.
Restrepo es en sí mismo, de la mano de su equipo de trabajo, entidades aliadas y ciudadanos, uno de esos liderazgos ávidos de iniciativas para reconocer, apreciar y vivir el Centro de Medellín como uno de los lugares de origen de lo que se conoce como Antioquia, sin dejar de lado a Rionegro, cuna de la Constitución de Colombia y el Congreso, y a Santa Fe de Antioquia, antigua capital del departamento.
Las calles y edificios tienen una impronta histórica, aunque en muchos esté escondida tras renovaciones que han borrado el patrimonio arquitectónico. Cuna de la educación y de grandes artistas, cruzado por múltiples rutas de transporte que van casi que hacia cualquier barrio de la ciudad, zona del rebusque para el sustento económico de muchas personas, el Centro hoy se ofrece como un espacio para el encuentro a la espera de que más gente lo disfrute.
“Hay una posibilidad de habitar el espacio, estamos convencidos de que lo contrario de inseguridad es convivencia y no solo vigilancia. Estamos convencidos de que unos niños jugando y leyendo, unos adultos pensando cuál es la próxima movida de un peón o tomarse un café se constituyen en un lugar de convivencia”, dice Restrepo, quien lidera una de las apuestas de transformación, cultura y encuentro en la comuna, en especial en el sector de San Ignacio.
En la misma línea opina Jaime Suárez, director de la corporación Común y Corriente, que participa en alianza con varias instituciones y organizaciones culturales del Centro con el propósito de mantener vigente una programación que permita que las personas no vayan solo de paso.
Sin embargo, también están los líderes cívicos, comunitarios y sociales que se suman con programas o iniciativas enfocadas en el bienestar de quienes habitan el Centro o hacen de él su lugar de trabajo y sustento.
EL COLOMBIANO reseña algunos de esos liderazgos que representan un conjunto de esfuerzos para mantener vigente el disfrute del espacio público en esta zona de la ciudad que todavía tiene muchos desafíos por resolver, que esconde en sus entrañas parte de la idiosincrasia antioqueña y que sigue siendo temido y estigmatizado.
En ellos hay un trabajo sostenido que no está sujeto a las administraciones cambiantes cada cuatro años. Sus liderazgos persisten bajo el deseo genuino de devolver la confianza de habitar el Centro, mitigar las problemáticas que lo aquejan y fortalecer el tejido social entre quienes se cruzan en él día tras día.
Ajedrecistas dan vida a San Ignacio
Varias veces la madrugada ha llegado antes de que se acabe alguna de las partidas de ajedrez que se juegan todos los días al aire libre en la Plazuela San Ignacio. El tiempo ni lo sienten, bajo las ceibas y palmeras, los jugadores y espectadores que hicieron de esta una práctica tradicional en el lugar. Al lado de las mesas que sostienen los tableros, está Gloria Jiménez, en su puesto de café, orgullosa de ser responsable de que esas partidas se jueguen. Cuenta que en 1992 se le ocurrió prestar los tableros y piezas para que la gente se amañara; ese fue el origen de la costumbre que persiste. Gloria sonríe al hablar de cómo esa idea hoy cuenta con apoyo de Comfama, que instaló mesas y sillas para los jugadores, a pocos metros de dos mesas de ping pong donde los competidores maniobran con raquetas.
Allí, Sebastián Ortiz entrenó durante cinco meses con ajedrecistas adultos hasta que se volvió tan bueno que siempre les ganaba. A sus 12 años es subcampeón nacional y ha ganado cuatro competencias departamentales. Cuando no entrena en la liga, visita la plazoleta para jugar con viejos conocidos, que se mueven entre otras personas que prefieren tomar café, conversar, leer o pensar. Los fines de semana se hacen presentaciones musicales, ventas de productos campesinos y otros actos artísticos.
Personas como Gloria, que quieren la plazuela como su casa, ven con buenos ojos el proyecto que se adelanta en el Claustro para fortalecer la zona como punto de encuentro, con espacios para cine, teatro o exposiciones de arte; para estudiar en la escuela de oficios; o para seguir jugando ajedrez y tenis de mesa al aire libre.
Apuesta por Barbacoas
En la calle Barbacoas, el corazón del antiguo Bronx de Medellín, parte de la historia y la esencia del sector está plasmado en las paredes. Con pintura Jorge Alonso Zapata, JAZ, exfotógrafo del CTI, se dedicó por mucho tiempo a retratar en las paredes del inquilinato donde vivía la cotidianidad de Barbacoas. En el sector, que ha sido intervenido por varias administraciones, hay un trabajo con los niños y jóvenes para abrirles oportunidades y protegerlos de los riesgos que persisten por problemáticas como el microtráfico o la explotación sexual. Detrás de esta apuesta está la Corporación Ítaca, dirigida por Teresita Rivera, gestora cultural, quien lleva más de 20 años de trabajo en la zona, especialmente en la parte baja, entre Palacé y Bolívar, donde está la conocida “pequeña Venezuela”, zona de negocios y ventas que los venezolanos montaron para subsistir.
Hoy, Teresita y Jorge lideran distintas iniciativas con los más jóvenes para acercarlos a opciones de estudio, cultura y trabajo, y cada año celebran la más bonita Navidad que pueden tener los residentes. Entre esas actividades está un proyecto que desarrollan gracias a una convocatoria que ganaron con el Ministerio de Ciencias, que contempla uno de los murales pintados y otros productos en los que están trabajando. También forman parte de la Alianza Cultural por el Centro y contribuyen a la idea de que otras personas visiten Barbacoas y conozcan una realidad olvidada de la ciudad. Ello también les permite llevar a los jóvenes y niños a otros lugares del Centro, para que expandan su mirada del territorio y comprendan mejor el universo que es la comuna en la que tienen su hogar.
Putamente Poderosas impulsa los derechos
La labor social que hace siete años comenzó Melissa Toro con las trabajadoras sexuales del Centro se convirtió hace tres en un colectivo que ya es organización sin ánimo de lucro legalmente constituida. Ante una realidad de la comuna 10, rodeada de vulneraciones a los derechos, violencia de género y problemáticas alrededor del trabajo sexual, Toro fundó Putamente Poderosas, que busca ser puente entre las trabajadoras sexuales, la institucionalidad y la sociedad “para una transformación social y política”. Inicialmente, eran solo mujeres, pero después se incluyeron personas de orientación sexual diversa que ejercen este oficio.
En plena pandemia, que afectó con fuerza a las trabajadoras sexuales, llevaron a los inquilinatos (hogar de muchas de ellas) una estrategia de donación de mercados, subsidios de vivienda y actividades que involucraban a las mujeres y a sus hijos. Con la disminución de las restricciones empezaron a llevar a los menores de edad a espacios de cultura, arte, lectura y actividades recreativas, con un proyecto llamado Poderes Clan-Destinos, que hoy atiende a 45 niños y niñas, que también cuentan con apoyo para acceder a servicios como educación y salud por medio de alianzas con otras entidades. Asimismo, las mujeres participan en espacios de escucha, diálogo, creación artesanal y manual, orientación psicosocial y pruebas rápidas de enfermedades de transmisión sexual. Hoy, un equipo base de siete personas y 30 voluntarios trabajan para que esta población conozca sus derechos, detecte las violencias a las que se enfrenta y conozca las rutas de atención a las que puede acudir.
La Pascasia rodea la cultura
La Pascasia, entre Maturín y Bomboná, es hace seis años la sede de la corporación Común y Corriente, cuya apuesta es difundir manifestaciones artísticas de todo tipo. Allí confluyen cine, teatro, libros, galería de arte, conversatorios, conciertos, talleres de escritura, club de lectura y hasta gastronomía. La casa patrimonial es con frecuencia el escenario de actores, músicos, pintores y escritores, y el refugio para quienes quieren ir a disfrutar un evento, tomarse un café, almorzar o, incluso, teletrabajar. Poco a poco se han ido recuperando de la pandemia y hoy reciben unos 2.000 visitantes al mes. Jaime Suárez, director de Común y Corriente, cuenta que a las exposiciones se suman eventos musicales y teatrales que se desarrollan en el auditorio, así como a lanzamientos de libros.
Con su sello discográfico Música Corriente representan a 14 agrupaciones, y con la editorial Verso Libre han publicado seis libros y han ayudado en la edición de otros dos. Desde allí se articulan con otras entidades para el disfrute del Centro desde diferentes miradas. “En La Pascasia tenemos la fortuna de ser vecinos de muchas iniciativas de artes escénicas y salas de teatro, como el Pequeño Teatro, el Matacandelas, el Teatro Popular de Medellín o Casa Clown”, anota Suárez. También tienen alianza con el Laboratorio del Café para llevar a la Plazuela San Ignacio los distintos métodos de preparar esta bebida, de la mano de libros y otras propuestas artísticas. En articulación con otras entidades La Pascasia busca ganar público joven (solo en San Ignacio hay 110.000 estudiantes) para que el Centro sea más que un lugar de paso.