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El riesgo por el osado paso por una garrucha en Granada

En la vereda Los Planes, adultos y niños arriesgan la vida para cruzar un río que no tiene puente peatonal.

  • Blanca Aristizábal debe sostenerse a sí misma y a la vez a su niña mientras empuja la polea con sus manos en mitad del trayecto. FOTO juliocésar herrera
    Blanca Aristizábal debe sostenerse a sí misma y a la vez a su niña mientras empuja la polea con sus manos en mitad del trayecto. FOTO julio
    césar herrera
  • La niña viaja por la garrucha entre un costal y cargada por su madre. FOTO julio césar herrera
    La niña viaja por la garrucha entre un costal y cargada por su madre. FOTO julio césar herrera
  • Esta niña y los otros más pequeños son transportados entre costales para evitar que caigan. FOTO julio césar herrera
    Esta niña y los otros más pequeños son transportados entre costales para evitar que caigan. FOTO julio césar herrera
El osado paso por una garrucha en Granada
03 de mayo de 2021
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La imagen se ve por lo menos riesgosa: una niña es introducida en un costal, luego el costal se enclava en una polea, la niña queda encerrada allí y una señora sentada en un lazo que sirve de sillón se descuelga por una viga metálica con la menor cargada sobre sus piernas, mientras ella trata de avanzar por la cuerda para pasar al otro lado del río.

Ocurre en la vereda Los Planes, del municipio de Granada, en los límites con el municipio de Cocorná, en el Oriente de Antioquia, donde varias familias deben hacer esta osada actividad de manera cotidiana para cruzar el afluente, conocido como río Tafetanes, caudaloso y con piedras de gran tamaño que emergen a la superficie cuando las aguas bajan.

Este arriesgado ejercicio lo realizan cerca de diez familias desde hace dieciséis años, cuando una creciente del río se llevó un puente por el cual cruzaban al otro lado. En reemplazo de este, la comunidad construyó una garrucha que básicamente consiste en una polea con un cable, sin silla para sentarse, la cual se improvisa con un lazo forrado con tela y por la cual las personas se lanzan para pasar al otro lado. Son cerca de cien metros y las señoras de más edad tardan hasta siete minutos en hacer el trayecto, los más jóvenes lo hacen en uno o dos minutos.

En la mitad del camino, el río se ve a una altura de tal vez 10 metros o un poco menos. Las personas tienen que ayudarse con las manos, porque en el trayecto se frenan y quedan colgando estáticas, con las aguas y las piedras del río al fondo. La tensión es notable.

“Yo tengo 35 años, hace dieciocho vivo acá y el problema viene hace dieciséis años. Últimamente se ha hecho más visible porque muchas familias hemos retornado de la violencia y nos toca cruzar como sea”, afirma Sandra Milena Salazar, que tiene hijos menores con quienes le toca pasar.

Dice que pesa 65 kilos y que le da temor que un día se desprendan ella o sus hijos.

“Me siento morir”

En Granada no son escasas las historias en las cuales las comunidades sufren. Cuando Sandra Milena dice que el tema de la polea se hizo visible por el retorno de las familias a sus parcelas, tácitamente se refiere al fenómeno de desplazamiento forzado que sufrió esta población, que fue una de las de Antioquia donde más impacto tuvo la guerra de las Farc, el Eln, los paramilitares y el Ejército a en los primeros años de este siglo.

Según el libro “Granada: memorias de guerra, resistencia y reconstrucción” (2016) del Centro Nacional de Memoria Histórica, en el Registro Único de Víctimas se reporta que, a junio de 2016, allí hubo 35.782 víctimas directas e indirectas de la guerra, aunque aclara que los datos no son precisos “debido a que una persona puede reportar varios hechos victimizantes”. El texto detalla que el Observatorio Nacional de Memoria y Conflicto del CNMH, (con corte de 14 de marzo de 2016) reporta 460 personas víctimas de asesinato selectivo, 2.992 de desaparición forzada, 59 asesinadas en 10 masacres, 98 víctimas de secuestro y 50 de violencia sexual. El desplazamiento forzado registró 33.719 denuncias de personas, mientras el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF, señaló que por el conflicto quedaron huérfanos al menos 128 niños.

Cuentan en Los Planes que por el exilio que dejó el conflicto, la vereda quedó prácticamente vacía durante muchos años, pero que con la firma del Acuerdo de Paz el territorio recobró la calma y muchos desplazados han regresado a sus casas.

Blanca Aristizábal, de 58 años y 80 kilos de peso, al usar este sistema de transporte siente miedos parecidos a los que experimentaba en los tiempos de conflicto. Lo simplifica en una frase: “Nunca le pierdo el miedo a esto y a veces, cuando se frena y me quedo sin fuerzas para empujar, me siento morir, creo que me voy a caer, es muy horrible”.

Blanca es madre de la niña de 11 años que viaja entre el costal. La lleva así porque a pesar de la edad, ella no es capaz de aferrarse a su cuerpo con las manos, y al preguntarle por qué la expone al peligro, dice que no tiene otra opción.

“Es que ella estudia en la escuela de la vereda de acá, por una situación de discapacidad no la reciben en la escuela de Las Playas (vereda vecina perteneciente a Cocorná), entonces no la puedo dejar sin estudio”, afirma. Las demás familias prefieren que sus hijos estudien en la institución educativa rural de Los Planes y no en la de Cocorná.

La vuelta es peor

Los Planes está en los límites con Cocorná y colinda con la vereda Las Playas. Ambas comparten las riberas del río Tafetanes, que se cruza allí con el río San Matías. El Tafetanes parte Los Planes en dos sectores y el más cercano a Las Playas es el que más usa la garrucha, pues la escuela y la iglesia quedan al otro lado del río.

Los habitantes cruzan para llevar a los niños a estudiar, para trabajar en las fincas del otro lado, ir a las reuniones de la junta de acción comunal o para visitar a sus familiares, pues la larga historia que comparten incluye amores de lado y lado que terminaron en nuevos núcleos familiares.

“Prefiero no tener novia por allá, queda como difícil pasar este río a toda hora”, afirma Diego Duque, un joven de 18 años que cruza la polea desde niño.

María Edilma Giraldo (69 años) dice que su esposo tenía cultivos de caña al “lado de allá”, pero los dejó porque se cansó de arriesgarse. “En el río se ahogó mi mamá cuando yo estaba niña y desde eso le cogí temor”, apunta y llora al recordar el episodio.

Sin embargo, cerca de la garrucha hay un puente vehicular que conecta a Los Planes, Las Playas y varias veredas de Cocorná. La infraestructura, en buen estado y construida en 2015, está a 590 metros de las casas y a un paso moderado se puede llegar en 15 o 20 minutos. Los habitantes dicen que tardan hasta media hora si van con niños. El puente conecta a la vía que lleva al centro de la vereda, pero incluye otro trayecto que puede tardar 25 minutos. Ellos manifiestan que sumando ida y regreso es más de una hora, lo que les hace complejo usar el puente y por esto optan por la polea.

“Solo el que sufre lo sabe, nadie se pone en los zapatos de uno”, apunta Sandra Salazar. En la vereda viven de sembrar café, caña y legumbres.

¿Habrá soluciones?

Al conocer la situación, el director del Dagran (Departamento Administrativo de Gestión del Riesgo de Desastres de Antioquia), Jaime Gómez Zapata, visitó el sitio con un equipo de su entidad para buscar soluciones. Su inspección le permitió concluir que, si bien la situación es riesgosa y que se necesita una solución, esta comunidad tiene la opción de usar el puente vehicular, que está cerca y solo les alarga el tiempo del recorrido.

“Hicimos una caminata entre la vereda y el puente y son exactamente 590 metros, que los recorrimos en menos de diez minutos; a un paso más lento póngale que se demoren 15 o 20, eso les evitaría cruzar por la garrucha, que es peligrosa, hay que reconocerlo, y no exponer las vidas”.

Indicó que, pese a reconocer que la situación no debe seguir, su dependencia tiene prioridades para comunidades mucho más necesitadas dado que están más aisladas y en condiciones más precarias.

El Dagran tiene para estos casos, que son múltiples en Antioquia, el programa Caminos para la vida, que consiste en construir puentes peatonales de estructuras livianas en veredas alejadas y que carecen de opciones cercanas para cruzar afluentes.

“El programa tiene una matriz de priorización con dos ítems muy importantes: la cantidad de población beneficiada, que en este caso son cuatro o cinco familias que alcanzamos a ver, y que no tengan estructuras cerca para cruzar; hay casos como el de Murrí (corregimiento de Frontino), sin puentes a 15 o 20 km”, detalló el funcionario, e insistió en que no niega que Los Planes necesite el puente, pero no es prioridad.

Como opción dijo que analizará trasladar una garrucha que está junto al puente vehicular y que ya no usa la comunidad: “Esa garrucha por lo menos tiene silla y la gente no tendría que ir colgada de lazos”, afirma.

Sobre el tema también buscamos una reacción de la Alcaldía. Aunque estuvimos en la oficina del alcalde, Freddy Castaño Aristizábal, quien acompañó al Dagran en la visita al sitio, no nos atendió. Su asistente nos pidió que le enviáramos las preguntas por WhatsApp, y así lo hicimos, pero no obtuvimos respuesta.

Diego, el joven que cruza la viga en dos minutos, tiene su conclusión: “Esto no debería pasar en un país justo, es muy duro para la comunidad, porque también tenemos derechos”

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