La cita se cumple puntual. Después de las 9:00 de la noche comienzan a llegar los muchachos. Llevan buzos holgados, gorras de los Yankees; fuman cigarrillo, marihuana. La pregunta es si hoy vendrá el DJ, que aparece de tarde en tarde, con una consola, a prender la rumba. Los presentes bailan, los motores rugen.
La cita tiene lugar cada jueves en Las Palmas. El lugar exacto es el segundo mirador, ya cerca del alto, donde el viento sopla más frío que en el valle. En Medellín casi todo el mundo sabe que en ese sitio se hacen piques cada semana, que cientos de personas llegan a ver las acrobacias de los motociclistas. Aunque la Policía dice que son ilegales, todo se hace en vía pública, sin intenciones de ocultar nada.
“Ese marica aparece de vez en cuando y viene a tocar Techno”, dice uno de los vendedores del lugar, que ofrece chocolate con quesito, arepa de chócolo y demás. Habla del DJ, cuyo nombre nadie menciona con precisión, pero al que muchos anhelan.
Es el segundo jueves del año, 10:00 de la noche. En el mirador, de cara a la ciudad, familias con niños toman chocolate humeante. De espaldas a ellos, en cambio, reina el desorden. Los muchachos ya han llegado con sus motos y suben y bajan por Las Palmas. Se saltan el separador, derrapan, pican. Ingrávido, de pie sobre el sillín de la moto, un hombre baja por la mitad de la calle, dejando detrás suyo suspiros y exclamaciones de sorpresa.
Junto a la vía hay decenas de carros parqueados, que invaden el espacio público y la propia calzada. La gente, que cuenta por cientos, se mantiene de pie, frente a la vía. “Ey, parceros, vamos a corrernos para atrás para que todos podamos ver los piques”, dice un muchacho imberbe, seguramente menor de edad.
El DJ no ha aparecido para prender la rumba. “Ese marica llega y toca un rato. Se queda por ahí hasta las 12:00 o la 1:00”, dice otro vendedor, que sostiene en la mano una bandeja con un pocillo de aguapanela. Los negocios del lugar extienden sus horarios los jueves, el día de los piques, y los fines de semana.
Antes de las 11:00, ante la ausencia del DJ, un taxi se parquea a la vera de la carretera. Con el baúl abierto, deja tronar un equipo de sonido que llama la atención de todos. El conductor, un hombre joven, se arrellana sobre la silla y prende un bareto. Las mujeres bailan en la calle. No hay DJ con consola, pero hay fiesta, como todos los jueves.
Paralelo a las motos hay otro espectáculo. Rugiendo, esquivando a los motociclistas, suben carros de altísima gama. Los espectadores los aprecian, los admiran. “Qué chimba, hace rato estaba esperando a que subiera ese”, dice uno.
A estos carros se les llama “totes”. Sus conductores conforman un grupo, casi una cofradía, que sube cada semana Las Palmas a ostentar con sus motores, que van tronando en la trepada.
A los totes se les pone turbo, se les modifica el computador para que se borren los límites de velocidad y seguridad que el motor trae de fábrica, se les cambia la tubería para que entre más aire y haya más chispa y suene más duro.
Son diecisiete kilómetros hasta el alto de Las Palmas por la vía que el Túnel de Oriente les hizo el favor de desocupar.
La subida, a un ritmo que oscila entre los 90 y los 130 kilómetros por hora, teniendo en cuenta las frenadas en las dos cámaras de detección de velocidad que hay en el camino, la pendiente de la subida, los derrapes en las curvas y las pocas rectas en donde la aguja del velocímetro se queda pegada en un número cercano al 200, puede hacerse más o menos en diez minutos. A veces más a veces menos.
Los totes, compartiendo espacio con los piques de motos, forman una combinación que en cualquier momento desencadenará en una tragedia.
Ya nadie se queja
Los piques en Palmas llevan tanto tiempo que se volvieron parte del paisaje. Así lo cree José Fernando Álvarez, líder de El Poblado. “Eso ya se volvió una zona de tolerancia. No hay nada qué hacer ni que las autoridades puedan hacer. Hay gente que prefiere irse por el túnel y devolverse hasta el alto para no correr riesgo”, se queja el líder.
Mauricio Molano, edil de El Poblado, comenta que la falta de control, en parte, se debe a que no hay una comunidad en particular afectada por los piques, es decir, no hay un barrio o urbanización cerca. Eso hace que las quejas sean más esporádicas. Sin embargo, el silencio de la Policía, valga el oxímoron, es estruendoso.
El jueves pasado, por ejemplo, lo único que remitía a la Policía era una sirena que llevaba una de las motos. EL COLOMBIANO llamó a la Policía Metropolitana para conocer cómo se están controlando los piques, pero desde allí indicaron que era la Secretaría de Movilidad la encargada de dar el parte. Llamamos a ese despacho, pero hasta el cierre de esta edición no habían entregado los datos solicitados.
Sin ningún control, que la fiesta continúe