El armazón que Jaime llevará a cuestas ya está listo en el zaguán de su casa. También está lista la idea que sus manos, las manos de su esposa y las de sus hijos convertirán en silleta.
Las que no están listas son las flores, pero lo estarán. Llegarán desde Bogotá en medio de una fugaz expedición. Algunas crecerán en tiempo récord, respondiendo a las súplicas y a los enormes esfuerzos económicos, y otras pasarán de mano en mano en trueques hasta llegar a quien las necesite.
Así podrán Jaime y los 520 silleteros que desfilarán el 15 de agosto darle forma a su obra. Y claro, será todo alegría, nuevamente, y la fiesta reemplazará las angustias que trajo el clima funesto de este año y el bello resultado postergará algunas conversaciones pendientes.
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Jaime Atehortúa Atehortúa se hizo silletero por la herencia de sus padres, Eladio y María de la Luz. Y se hizo leyenda por su determinación de llevar la tradición silletera a otros niveles. Fue él quien llevó a las silletas a la tercera dimensión.
Desde niño, Jaime siempre llevó a cuestas silletas tradicionales. Pero a inicios de los 80 se le metió entre ceja y ceja la necesidad de aprender a crear emblemáticas. Así fue como dio vida con flores, entre otras obras, a la iglesia de Santa Elena (que dejó de existir hace tres semanas). Y en 1982, recreando la carretera a Rionegro y un bus del corregimiento, se ganó su primer premio en la categoría Emblemática: $14.600 y 600 acciones de Fabricato que después de engordar seis meses convirtió en $2 millones. Con eso compró su pedazo de tierra.
Un año después, ya con un dominio total de su arte, narró con flores la historia de Simón Bolívar. Por primera vez fue ganador absoluto. Recibió $55.000 que le alcanzaron para 1.400 adobes, una volquetada de arena, 23 bultos de cemento y 17 jornales del oficial. Así levantó los muros de su hogar.
En 1993 su esposa Mercedes le dijo que era hora de que las flores tomaran vuelo, se despegaran del armazón. Juntos tardaron meses buscando la manera de darle relieve a la silleta. En el desfile de ese año, Jaime llevó sobre su espalda la figura de un campesino hecho con las medidas de su hijo Gabriel, acompañado de un mensaje: La grandeza de una raza.
Marchó achantado, entre insultos y burlas. ¡Qué hijueputa muñeco tan feo! ¡Eso no es una silleta! Fue la sentencia general. Cuando la jurado se arrimó al tumulto de silleteros que miraba atónito esa rareza, preguntó por su autor. “Es del loco que está cabeciagachado”. Ese loco se llevó el premio absoluto de ese año. El loco ese había creado lo que hoy se conoce como silleta Artística y hasta ahora sigue siendo el silletero más laureado en la historia.
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Jaime sigue viviendo con su esposa en la misma casa y de la misma tierra que las flores le permitieron conseguir. Al igual que en las últimas cinco décadas se prepara para una nueva Feria, una que puso a prueba su temple y el de sus colegas.
Después de un 2020 sometidos al encierro y una Feria de las Flores en 2021 a media caña, el 2022 amenazó con darles otra estocada. El clima y particularmente las granizadas los fulminaron.
Hace menos de tres meses se levantaron y vieron destruidos los cultivos que estaban pensados para que entregaran sus flores justo en vísperas para la Feria. No les quedó de otra que volver a conseguir semillas y castigar el bolsillo con la compra de insumos. La urea, por ejemplo, triplicó su precio hasta llegar a los $300.000. Los fertilizantes pasaron de tener precios escandalosos, a venderse solo en pequeñas cantidades y finalmente a dejar de circular.
Aunque lo padeció con fuerza, Jaime logró recuperar su cultivo de papa y de unas seis variedades de flores, que le permitirá sacar lo que necesita para su obra y negociar otra parte con sus compañeros. Aún así, le faltan al menos catorce variedades para pintar la silleta que presentará este año.
De todos modos es un privilegiado. La mayoría de los silleteros no tiene flores propias para construir sus silletas. De hecho, Jaime hace parte del 10% del total de las familias silleteras que aún labra íntegramente la tierra.
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José Ángel Zapata, quien convirtió su finca El Pensamiento, en un edén abierto al público, dice que hace unas semanas cuando vio sus jardines devastados por la granizada sintió un desgarro en el corazón. Justamente acababa de hacer una inversión para adecuar mejor la finca para recibir visitantes con miras a la Feria.
“Chuchito no te olvidés de nosotros”, dijo. Y la plegaria fue escuchada, aunque José y su familia le dieron un empujón material a la acción divina pagando al triple del precio habitual todos los insumos que requerían para volver a cultivar las flores.
La mitad de su finca brotó nuevamente, pero sigue necesitando decenas de variedades para completar su silleta monumental de más de 90 kilos, porque muchas flores como la astromelia, el cartucho y el gladiolo no alcanzarán a salir en su finca a tiempo para las festividades.
Hace unos días unos compañeros le propusieron a José Ángel sumarse a un viaje a Bogotá para conseguir las miles de flores que les hacen falta. José encargó pero declinó al viaje para poder estar al frente de su finca ahora que aumenta el flujo de turistas.
Es una misión meticulosa. Viajan con unos ocho días de antelación al desfile y deben escoger las flores que estén en el punto preciso para soportar el retorno y permanecer en cuartos fríos hasta que abran por completo para ser aprovechadas. Es una apuesta arriesgada que espera contar con la venia del clima y las carreteras.
José Ángel rescata la recursividad y unión entre sus compañeros para ganarle la mano a las contrariedades. Y es que, según cuentan, se quedaron esperando unos auxilios de la alcaldía para mitigar los daños del clima que nunca llegaron.
De todos modos el clima no es ni el único ni el mayor problema de la tradición silletera; es apenas un ingrediente.
Desde 2011 el Plan de Salvaguardia de la manifestación cultural silletera (PES), un esfuerzo sin precedentes de la administración municipal, el Instituto de Estudios Regionales de la U. de A. y la comunidad en Santa Elena para rescatar el pasado de 150 años y garantizar el futuro de esta tradición, arrojó un diagnóstico bastante claro de los problema de fondo que la amenazan.
Por un lado está el aumento acelerado de la destinación de predios para actividades de ocio y recreación. Lo que se refleja en los cambios en las actividades de subsistencia de los pobladores hacia oficios como mayordomía, conducción, albañilería, vigilancia o ventas.
El libro Silleteros. Un pasado que florece, que hace parte del PES, señala que el aumento especulativo de los precios de la tierra (empujado en gran medida por la llegada de citadinos y extranjeros) está expulsando a la población campesina nativa y desagrarizando aceleradamente el corregimiento.
Por eso, Diana Grajales, de la finca Alquería del Silletero, dice que el Plan de Salvaguardia tiene que concentrarse en las causas por las cuales el campesino en el corregimiento está dejando de sembrar flores, y ofrecerle al floricultor las soluciones para que evite la decisión de parcelar su cuadrilla de tierra para arrendar casas en lugar de cultivar.
Esto, a su juicio, garantizaría el equilibrio entre el turismo, la oferta de servicios y la actividad floricultora neta.
“Las fincas silleteras, por ejemplo, nacen para diversificar las formas de aprovechamiento de nuestra tradición, pero lo cierto es que hoy el campesino está abandonando el cultivo porque no es rentable. Si se halla una solución a esta crisis también bajará la presión inmobiliaria que hoy causa efectos adversos en el corregimiento, como la falta de agua”.
Jaime dice que por más que la alcaldía internacionalice la Feria y la lleve a muestras a China y a los Emiratos... por más que el sector privado engrane tuercas para sacarle mayor rentabilidad al evento... por más que el Gobierno Nacional saque pecho con la declaratoria de los silleteros como Patrimonio Inmaterial de la Nación, si alcaldía, gobierno y sector privado no entienden que sin gestión del ordenamiento territorial, sin revertir la crisis del campesinado del corregimiento con asistencia técnica y recursos, la cultura silletera no tiene un futuro promisorio.