La depresión es una enfermedad mental que se reporta desde la antigüedad, aunque tuviera otros nombres. No es nueva, pero en la actualidad es de las más frecuentes en el mundo: la Organización Mundial de la salud (OMS) informó en 2021 que 280 millones de personas tienen un diagnóstico de depresión. Y aumentó con la pandemia.
El covid-19 obligó al mundo a encerrarse y cambió la dinámica de la vida. La ansiedad y la depresión aumentaron, tanto que los países se vieron obligados a incluir en sus planes de respuesta por la pandemia la salud mental y el apoyo psicosocial, aunque fueron insuficientes.
Era una situación difícil para todos: la preocupación por adquirir un virus que te podía matar, los problemas familiares, las crisis por la falta de empleo, la economía tambaleando, el cierre de los colegios, los cambios en las tareas del hogar, la muerte de personas cercanas.
Aunque la mayor causa fue el estrés por el aislamiento social, sin precedentes de acuerdo con la OMS. Su director Tedros Adhanom expresó que el impacto en la salud mental era “solo la punta del iceberg”. No se sabe lo suficiente.
En donde más aumentaron tanto la depresión como la ansiedad fueron en los países más afectados por covid-19, aquellos con infecciones muy elevadas y la interacción social era más restringida.
El informe de la OMS sobre el tema concluyó que afectó más a las mujeres y a los jóvenes, especialmente a los que estaban entre los 20 y los 24 años. Por supuesto, los niños también: según la Organización Healthy Children, solo entre marzo y octubre de 2020 el aumento de emergencias de niños por temas de salud mental fue de 24 % para los de 5 a 11 años y 31 % para los de 12 a 17 años.
En el incio de 2021 se reportó un aumento del 50 % en emergencias por intentos de suicidio entre niñas de 12 a 17 años. El encierro los afectó altamente: no podían ir a la escuela, salir con sus amigos y sus cuidadores estaban en riesgo. Muchos tuvieron que afrontar los duelos de perder a sus abuelos o padres. La muerte rondaba.
Por supuesto, no es un tema de otros países nada más. En el estudio Salud Mental en Colombia: un análisis de los efectos de la pandemia, publicado por el Dane en 2021, “según los resultados de la Encuesta de Pulso Social de junio, la población de 10 a 24 años es quien más se ha visto afectada por covid-19 al presentar el mayor porcentaje (41,2%) sobre haber sentido ‘preocupación o nerviosismo’ en la última semana”.
Esa misma encuesta mostró que alrededor del 52.2 % de los jóvenes, entre 12 y 17 años, presentaban entre uno o dos síntomas de ansiedad. Este aumento se vio muy marcado en los profesionales de salud, quienes durante la crisis por el virus tuvieron sobrecarga laboral. Esto incluye a los psicólogos y parece un círculo vicioso: al aumentar los casos, las citas aumentaron por la cantidad de personas necesitando un especialista, lo que a su vez los recargó. La psicóloga Catalina Suárez Melo reportó una alta demanda de casos, poco personal y agotamiento.
Siempre ha estado, pero...
Los primeros que empezaron a hablar de depresión, por ejemplo, fueron los griegos. Hipócrates la describió como una bilis negra, y se refirió a ella como melancolía. Ese término se utilizó hasta el siglo XX, y hoy se sabe que son dos cosas distintas. Los reportes históricos permiten entender que las enfermedades mentales son parte del ser humano. Lo que ha cambiado en el tiempo no es su existencia, sino la manera de nombrar, de entender y de tratar: en la Edad Media se asociaba a fuerzas sobrenaturales, demonios y pecados, lo documentó el psiquiatra Carlos E. Zoch Zannini en la investigación Depresión en 2002.
Cada vez se acepta más que tener depresión o ansiedad es una realidad a la que hay que ponerle atención. Cada año se suicidan más de 700.000 personas en el mundo según la OMS, y la mayoría de los casos están relacionados con problemas de salud mental.
Este cambio es fundamental: ahora se investiga más y se nombran emociones que antes no existían. Se habla de trastornos mentales, de buscar salidas. El hecho de que más personas acepten su problema y que se derrumbe el mito de que solo van al psicólogo los “locos” ayuda a que se enfrente la situación, se busquen diagnósticos y soluciones. Solo que falta.
La intensidad
Ahora bien, las dinámicas han cambiado. El psicólogo Rodrigo Mazo Zea, profesor de la Facultad de Psicología de la Universidad Pontificia Bolivariana, explica que una persona de 30 años hace 50 años recibía menos información de la que ahora obtiene un niño de 7 años. Y eso abruma y explica por qué más personas sienten pesada su realidad desde más jóvenes.
“Las personas tienen estrategias de afrontamiento insuficientes para responder a estas demandas de su cotidianidad”.
En la actualidad, además del covid-19, hay temas que ayudan al incremento de casos. La psicóloga Laura Restrepo describe que hay una preocupación por las crisis políticas y económicas a nivel mundial.
Luego está el ritmo impuesto en este tiempo: es un mundo que va muy rápido y con mucho trabajo. A las personas se les está exigiendo que a los 21 años tengan casa, carro y beca, lo que genera frustración y otros sentimientos que pueden desencadenar en algún momento en crisis mentales.
Las redes sociales, explica el psicólogo Juan Vásquez, crean una imagen de éxito y de esfuerzo que parece muy fácil y, “damas y caballeros, tenemos una noticia: la vida no es tan fácil como parece en internet”.
Restrepo reporta episodios depresivos y estrés laboral por un medio ambiente de trabajo hostil con mucho trabajo por hacer y a veces jefes y compañeros maltratadores.
Así que no es que las emociones de hoy en día sean más intensas que las de antes, pero las cuestiones sociales y culturales preocupan y tienen que ver con el aumento en las cifras de depresión y ansiedad.
La American Psychology Association (APA) describió como ecoansiedad al “temor crónico a sufrir un cataclismo ambiental que se produce al observar el impacto aparentemente irrevocable del cambio climático y la preocupación asociada por el futuro de uno mismo y de las próximas generaciones”.
A esto se suma que hay una consciencia sobre ellas, dice el psicólogo Mazo Zea. Antes las personas se deprimían y tenían que esconderlo y buscar estrategias de afrontamiento por sí mismas.
“Ahora cada cambio emocional parece generar más ruido, haciendo que sea un motivo de atención más evidente que en el pasado”. Lo dice incluso Karol G en una de sus canciones más recientes: “Y mientras me curo del corazón/ hoy salgo pa’l mar a aprovechar que hay sol/ está bien no sentirse bien, es normal, no es delito/ Y mañana será más bonito”.
Las cifras no solo crecen porque hay un aumento de casos, sino porque más personas se hacen cargo, lo entienden como una enfermedad y asisten a citas psicológicas y psiquiátricas, lo que implica más detecciones de casos.
Esos tabúes se han roto, y poco se hablaba de lo que se sentía, principalmente los hombres que debían ser como una roca. Aunque todavía hay secuelas, los especialistas consultados cuentan que ahora las personas se sienten más libres de hablar sobre su salud mental o incluso hablar de los trastornos mentales que tienen, porque no es algo de lo que se debe avergonzar.
Es un boom de las emociones. “En la actualidad hay una detección temprana de la depresión y la ansiedad. Desde las redes sociales, por ejemplo, se está hablando más de salud mental y si bien hay desinformación, también me he encontrado con contenido bonito que genera conciencia sobre las enfermedades mentales y lo que se puede hacer. Ahora hay más información y hay más gente que acude a terapia”, dice Laura Restrepo.
Esa consciencia trae manifestaciones que no se habían descrito antes: se sentían, pero no se nombraban, porque no había herramientas. La psiquiatra Uribe Isaza señala que en las últimas décadas los pacientes con depresión, más allá de la tristeza, manifiestan irritabilidad, lo que se traduce en mal genio: la irritabilidad es un término del siglo XXI.
“Estamos en un momento histórico en el que las emociones tienen un momento importante. Las personas se sienten más fuertes y se expresan libremente. Eso puede confundir y hacer pensar que la enfermedad ha cambiado, pero lo que cambia es la posición que le damos a la enfermedad en el contexto social. Un pensador decía ‘pienso luego existo’ ahora es ‘siento, luego existo’”, plantea María Mercedes.
Y esto es importante, porque en un mundo donde aumentan los problemas de salud mental, expresarlo, consultar al psicólogo, ir al psiquiatra, buscar una ruta de salida se hace fundamental.
Estamos siendo conscientes de que sentir hace parte de ser humanos: la tristeza, por ejemplo, tiene la función de decirle que algo no va bien. Sin embargo, cuando se le sale de las manos, cuando ya hay una enfermedad de salud mental, hay que tratarla. El tema es un problema de todos, no solo de los gobiernos o los especialistas. Suyo también, aunque por ahora lo vea lejano.