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Javier Cruz, un avezado local del videoarte

Empezó cuando había pocas posibilidades de formación artística que utilizaran al video como medio.

  • Desde mediados de la década del ochenta se dieron pasos clave para el advenimiento del videoarte en Medellín y Javier Cruz hizo parte de sus inicios. FOTO Cortesía y UPB.
    Desde mediados de la década del ochenta se dieron pasos clave para el advenimiento del videoarte en Medellín y Javier Cruz hizo parte de sus inicios. FOTO Cortesía y UPB.
  • Javier Cruz, un avezado local del videoarte
27 de agosto de 2018
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A Javier no le convencía la idea de haber sido el primer artista de Medellín en llevar a un Salón de Arte una obra hecha a través de pantallas y teclados. Transcurría la década del ochenta mientras él se deslumbraba con los nuevos desarrollos tecnológicos. Cuando obtuvo una tableta atari para ilustrar, ya nunca más quiso hacerlo en un lienzo y esto no era bien visto en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional. ¿Cómo valorar este trabajo que parecía tan efímero? Las inquietudes se multiplicaban, la incertidumbre también.

Sus trabajos realizados mientras estudiaba en la Nacional eran como remanentes de la experimentación a la que su padre lo incitó en la niñez. Antes que comprarle un avión de juguete le sugería que él estaba en la capacidad de crear el suyo. Así Javier curioseaba como cualquier niño, pero creció manteniendo la necesidad de tantear, de descubrir los principios de un objeto, herramienta o dispositivo que tuviera a la mano y siempre a través de conjeturas.

Cruz veía en el video cientos de posibilidades donde otros artistas solo veían ruido. Llegó a realizar acciones como enterrar los televisores con los que su familia vio la llegada del hombre a la Luna, así como algunas videoinstalaciones. “Enterrarlos era como hacerles un homenaje”, cuenta Cruz desde su casa rodeado de cuadros que integran pixeles en RGB (rojo, verde azul) y en medio de tabletas y computadores Apple.

Javier luego trabajó como creativo en VideoBase, conoce sus comienzos así como ellos conocieron el suyo. Gracias a los equipos que tenían en esta agencia, el maestro en artes pudo seguir experimentando con el video. “Para esto se requerían muchos equipos y la ayuda de varias personas. Fue, de hecho, una de ellas, la modelo del video, la que conservó uno de los contenidos que hice en aquella época, por eso pudimos recuperarlo”, dijo al recordar sus inicios.

En este video se ve a una mujer atravesada por líneas horizontales principalmente verdes y rojas. De fondo se escuchan fragmentos de una radionovela de la época. No hay línea argumental, ni un estricto principio o final. Sí se asoman sonidos estruendosos y algunas imágenes icónicas de personajes como el Papa, los nazis, Madonna. Es un video plástico, es un video flexible.

Para Cruz, definir el videoarte es explicar lo inexplicable. Bill Viola, videoartista contemporáneo, lo siente de manera similar pero lo aterriza en esta frase: “puede que el video sea la única forma artística en tener una historia antes de tener una historia”.

Julián Bedoya, quien inició un documental aún no editado, fue quien hizo que Cruz desempolvara los fotogramas de los videos que hizo de forma experimental. Con Oswaldo Osorio, critico de cine, ha intentado reconocer la historia del videoarte en la ciudad con miras a un documental.

Osorio, en su blog Cinéfagos, cuenta que una muestra de 1984 y la presencia de obras en video en el IV Salón Arturo Rabinovich, sirvieron como precedente para la más importante presentación que hasta entonces se había hecho sobre el tema, no solo en la ciudad sino en todo el país: la I Bienal Internacional de Video Arte del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM). Participaron 132 obras de doce nacionalidades en 1986.

El además de crítico, historiador, profesor y quien fue director de Vartex, una muestra de video y experimental, agrega que varios artistas locales participaron del evento: Marta Elena Vélez, Juan Guillermo Garcés y Luis Eduardo Maya, “pero fue la figura de Cruz la que sobresalía como la más activa y constante durante estos primeros años”, agrega.

Fue en los años ochenta, dos décadas más tarde, que el videoarte y la videoinstalación comienzan a tener una especial acogida por parte de los medios y los artistas locales en otros países. Ellos fueron quienes, según Osorio, encontraron en dicho evento un estímulo para incursionar en ese medio, no solo por lo que podían hacer y mostrar, sino por los referentes que conocieron.

En 1988 se desarrolló la segunda edición de la Bienal, una más ambiciosa. No obstante esta le restó un poco de importancia al videoarte al abrir la muestra hacia el documental y la ficción. En muchos casos, el videoarte , dice Cruz, se aparta de las estructuras a las que nos hemos acostumbrado con el cine, que son parecidas a las del cuento y la novela.

De la obra de Cruz poco se ha podido recuperar. El artista dejó atrás estas formas de expresión luego de haber luchado contra ideas del arte que reñían con el fenómeno videoartístico en Colombia. Que aunque apenas empezaba en el país, ya tenía buen recorrido en otros lugares.

Javier, un “tris desencantado”, reconoce con nostalgia, decidió dejar por un tiempo el videoarte y se dedicó a la antropología. Fue profesor y estudiante a la vez.

Sin embargo, para varios expertos que reseñan el tema, como Gilles Charalambos, profesor de arte la Universidad Nacional, y Nasly Boude Figueredo, gestora cultural, los trabajos de Cruz y los realizados en grupo por Edgar Acevedo y Charalambos constituyen las primeras obras videográficas realizadas en computador en Colombia.

Javier es entonces considerado hoy como uno de los artistas pioneros en la utilización del video como expresión del arte.

Actualmente trabaja con ‘tecnologías de descarte’ y aún asegura que este movimiento artístico “permite al espectador permanecer el tiempo que decida frente a la obra”, o hacer una instalación atemporal y efímera como la que se exhibirá hasta el 31 de agosto en la Plazoleta de la Biblioteca Central de la Universidad Pontificia Bolivariana.

En Último uso, dicha instalación, Cruz interrumpe la cotidianidad de los transeúntes e invita a los espectadores a redescubrir las pantallas de rayos catódicos, así como a habitar una tecnología obsoleta.

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