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El vaivén en la autopista

La Twittercrónica visitó la autopista Medellín-Bogotá para ver cómo se vive entre una montaña a medio venir.

  • El vaivén en la autopista
21 de enero de 2017

El primero de enero de este año se hizo la explosión controlada de una de las montañas de la autopista Medellín-Bogotá en el kilómetro 14, la inestabilidad del terreno y dos deslizamientos de tierra a pocos kilómetros en menos de un año (en uno de ellos murieron 16 personas), fueron los detonantes para buscar solucionar el problema de raíz.

En una mañana fría y con poco sol, la Twittercrónica llega hasta allí. Una fila de carros parqueados que espera y conductores que bajan de sus camiones a estirar las piernas son parte del paisaje mientras se cede el paso.

Al llegar, las montañas cambian su verde característico a una tierra café y opaca, todavía mojada por la lluvia recibida en la noche, que espera el paso del día para poder seguir los trabajos de remoción.

La evacuación

Unas escaleras de tierra acompañan la empinada subida que entre los árboles y ruidos de los insectos guían a las casas del sector. Al subir, sentado en una silla de plástico, está uno de los topógrafos que vigilan la montaña del frente, en la que se realizó la implosión, con un vecino que mira desde la punta el ir y venir de los carros que pasan.

Metros más abajo, la contextura delgada de Orlando Ramírez contrasta con la de su vecino Saulo Antonio Gómez, que miran la imponente montaña a medio venir. “A nosotros nos hicieron ir porque dijeron que nos fuéramos a las buenas o a las malas. Nos fuimos y nos fue muy mal en la ida”, dice Gómez, y asegura que de su bolsillo y los de otras familias del sector tuvieron que correr los gastos de la evacuación que hizo el Dapard, porque no alcanzaban los albergues para tanta gente.

El techo de la casa

“Este es momento en el que estamos esperando que nos arreglen el techo y las viviendas, porque ha estado lloviendo y los enseres se han estado mojando y dañando”, afirma Ramírez. El techo de su casa, como la Saulo, fueron afectadas por enormes rocas que volaron en la implosión de la montaña y penetraron en sus casas.

En la parte de abajo de la montaña y al lado de la carretera se encuentra el hogar de Juan Carlos Sampedro, quien mira por la reja del patio de su casa, adornada con varios escombros acumulados en un rincón y una escultura de un tigre colgada en la fachada.

Desde hace más de 10 años este escultor y su esposa viven en el lugar, el cual han llenado de árboles, matas y senderos para completar el paisaje. Después de explicar su arte, muestra dos huecos hechos por enormes piedras que rompieron el techo.

¿A dónde nos vamos?

Con un fuerte acento paisa, Saulo dice: “Nos han estado midiendo, se oye un rumor por ahí que van a demoler este morro para ampliar la vía y que aquí está muy incómodo, para abrir la vía”.

Y es que Gómez no es el único que expresa su preocupación, Ramírez y Sampedro también mencionan el tema con la incertidumbre y miedo de no saber qué hacer.

“La reina de las ventas”

De una pequeña choza de madera al lado de la carretera sale un olor a arepa de huevo y papa que atrae a los trabajadores de la obra. Blanca Castaño, con su pelo blanco que contrasta con sus cejas negras gruesas, los atiende con una sonrisa en el rostro.

Ella normalmente solo vende sus fritos, como ella les dice, los sábados, domingos y festivos, pero debido a la explosión aprovecha la cantidad de trabajadores para vender sus productos toda la semana.

Y es que a Blanca solamente se vio afectada por todo esto cuando le robaron una guadaña mientras estaba en uno de los refugios en la evacuación. Y ni siquiera era de ella, pertenecía a la acción comunal de Peñolcito.

De resto, a su negocio le ha ido muy bien mientras sus vecinos están a la espera de qué pasará con sus viviendas, pero por ahora le basta con el título que le dieron: “La reina de las ventas”.

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