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Desde aquí un homenaje a esa gran mujer, María Corina Machado, tal vez no haya ninguna otra persona más valiente y más admirada hoy en América y en el mundo
María Corina Machado se veía ayer como una figura gigante en medio de la multitud que la aclamaba en una calle cualquiera de Chacao, en el distrito de Caracas, cuando faltaban menos de 24 horas para consumarse en Venezuela uno de los más anunciados golpes de Estado de la historia. Apenas a unos 12 kilómetros de distancia, escondido en el Palacio de Miraflores, estaba Nicolás Maduro, insignificante y anacrónico, dominado por el miedo y aferrado con desespero al poder.
El hombre, supuestamente fuerte, decidió esconderse detrás de pelotones que conformó con seres ya cascados por la vida, algunos de ellos con rostros de campesinos agotados, a quienes disfrazó de matarifes y les terció fusiles al hombro para que si alguien tiene que morir sean ellos y no él.
En cambio ella, a pesar de ser menuda, es la que pone su cuerpo delante de todo un pueblo como si fuera un escudo para defenderlos. Y ese pueblo, que no hizo caso de las amenazas del régimen y dejó el miedo en la casa, con el corazón en la garganta, gritaba “¡libertad!, ¡libertad!, ¡libertad!”.
Hoy con la toma de la Presidencia de Venezuela, para ejercerla por un tercer periodo consecutivo, Nicolás Maduro estará finiquitando la trampa: perdió las elecciones de julio del año pasado (por goleada 7 a 3) y no quiere aceptarlo. Ya nadie cree en su triunfo y cada vez son más los que lo miran con desprecio: hoy está previsto que lo acompañen representantes de segundo nivel de dos o tres tiranías –Rusia, Bielorrusia e Irán– y los embajadores de Colombia, México y Brasil.
Mientras el lado oscuro de la fuerza lo ocupa Maduro, María Corina Machado parece estar decidida a seguirle cantando a la esperanza, a coro con una gran mayoría de países que respetan la democracia y los derechos humanos. “Estamos a partir de hoy en una nueva fase. Les pido, tengamos esto claro, Venezuela ya decidió, Venezuela es libre”, les decía Machado ayer en medio de la manifestación, a los miles de que salieron a apoyarla arriesgando ser detenidas o hasta sus vidas.
María Corina reapareció en Chacao en una camioneta destartalada, en bluyines y camiseta blanca con la bandera de su país estampada en la manga, después de estar 133 días escondida para evitar caer atrapada por la gestapo del régimen. “Toda esta fuerza que hemos construido y que crece cada día nos prepara para terminar esta fase final. Hagan lo que hagan mañana se terminan de enterrar”.
Su aparición fue corta. Las fuerzas del régimen acechan en avenidas y callejuelas. En Caracas el miedo de Maduro da tajada. El tirano se inventó un Órgano de Dirección de Defensa Integral y puso a patrullar en las calles de Caracas a grupos de mujeres y hombres rondando los 60 años, con el rostro arrugado de la vida y sin saber siquiera cómo portar un fusil. Al menos eso se vio en las imágenes divulgadas por el régimen. Ni siquiera el vestido camuflado, con el que se atavió Maduro para arengarlos, parecía serio.
En lo que respecta a Colombia, es una curiosa paradoja que el presidente Gustavo Petro a nombre de nuestro país termine dándole oxígeno a la dictadura de Maduro enviando un representante al acto de hoy.
El mismo Gustavo Petro que se ha llenado la boca condenando el golpe de Estado de hace 50 años contra Salvador Allende en Chile, que como ciudadano de a pie se sentía parte de la generación que luchó contra ese abuso de poder, es el mismo Gustavo Petro que hoy como presidente, hoy en el poder, se pone del otro lado de la historia y ayuda a que se concrete un golpe de Estado contra el pueblo de Venezuela.
Desde aquí un homenaje a esa gran mujer, María Corina Machado, tal vez no haya ninguna otra persona más valiente y más admirada hoy en América y en el mundo. En estos 25 años hemos visto dar la pelea a diversos personajes primero contra el chavismo y después contra la dictadura, pero ninguno ha resistido y ha convocado multitudes como lo está haciendo Machado.
Puede que hoy Maduro y sus secuaces se mantengan en el Palacio de Miraflores, pero en las calles y en el corazón de los venezolanos, hay síntomas de que la esperanza le está ganando
al miedo.