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¿No les da pena?

Este editorial es una carta abierta a quienes por prebendas dieron su voto a la nefasta reforma a la salud. Esperamos que los miembros del Senado tengan un poquito más de vergüenza y de responsabilidad que sus compañeros de la Cámara.

07 de diciembre de 2023
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  • ¿No les da pena?

La noche del pasado martes es para Colombia una fecha preocupante y triste. Preocupante, por cuanto esa noche acabó de aprobarse en la Cámara de Representantes la reforma a la salud, y aunque todavía le falta el trámite en el Senado y la casi segura revisión constitucional, no deja de causar temor el hecho de que una reforma tan abiertamente nefasta, en favor de la cual es casi imposible encontrar un solo argumento, haya sido votada a favor, incluyendo votaciones con mayoría absoluta en los artículos que le dan facultades especiales al presidente.

Pero es sobre todo una fecha triste, y lo es porque nos permitió constatar lo que ya veníamos viendo en las últimas jornadas, aquellas en las que el gobierno se empleó a fondo en una estrategia de conseguir, a puerta cerrada y a oscuras, los votos de aquellos representantes que, careciendo de valores y de ideas, están dispuestos a negociar sus votos a cambio de las prebendas políticas, burocráticas y presupuestales que han venido a conocerse como “mermelada”.

A ellos, y al ministro del interior Luis Fernando Velasco, principal artífice de este negocio, les tenemos una pregunta: ¿no tienen acaso ni un poquito de vergüenza?

¿No les importa la salud y la vida de los colombianos? ¿No les importa que el país dé un salto al vacío, desmantelando un sistema que si bien es imperfecto y se puede mejorar, cubre hoy a casi el 100% de la población colombiana? ¿En serio vale la pena transar la salud y la vida de 50 millones de personas por un puestico aquí o allá para un amigo para cumplir el capricho de quienes han demostrado desconocer la realidad de la salud en Colombia?

Todos, absolutamente todos los argumentos que se han dado en favor de esta reforma son falsos. Es falso que la salud sea “un negocio” y que este sea un sistema mercantilizado: es, por el contrario, un sistema que garantiza que la gente pueda obtener tratamientos sin tener que meterse la mano al bolsillo, como ocurre en muchos otros países donde la gente tiene que pagar de su propia plata gigantescas sumas en la puerta del hospital.

Es tan mala esta reforma, y es tan falso el diagnóstico en que ella se basa, que cuando a sus defensores se les hacen preguntas y se les plantean observaciones, lo único que pueden contestar es que quienes critican a la reforma son defensores de las EPS, o incluso sugieren que están fletados por las mismas. Ese es el nivel de pobreza argumental con el que se defendió la reforma.

En ausencia de argumentos, terminó el gobierno, en cabeza del ministro Velasco, con el auxilio de otros funcionarios como el ministro de las TIC Mauricio Lizcano y el gerente de Colpensiones Jaime Dussán (quien en los debates más importantes se paseaba misteriosamente entre las curules), negociando los votos de los parlamentarios en reuniones secretas, oscuras y cerradas.

Negociar con los partidos es lo normal en la democracia, nos dirán. Sí, pero negociar abiertamente. Negociar contenidos, cambios, mejoras, y hacerlo a la luz y a la vista de todos. No en reuniones cerradas en pasillos del Capitolio a las cuales los parlamentarios entran expresando oposición a la reforma, y oh sorpresa, salen alineados con la estrategia del gobierno, sea votar a favor, o votar en contra pero hacer quorum para facilitar la aprobación.

En ausencia de argumentos, lo tuvieron que mover en la Cámara a trancazos, por lo cual ha acumulado numerosos vicios de forma. Se pupitrearon en bloque, por ejemplo, artículos centrales de gran importancia que comprometen derechos fundamentales, sin discusión y casi sin información.

Llegará en febrero este nefasto proyecto al Senado, donde esperamos que los miembros de esta corporación tengan un poquito más de vergüenza y de responsabilidad que sus compañeros de la Cámara.

Estos últimos tal vez se refugian en su relativo anonimato: casi nadie los conoce, casi nadie les reclama. Pero en estas páginas encontrarán sus nombres y los recordaremos siempre. Son tan inconscientes estos representantes a la Cámara que con lo que aprobaron pueden estar condenando a sus familiares, a sus propios hijos y nietos a que no tengan una buena atención en salud. Es bueno que los senadores sepan que ellos sí son más conocidos, están más expuestos al escrutinio público y pueden ser más fácilmente castigados en las urnas si votan en contra del bienestar de los colombianos.

En sus manos hay una gran responsabilidad, pero también se les aparecerán los ministros o el señor Dussán con tentadoras sugerencias. Confiamos en su entereza moral y en su capacidad patriótica de decir “no”..

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