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Ojalá el presidente Petro pudiera reaccionar y darse cuenta de que este camino que está eligiendo, lleno de campos minados, no es bueno para el país y tampoco para él.
El periódico Washington Post hizo un conteo de las afirmaciones falsas o engañosas de Donald Trump como presidente y alcanzó a contar 15.413, lo que le daba un promedio para ese momento de 14 por día. No tenemos el cálculo en el caso de Gustavo Petro, pero el dato viene a cuento porque es posible que, con su gira de la semana pasada por el Caribe, Petro esté haciendo pinitos para ponerse a la altura del exmandatario estadounidense.
Las mentiras en sí mismas, sin duda son muy graves, pero la pregunta que muchos se hacen es ¿para qué usa Petro tantas frases falsas o engañosas?
La razón es sencilla: Petro ha perdido tanto terreno entre la opinión pública (el descontento con su gobierno está en 64%) que necesita urgentemente adoptar medidas de choque para manejar esta crisis de popularidad.
Así lo hizo el presidente Ernesto Samper en los tiempos del proceso 8.000: a punta de discursos de “yo estoy con los pobres” y “allá están los ricos” logró sobreaguar la crisis permanente de su gobierno.
Hagamos un repaso rápido de la gira: el lunes 18 estuvo en Urabá –insinuó que los paisas querían hacer túneles antes de darles agua a los pobres–, el martes en Ayapel –señaló a los habitantes de Tierralta de ser del Clan del Golfo–, el miércoles en Tierralta (Córdoba) –acusó a Alejandro Gaviria de dejar perder plata “por cuidarles el negocio a las EPS” y a los empresarios de Barranquilla de estar recogiendo plata para tumbarlo–, en San Marcos (Sucre) –acusó al expresidente Uribe de no pagar predial– y en La Mojana (Sucre) –responsabilizó a los “aristócratas” de Cartagena del cambio climático–, el jueves en San Antonio de Palmito (Sucre) –ligó a los cafeteros con narcotraficantes–, y el viernes en Mompox (Bolívar) –dijo que solo se atendía salud en Bocagrande, Chapinero Alto, el norte de Barranquilla, y el sur de Medellín–.
Hay pruebas de que todas esas frases son mentirosas o engañosas, las cifras de acueductos en Urabá lo desmienten, el alcalde de Tierralta al borde del llanto le pidió que no los estigmatizara, el expresidente Uribe le explicó que él paga por anticipado los prediales e incluso algunos como Alejandro Gaviria ya anunciaron que apelarán a la justicia para que Petro se retracte.
En todos los casos se repite el modus operandi: según el municipio en el que se encuentre, Petro selecciona cuál será su blanco, luego busca una frase que le dé impacto mediático, y lo siguiente es solo decirlo. Las redes sociales y los medios se encargan de lo demás. La frase elegida suele apelar a una emoción para tocarle el corazón al “pueblo”: “Les roban la plata a las universidades”, “no quieren dar agua a los pobres”, “no pagan los impuestos con los que se puede pagar la educación”, “me quieren tumbar”, y así sucesivamente.
Estamos ante una nueva estrategia de Petro con la que busca alimentar odios para dividir el país. Como lo define Naciones Unidas, un discurso de odio es “cualquier tipo de comunicación que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio en referencia a una persona o grupo en función de lo que son, en otras palabras, basándose en su religión, etnia, nacionalidad, raza, color, ascendencia, género u otras formas de identidad”.
Su estrategia, maquiavélica, le es bastante funcional a sus intereses. Primero, logra que el país deje de hablar del desastre que es su gobierno. Al menos eso ha ocurrido hasta ahora, porque la semana antes de esta especie de gira del odio, los temas que discutía el país eran: la financiación ilegal de su campaña, el contrato de $180.000 millones que le dio su gobierno al clan Torres, los contratos por casi $100.000 millones que debían paliar la sed en La Guajira pero se estaban malversando, la crisis de atención del ICBF que tiene a casi un millón de menores de 5 años sin quien los cuide y la caída de la reforma a la salud, entre otros.
Segundo, al dividir al país con emociones de odio logra eventualmente conquistar a uno de los dos bandos. En teoría, porque falta ver si el que él llama “pueblo” se cansa de sus promesas no cumplidas.
Tercero, el que más preocupa a algunos, es que va abonando el terreno para una eventual Constituyente. Si respeta el marco constitucional es casi imposible que la logre, pero ahora no se descarta que quiera recurrir a métodos de facto –un golpe de Estado al Congreso– para tratar de mantenerse él en el poder.
Ojalá el presidente Gustavo Petro pudiera reaccionar y darse cuenta de que este camino que está eligiendo, lleno de campos minados, no es bueno para el país y tampoco para él.