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La pataleta de Petro

En circunstancias normales un gobernante ante tanta adversidad trata de resolver los problemas y ofrecer alternativas. Ese es el deber ser. Pero en el caso de Petro, él sabe en lo más profundo de su ser que no tiene la capacidad y reacciona con la pataleta.

17 de marzo de 2024
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  • La pataleta de Petro

El manejo de la frustración ha sido un desafío histórico para los padres con sus hijos: se evidencia en esos niños que hacen tremenda pataleta en un parque o en un centro comercial porque sus papás no se doblegan a sus caprichos. Algo de eso está ocurriendo en Colombia: el presidente Gustavo Petro parece que decidió hacer su propia pataleta para gestionar la inmensa frustración que le produjo una semana llena de adversidades y lanzó la idea de una Asamblea Constituyente que no parece tener ni pies ni cabeza.

Petro parece no darse cuenta de que su reforma a la salud, por ejemplo, es la más impopular de los últimos tiempos. Y sobre todo no parece entender –o no quiere entender– cómo funcionan las instituciones: se proponen reformas, se dialogan, se hacen acuerdos y lo que resulta es lo que se hace. En la democracia, el presidente no opera como un soberano (a propósito de la reflexión que hizo Petro en su acto del viernes) al que simplemente se le obedecen sus designios, ni tampoco es el pueblo el que define (como lo dijo en ‘Puerto Resistencia’), la democracia representativa está en el medio de ambos extremos: el poder recae en las instituciones, que representan el pueblo, que han sido delegadas por el pueblo, la constitución y la ley.

El acto del viernes, en el que Petro anunció la Constituyente, fue evidentemente diseñado para sacudir al país y de paso llenar de susto a quienes ya de por sí temen los alcances del presidente. Petro no solo habló de hacer una Asamblea Constituyente –algo en lo que había prometido no incurrir en sus campañas de 2018 y 2022–, sino que lo hizo desde Puerto Resistencia, epicentro del llamado “estallido social” en Cali, como si necesitara tener ‘tropas’ que lo apoyaran y quisiera tener la certeza de que estaría cobijado por aplausos y sin contradictores.

La frustración de Petro no era menor. Para ese viernes había acumulado tal vez el mayor número de reveses en lo corrido de una semana en todo su gobierno. Arrancó el lunes lanzando acusaciones a los medios RCN y Caracol, de “embrutecer” a la sociedad colombiana. Tal vez porque, como sugirió en ‘Puerto Resistencia’: yo cuando veo televisión me pregunto si soy así de malo.

El martes todo se puso peor para Petro. Le hicieron debates de moción de censura a sus ministros de Defensa, Iván Velásquez, y de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo. La Corte Suprema eligió con tranquilidad a la Fiscal, a pesar de que llegó la antes favorita, Amelia Pérez, con su renuncia tratando de boicotear la elección. Y en lo que se convirtió en un verdadero batacazo, la Comisión Séptima del Senado, tras más de un año de debate, le dio un tiro de gracia a su impopular reforma a la salud.

Ese mismo día, tal vez para darle una mano a sus ministros en modo censura y distraer la opinión, Petro volvió a pedir que el metro de Bogotá sea subterráneo. Le tocó encajar otro golpe: en menos de 48 horas, Carlos Fernando Galán salió a responderle que no a otro de sus caprichos históricos. Le recordó que tiene “un mandato legal y político de garantizar que la primera línea del Metro avance como está contratada y entre en operación en 2028”.

En circunstancias normales un gobernante ante tanta adversidad trata de resolver los problemas y ofrecer alternativas. Ese es el deber ser. Pero en el caso de Petro, él sabe en lo más profundo de su ser que no tiene la capacidad y reacciona con la pataleta. Cómo será el grado de frustración de Petro, y también cómo será consciente de sus debilidades a la hora de gobernar, que como jefe de Estado prefiere incitar, provocar, una rebelión contra ese mismo Estado.

El anuncio de Gustavo Petro de hacer una Asamblea Constituyente recorrió como un ruidoso trueno todo el país, sin embargo no parece ser más que una cortina de humo o un globo para distraer a la opinión pública. Esa ha sido la táctica que ha empleado Petro desde el día cero de su gobierno. ¿O es que acaso ya nos olvidamos de cuando amenazó con aplazar las elecciones de octubre? ¿O cuando armó tremendo tropel por un supuesto golpe de Estado que le iban a dar Iván Duque y la procuradora Margarita Cabello? ¿O cuando propuso pagar una “pequeña cuota en el recibo de la luz” para subirse gratis en todos los buses del país? ¿O cuándo lanzó la idea de “nacionalizar la vía al Llano”? ¿O que “no debería existir el seguro obligatorio de accidentes de tránsito (Soat)”? ¿O cuando propusieron “flexibilizar” la regla fiscal? ¿O cuando habló de crear el departamento del Magdalena Medio? ¿O lo de “pagar por no matar”? ¿O lo de renegociar el TLC con Estados Unidos? ¿O lo de acabar el Fondo del Café? ¿O sus anuncios de un tren elevado de Buenaventura a Barranquilla? En fin, esos son apenas algunos de los globos.

Un adulto con intolerancia a la frustración “siente cualquier límite como injusto porque va en contra de sus deseos”, “tiene baja capacidad de flexibilidad y adaptabilidad”, “tiende a pensar de manera radical” y “realiza chantaje emocional si no se cumple lo que desea inmediatamente”. Sin duda no muy lejano del retrato de nuestro presidente Gustavo Petro.

Ya está claro que en las actuales circunstancias no se necesita una Asamblea Constituyente. La Constitución de 1991 es rica en derechos y en defensa de las minorías. Es más, cualquier cambio que se le haga, podría, por el contrario, hacerla menos progresista, en el mejor sentido del término.

Pero además para convocar la Constituyente se necesitaría que una mayoría en el Congreso la apruebe. Y eso no lo tiene hoy Petro. Hasta uno de sus más fieles aliados, Iván Cepeda, escribió en X que no le jala.

Por otro lado también necesitaría 13 millones de votos a favor de la Constituyente: el cuento de que tiene el pueblo a su favor es otra fantasía. No solo le tocó ir hasta Puerto Rellena para tener pueblo, si no que las encuestas, hasta las más elaboradas por el Estado, como la del Dane, le gritan que la gente quiere el sistema de salud.

Pero también es verdad que quien hace pataleta, como nos ha tocado ver en los centros comerciales, no entiende de razones.

El problema no es la Constitución de 1991. El problema son las flaquezas y debilidades de Petro a la hora de gobernar..

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