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Descontando el 2020, el año de la pandemia cuando la economía se desplomó 7,2%, no habíamos tenido un comportamiento tan pobre en más de dos décadas.
Un crecimiento de solo 0,6% en 2023, el más bajo en más de 20 años, descontando el año de la pandemia, es muy mala señal sobre el rumbo de la economía. Todavía se puede dar un timonazo.
Poco alentadora la cifra del crecimiento del 2023 que presentó el Dane, que refleja que el manejo de la economía no va por buen rumbo y es necesario tomar acciones ya, para no seguir por el mismo camino este año.
Contra todos los pronósticos, incluso los más pesimistas, el año pasado la economía solo creció 0,6%, la mitad del 1,2% que era la cifra esperada por el Gobierno, que de todas maneras era una previsión mediocre frente a una expansión de la economía del 7,3% en 2022.
Eso nos demuestra que nos conformamos con muy poco y que si seguimos por ese camino Colombia no podrá lograr mayores avances en materia económica y social ni en creación de nuevas fuentes de empleo. Es decir, si no se corrige la tendencia, seguiremos creciendo por debajo del promedio de los países de América Latina.
Descontando el 2020, el año de la pandemia cuando la economía se desplomó 7,2%, no habíamos tenido un comportamiento tan pobre en más de dos décadas. La cifra del 0,6% del PIB es menor a la del año 2000, cuando Colombia creció 1% después de afrontar una de sus mayores crisis financieras e hipotecarias un año atrás.
Si bien se esperaba un aterrizaje suave de la economía, tras los crecimientos acelerados postpandemia, no estábamos preparados para este barrigazo.
Lo primero que hay que decir es que varios sectores vienen lanzando mensajes de alerta desde hace meses. Ese es el caso de la construcción, la industria manufacturera y el comercio, los tres sectores que registraron el peor desempeño el año pasado.
La construcción cayó 4,2% debido al freno en la venta de viviendas, que registró un descenso cercano al 50%, pero también a la caída en los proyectos de construcción de vías, ferrocarriles, servicios públicos y obras de ingeniería. En la industria, que reportó un descenso del 3,5%, prácticamente todos los subsectores están cayendo: producción de alimentos, bebidas, textiles, calzado, muebles, maquinaria y equipo. El comercio decreció 2,8% por las menores ventas y reparación de vehículos y motos y menores ventas en alojamientos y restaurantes.
Lo que más llama la atención es el desplome de la inversión. La inversión bruta de capital, es decir, el valor de las adquisiciones de los bienes empleados en la producción, como maquinaria y equipos, cae al 27,2%
Es indudable que las mayores tasas de interés han afectado el desempeño de varias de estas actividades productivas, como el caso de la construcción con el aumento de desistimientos en la compra de vivienda porque las personas no pueden pagar los créditos, sin mencionar la parálisis del sector por las políticas confusas del Ministerio de Vivienda en el otorgamiento de subsidios.
Lo que nadie puede negar es que el Gobierno es uno de los principales responsables de este comportamiento con los anuncios que no hacen más que minar la confianza de los inversionistas. La reciente discusión sobre el destino de 13 billones de pesos del presupuesto es un ejemplo más de las malas decisiones del Gobierno que pueden frenar las inversiones en las obras que requiere el país. Desde finales de diciembre hasta ayer estuvo ese tema en vilo, el presidente Petro se negaba a cumplir la norma y a respetar las vigencias futuras, y ayer se tuvo que patrasear finalmente, y el Ministerio de Hacienda reconoció el error al expedir un nuevo decreto en el que se aclaran las partidas. Lamentablemente algo del daño sobre la confianza inversionista ya estaba hecho.
El ministro de Hacienda, Ricardo Bonilla, viene anunciando desde el año pasado un plan de choque para impulsar la economía, cuyos resultados no se ven todavía. Y ayer salió a decir que, si bien la variación del PIB está por debajo de las expectativas, la buena noticia es que se alejó el fantasma de la recesión y que, según él, comenzó la recuperación de la economía.
El Ministro dio a conocer unas medidas que no parecen ir a la raíz de los verdaderos problemas. Dijo que la caída de la industria es por el contrabando, especialmente en textiles, razón por la cual hay que hacer un revolcón en las aduanas, como si este no fuera un problema de toda la vida. Y señaló que hay que poner en sintonía la inversión pública y privada y pidió que el emisor ayude a reducir las tasas de interés.
No hay que ser experto para saber que lo que se necesita es recuperar la confianza, darles señales claras a los inversionistas sobre la seguridad de sus recursos, impulsar la locomotora de la infraestructura, que se encuentra varada con decenas de proyectos que no arrancan, garantizar el otorgamiento de subsidios de vivienda y dejar de tildar al sector privado, que es el que genera empleo, con toda clase de epítetos.
Mientras no se recupere la confianza es muy difícil que la economía crezca a ritmos mayores. Y el presidente no ayuda. No solo califica de esclavistas a los empresarios, sino que, cada vez que puede, envía mensajes que minan la confianza. Es como si quisiera que la economía decreciera, como una vez lo dijo una exministra. Si es así, lo está consiguiendo.
Y el problema, señor Presidente, es que con ese manejo errático de la confianza de los inversionistas y del sector privado, los que terminan sufriendo más son los más vulnerables.