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El libreto de Petro

Mientras más enemigos Petro echa en el mismo costal, tal vez piensa que más oportunidades tiene de tocar algún punto sensible, algún dolor o algún instinto primario para intentar que se sumen a su causa cada día más desprolija.

12 de abril de 2024
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  • El libreto de Petro

¿Qué pensarán los trabajadores que van a laborar todos los días en proyectos mineros y petroleros de manera honesta, y a veces en condiciones climáticas y de orden público adversas, cuando el presidente Gustavo Petro les dice que “para extraer prácticamente no se necesita ni el cerebro”?

¿Qué sentirán cuando el jefe de Estado compara estas actividades con la producción de cocaína? Hemos padecido durante 40 años una guerra contra los carteles de esa droga que le ha costado mucho al país, hemos sido testigos y víctimas de la destrucción que los narcotraficantes han provocado, se han convertido en una especie de demonios, para que ahora, de la noche a la mañana, de manera ligera y olímpica, el jefe de Estado vuelva trizas la labor de decenas de miles de trabajadores comparándolos con ese atroz flagelo.

A quién le cabe en la cabeza empatar el petróleo y el gas, que han hecho un aporte para el progreso de la humanidad; con la cocaína, un producto que solo destruye seres humanos y familias enteras. Las exportaciones de la industria minero-energética representan el 50% del total de las ventas al exterior de Colombia, que solo el año pasado ascendieron a 25.000 millones de dólares y que además pagan abultados impuestos para que el aparato del Estado pueda funcionar y pueda ayudar a pagar la educación, la salud y los subsidios para millones de colombianos.

La Asociación Colombiana de Geólogos y Geofísicos de la Energía lamentó que el presidente haya comparado el ejercicio honesto y legal que realizan miles de profesionales, con una actividad ilícita como el narcotráfico.

“Pedimos no sembrar más odio hacia el sector minero-energético”, dijo la asociación, que no entiende “por qué un presidente con banderas humanas menosprecia el trabajo de geólogos, ingenieros de minas y de petróleos, geofísicos, entre otros que se han formado con esfuerzo y que trabajan en una industria que ha impulsado el crecimiento del país”.

Tratando de entender la lógica del Presidente es altamente probable que todo sea solo parte de su libreto de siempre, que él sigue al pie de la letra, de dividir al mundo entre buenos y malos para poder encarnar el papel del supuesto salvador.

Cualquier experto en propaganda política, o mejor en populismo, le dirá a su cliente que necesita construir un antagonista. Y como el uribismo como antagonista ya muestra un desgaste, a Petro le ha tocado inventarse un nuevo enemigo: se ha dedicado a empaquetar varios en uno solo. Entonces suma a “los empresarios esclavistas”, a “los oligarcas de Bocagrande” que según él crean el cambio climático; a “los empresarios de Barranquilla” que según él quieren tumbarlo; a los “grandes capitales” de El Poblado que según él son el origen del conflicto armado en Urabá; a los tecnócratas que según él son el opuesto de la democracia; a los periodistas que según él embrutecen al pueblo, y así sucesivamente. Mientras más enemigos Petro echa en el mismo costal, tal vez piensa él que más oportunidades tiene de tocar algún punto sensible, algún dolor o algún instinto primario para intentar que se sumen a su causa cada día más desprolija.

Petro intenta despertar las emociones que cualquier ser humano lleva adentro, en este caso las negativas, porque sabe que en política las emociones, y no necesariamente las razones, son las que suman.

Si de verdad, y genuinamente, Petro estuviera contra los hidrocarburos y en favor del medio ambiente –para volver al tema inicial– hace rato hubiera aplicado control al uso del diésel cuyo precio no ha querido subir a pesar de que es más contaminante que la gasolina, o hubiera puesto en marcha acciones más agresivas para frenar la tala de bosques o se hubiera puesto las botas para impulsar los proyectos de energías renovables no convencionales. Pero nada de eso ha hecho. Por el contrario, ha ido seis veces a Venezuela a ver cómo trae gas para Colombia. La incoherencia es evidente.

¿Qué hacer? Cómo dicen por ahí, la gente no es boba. Y ojalá sea así y no nos dejemos envolver en esa espiral de odio. Si cada vez los colombianos entendemos mejor cuál es la estrategia, si cada vez damos la pelea para no caer en odios gratuitos, si cada vez hacemos más evidente que en general –no siempre, lamentablemente– somos un pueblo solidario, tal vez podamos vencer la narrativa de esas emociones tristes, cómo bien las llamó el ensayista Mauricio García.

Y ojalá también que los mandatarios, este de ahora y los que vengan después, tengan claro que el presente y el futuro de países como el nuestro es cada día más desafiante y para salir adelante se necesita que los presidentes sean verdaderos Jefes de Estado, que entiendan a fondo su papel como símbolo de la unidad del Estado, en vez de estar perdiendo el tiempo creando rencores inútiles para satisfacer sus vanidades personales.

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