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El periodismo sigue siendo el mismo incómodo de siempre para quienes se toman muy a pecho el poder y comienzan a creer que son supremos.
Sin el periodismo, Gustavo Petro tal vez hoy no sería presidente de la República. Pero, curiosa y lamentablemente, ahora el propio Petro se está convirtiendo en su verdugo.El periodismo jugó un papel crucial amplificando los debates del hoy presidente cuando apenas era representante a la Cámara y después como senador. Eran tiempos en los que no existían las redes sociales y el periodismo lo apoyó multiplicando sus investigaciones, no porque él se llamara Petro o porque fuera de izquierda: simple y sencillamente porque ese periodismo de entonces, como el buen periodismo de ahora, tiene la profunda convicción de que a nadie, y menos al gobernante de turno, se le puede permitir el abuso del poder.
De manera que cuando ese mismo Gustavo Petro sale ahora a calificar al periodismo en Colombia como periodismo “mossad” o lanza falsas acusaciones contra la fundación que protege a los periodistas, por supuestas relaciones con los paramilitares, no solo exhibe una alta dosis de ingratitud y de falta de sentido de la historia, sino que muestra en él un talante de verdadero déspota.
No solo son sus ataques de frente. El gobierno ha construido todo un engranaje de cuentas falsas en las redes sociales y, así como en campaña desacreditaban a otros candidatos, ahora tratan de desacreditar el trabajo de cada uno de los periodistas.
Como bien dijo Catalina Botero, quien fue relatora para la libertad de expresión de la OEA: “El poder viene en combo. Con poderes y responsabilidades. Y una de las responsabilidades es que el gobernante tiene que saber recibir más palo. Tiene que someterse a mayor escrutinio público”.
La que es tal vez la tarea más exquisita del periodismo, la de escrutar y denunciar para evitar el abuso del poder, se concretó cuando nació la democracia en su versión ilustrada. En Inglaterra, cuando se dieron los primeros hervores de la democracia, la prensa escrita fue considerada como pieza clave. Y desde entonces, hace cerca de cuatro siglos, son muchos los que han tenido que salir a defenderla de los intentos hegemónicos de los gobernantes de turno. Es famoso el discurso del poeta John Milton, en defensa de la “libertad de expresión” ante el parlamento de Inglaterra, en 1644, en plena guerra civil inglesa. O Mirabeau, activista de los comienzos de la Revolución Francesa, insistía en que la primera de las leyes debía consagrar para siempre la libertad de prensa, “sin la cual jamás serán adquiridas las libertades del hombre”. Y Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, en 1787 descargó la frase que hoy es casi un emblema: “Si me pidieran que decidiera entre tener un gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, no dudaría ni un momento en escoger esto último”.
Los periódicos (el periodismo) han estado ahí, desde entonces, para evitar los abusos de los poderosos o al menos para ponerlos en evidencia. Tanto así que en el siglo XIX algunos gobiernos absolutistas decidieron no aguantar el palo del periodismo, sino convertirlos en instrumentos de su propaganda. “Un periódico –decía Lenin– no es sólo un propagandista colectivo y un agitador colectivo, sino también un organizador colectivo”. Stalin lo reforzaba: “La prensa es el instrumento más poderoso con el que, día por día, hora por hora, el partido habla a las masas en su propio lenguaje esencial”. Y con Hitler, cuenta la historia que Joseph Goebbels montó una máquina de propaganda tal que cuando la derrota del ejército alemán era inminente, él seguía haciendo creer a la gente, utilizando la radio, que la victoria nazi aún era posible.
Es decir, si al periodismo se le deja actuar de manera independiente es un síntoma de que estamos en democracia, y de que habrá más democracia, pero si algún tirano de turno pretende poner la información al servicio de su ideología, podemos terminar en el peor de los mundos. No es casualidad que personajes como Hugo Chávez y Nicolás Maduro se hayan ensañado contra los periodistas independientes.
Lamentablemente, al presidente Gustavo Petro le dio por atacar en los últimos días de manera indiscriminada a todos quienes ejercemos el periodismo. A la reconocida periodista María Jimena Duzán la condenó por hacerle preguntas incómodas a la directora del Dapre. Al director del servicio informativo de Bluradio, Ricardo Ospina, lo criticó duramente por publicar un comunicado de la Contraloría sobre corrupción en la SAE. A la Flip (Fundación para la Libertad de Prensa) la tildó de paramilitar por una razón completamente absurda.
Como si no fuera suficiente con esto reprodujo un mensaje de la red X, de una cuenta típica de bodega del gobierno, en la cual se podía leer: “Se estaban tardando demasiado para ponerle su tatequieto a los medios de comunicación aliados de las mafias narco-corruptas del uribismo, partidos tradicionales y empresarios corruptos”. No solo insulta a los medios, sino que utiliza cuentas de fachada para atacarlos.
No sobra recordar, señor Presidente, que el periodismo ayudó a descubrir la financiación de los narcos a la campaña de Samper. El periodismo destapó los falsos positivos. El periodismo ha puesto en evidencia el drama de los desaparecidos. El periodismo mostró las cárceles de los terroristas de las Farc. El periodismo demostró los engaños y las peores atrocidades de los paramilitares. Gracias al periodismo se destapó el cartel de la contratación de Samuel Moreno en Bogotá. El periodismo dejó al descubierto los líos del contrato para el internet de las escuelas, en el gobierno Duque. El periodismo, cuando los órganos de control no funcionaron, reveló decenas de irregularidades de la alcaldía de Daniel Quintero. Y ahora el periodismo también está llamando la atención sobre graves problemas de su gobierno. Entonces, señor Presidente, el que cambió no fue el periodismo. El periodismo sigue siendo el mismo incómodo de siempre para quienes se toman muy a pecho el poder y comienzan a creer que son supremos.