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Por Juan José García Posada - juanjogarpos@gmail.com
Estremecedora. Es la palabra que se ajusta a la crónica de Elizabeth Mora que leí por envío de Óscar Domínguez. Pocas veces, en cuarenta años de leer a esta colega residenciada en Estados Unidos, me había impresionado con tanta fuerza un escrito suyo. Elizabeth tuvo que asilarse en Nueva York en 1985, poco después de terminar su carrera en la Universidad de Antioquia. Ha sido corresponsal de EL COLOMBIANO y de otros periódicos desde hace tiempos. No es necesario insistir en sus merecimientos profesionales, que le han causado justo reconocimiento. Y en esta crónica reciente empieza así: “En el más gélido invierno de los últimos años, los inmigrantes indocumentados sufren una agonía eterna. Aquellos que hace apenas unas semanas esperaban optimistas el nuevo año, ahora viven tiritando de miedo”. (*)
Nos hemos demorado mucho para espabilar con la incertidumbre y desprotección de miles de inmigrantes colombianos que en busca del sueño americano se envolvieron en semejante pesadilla. Apenas hace una semana, con motivo de las alucinaciones, los disparates y los desafíos del señor que preside, empezamos a sensibilizarnos con esa realidad desgarradora, con el miedo de papás y abuelos a perder a los niños, el trato inicuo de criminales y delincuentes peligrosos que muchos han recibido, la humillación del embarque en aviones listos para la deportación y el retorno incierto a este país repleto de indolentes y enajenados.
Se le descontrola el problema de las migraciones al mandatario estadinense. Nunca logrará deportar a todos los indocumentados, del nuestro y los demás países. Llegará el momento en que admita la urgencia de reorientar los planes y estrategias para el ingreso de extranjeros por huecos o fronteras vulnerables. Si no, día tras día estará dejando aumentar una operación persecutoria, excluyente, al final incontenible mientras avance la huida de seres humanos en pateras y vehículos rudimentarios desde los últimos rincones del globo, en busca de los espejismos americano y europeo.
La tensión en el país nuestro es insoportable mientras el problema no sea tratado con inteligencia, sensatez y pragmatismo, condiciones del sentido común que tanto se extraña mientras el mandatario no salga de su ensimismamiento, para que acierte al delegarle los poderes de tratamiento del asunto a un equipo idóneo y sobre todo capaz de resistir la tentación de torear a Trump y provocarlo para que acreciente sus bravuconadas. Llámese comité de crisis, bloque de emergencia diplomática, lo que sea, ese grupo debe estar en condiciones de contener los impulsos imprudentes y destructivos de su jefe, como parece que logró hacerlo en la mañana del anterior domingo.
Mientras tanto, es preciso insistir en la tarea de los periodistas, que tiene serias exigencias éticas. Primero, informar con ponderación, revelar el problema en sus diversas facetas, poner en común la realidad de los indocumentados, entre los que hay solo una minoría delictiva. Motivar a los gobiernos a que tomen decisiones que prioricen el sentido de humanidad. Y excluir los intereses y apetitos políticos.