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Por Jorge Andrés Rico - Andresricocp@gmail.com
Las organizaciones contemporáneas deben encargarse de tener liderazgos que propendan por la humanización como aspecto trascendental a su labor, porque esto permite asumir compromisos reales a partir de los múltiples retos que presenta la sociedad, en donde los constantes cambios, la acumulación de información, los avances tecnológicos y el poder, requieren no solo de personas capaces en la técnica y de operar, sino, que se comprometan a interactuar con humanismo.
Ocupar un rol de dirección de equipos y/o procesos no es ejercer el liderazgo. Si no se trabaja el liderazgo ese rol será pasajero y pronto se olvidará quien lo ocupó. Parafraseando a Henry Kissinger en su texto Liderazgo, él indica que los buenos líderes despiertan en el pueblo, en la gente, en sus colaboradores, el deseo de caminar a su lado.
Son diferentes prácticas a nivel gerencial y humano que hacen parte del liderazgo, las cuales propenden por fortalecer a la organización desde el relacionamiento y aprovechamiento de las cualidades del talento humano, y una de esas prácticas básica y necesaria, es el trabajo en el ego y la escucha. El ego distorsiona la realidad, porque el epicentro de todo pasa a ser el yo, a tal punto, y para poner un ejemplo concreto, el poder, si no es tramitado desde la preparación individual conlleva a una idea de superioridad en el ser humano, desbordando la seguridad en si mismo y en el talento que realmente posee.
Por su parte, escuchar se convierte en el desapego al ego, porque permite centrarse en perspectivas del otro, lo cual conlleva al ejercicio pleno de la conversación. Esto puede verse constantemente en roles políticos y gerenciales, que buscan hablar y dar discursos automatizados, porque requieren que se les brinde atención, pero al momento de escuchar, vuelven a subordinarse a la idea de tomar la palabra.
A lo anterior lo denomino liderazgos politiqueros o populistas que concentran su quehacer en discursos que buscan llenar oídos y vaciar aplausos, que son parte de aquello que va en contra vía del real humanismo. No es la personalización y búsqueda constante de aplausos una forma de mostrarse sensible al entorno, es el trato que también se da a las personas al interior de la organización. Es el respeto por los factores económicos, por anular actos de corrupción y por pensar constantemente, en dignificar la labor en el liderazgo real.
La disciplina y el reconocimiento por el contexto y la realidad de éste es parte de un liderazgo fortalecido. Volviendo a Kissinger, un liderazgo estadista entiende que para que sus sociedades, grupos y poblaciones prosperen tiene que asegurarse desde el rol del liderazgo, que el cambio no excede lo que estas sociedades pueden soportar. Es la planificación y la humanidad como pilares de objetivos reales.
Esto conlleva a un factor fundamental: la consolidación del liderazgo como autoridad. El tener poder no es autoridad. Ésta se construye desde un liderazgo en comprensión del quehacer y la humanización permitiendo que el ser humano se legitime diariamente en su rol de liderazgo. No significa que se permite y acepta todo, porque, de hecho, el liderazgo debe contener carácter para conciliar o tomar decisiones en función de objetivos, haciéndose responsable de consecuencias positivas o negativas. Los liderazgos contemporáneos se traducen en el respeto a la dignidad humana, la empatía y la compasión, el valor por el otro y el respeto de su tiempo, la aceptación al pensar diferente, la búsqueda constante de ambientes motivadores, la disciplina, la escucha activa, el fortalecimiento de la confianza y el fomento de la conversación ampliada y realista, a diferentes sectores de las organizaciones que lleve a acciones concretas y se pase de egos a liderazgos humanizados.