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Será fundamental contar con políticas públicas diferenciales entre aquellos hogares de jóvenes que deciden tener hijos y aquellos que no.
Por Mauricio Perfetti Del Corral - mauricioperfetti@gmail.com
Los últimos reportes de estadísticas vitales del Dane han generado diversos análisis acerca de los cambios demográficos en el país, en particular las cifras referidas a la transición demográfica, así como a natalidad y fecundidad. Aunque esas discusiones deben darse, es necesario evitar interpretaciones sin suficiente rigurosidad; por ejemplo, la conclusión equivocada que dieron a un artículo de prensa de una universidad, al afirmar que Colombia ya no tendría población joven en 10 años. Estas afirmaciones son delicadas por las consecuencias que tienen en términos de política pública y proyecciones; de ahí la importancia de realizar algunas precisiones.
El Censo Nacional de Población y Vivienda del año 2018 y sus análisis (Dane, 2021) ya habían mostrado que el fenómeno de caída en fecundidad y natalidad no es reciente. En dicho estudio se señala claramente que la fecundidad se redujo de 3.36 hijos por mujer en el Censo de 1993 a 2,33 en el Censo de 2005 y a 1,95 en el Censo del 2018; es decir, la reducción en la fecundidad fue mayor entre 1993 y 2005, con una variación del 31.0%, mientras que entre 2005 y 2018 dicha variación disminuyó al 16.0%; y, claramente, este acontecimiento se presenta desde finales del siglo anterior.
Adicionalmente, hay que resaltar que los indicadores demográficos no se comportan de igual manera entre las diversas zonas del país; esto es crucial tenerlo presente en análisis rigurosos. De acuerdo con el Censo del 2018, en las cabeceras municipales la tasa global de fecundidad era de 1.73 mientras en zonas rurales de 2,71, las cuales venían cayendo aceleradamente en relación con 1993. En este último Censo igualmente se muestra que 22 departamentos presentan la mencionada tasa por encima del promedio del país y la diferencia en dicha tasa entre el departamento con mayor y menor fecundidad global es de 3,73.
De otra parte, no puede perderse de vista que los fenómenos de transición demográfica son de largo plazo y, por tanto, toman años, así se presenten cambios acentuados en la fecundidad en algunos momentos. El mencionado estudio del Dane señala que la persistente reducción de la fecundidad entre 1993 y 2018 solo significó un envejecimiento de tres años; y en estos análisis igualmente no puede perderse de vista el efecto de las menores tasas de mortalidad.
Por lo anterior, antes de reducir la oferta, por ejemplo, educativa debería primero pensarse en las zonas del país que no tienen coberturas completas o elevadas (primera infancia, preescolar y la media o educación superior); debería revisarse la formación y oferta de cuidadores de adultos mayores, y promoverla para el mediano plazo. Clave también serán las proyecciones poblacionales como insumo indispensable del nuevo sistema pensional, teniendo en cuenta la caída en la esperanza de vida por efecto del Covid-19. Además, es urgente retomar la Encuesta Nacional de Demografía y Salud para estudiar más de cerca qué está pasando con la caída de la fecundidad y sus determinantes. En este contexto será fundamental contar con políticas públicas diferenciales entre aquellos hogares de jóvenes que deciden tener hijos y aquellos que no.