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Sobre el cuarto paso de A.A

Asumir los errores, viejos, nuevos y por venir, no es renegar del pasado, no es arrepentirse, ni mucho menos sentirse frustrado o resignarse a lo irreversible, sino vivir la vida en su exacta dimensión, que es la incertidumbre.

01 de junio de 2024
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  • Sobre el cuarto paso de A.A
  • Sobre el cuarto paso de A.A

Por Ernesto Ochoa Moreno - ochoaernesto18@gmail.com

El padre Nicanor, mi imaginario tío cura, que tal vez algunos recuerdan aparecía de vez en cuando en estas columnas y que, les aseguro, casi noventón está más vivo que nunca, me tiene altico del suelo con la cantaleta de que vuelva a visitarlo. Que le hacen falta aquellas conversaciones conmigo “de omni re scibile et quibusdam aliis” (como él dice con sus latinajos: de todo lo conocido y algo más, traduzco yo).

Estos días hablamos de un tema que para él, como sacerdote es de ocurrencia diaria: el examen de conciencia, que nos recomiendan los curas para una buena confesión. El viejo cura es buen confesor y le encanta el apostolado de confesionario. Me dice a menudo que es oportuno para la vida hacer cada día un examen de conciencia. Yo le digo que a mí me gusta más la versión del Cuarto Paso de Alcohólicos Anónimos: “Sin ningún temor hicimos un inventario moral de nosotros mismos”. Siempre y cuando -complementa- no se desligue este cuarto paso del tercero (“Decidimos poner nuestra voluntad y nuestras vidas al cuidado de Dios, tal como nosotros lo concebimos”); ni del quinto (“Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano la naturaleza exacta de nuestras faltas”); ni del sexto (“Humildemente le pedimos a Dios que nos librase de nuestros defectos”).

Se corre el peligro, pienso yo y se lo decía, que las revisiones, llámense exámenes de conciencia o inventarios de vida, pueden hacer encallar los sueños en las aguas pantanosas de la frustración, del desencanto. Y de pronto llevan a concluir que la vida, o mejor dicho, lo vivido, ha sido una equivocación.

Tal descubrimiento bien podría llevar a muchos a la desesperanza, a la depresión, o también podría convertirse en un pequeño principio de sabiduría. En el fondo, la fidelidad a una vocación es la aceptación (no la simple resignación) de algo que a la vuelta de los años se reconoce como un error. Y es que la vocación, cualquier elección en la vida, no subsiste ni persiste sin la sensación de una equivocación a la hora de escoger.

Lo que, valga advertirlo, es parte esencial de la libertad. Toda elección se mueve siempre en el terreno del error. De lo contrario, ser libre sería puro determinismo, lo que es una contradicción. Asumir los errores, viejos, nuevos y por venir, no es renegar del pasado, no es arrepentirse, ni mucho menos sentirse frustrado o resignarse a lo irreversible, sino vivir la vida en su exacta dimensión, que es la incertidumbre.

Estoy convencido de que las certezas absolutas son las celestinas del fanatismo, de la intransigencia, del dogmatismo, de los encerramientos egoístas. Sentirse inseguro, saberse bordeando a cada paso el riesgo del error, no es una debilidad, sino tal vez la única frágil fortaleza que nos permite la condición humana. Vivir es tener el valor de seguir viviendo a pesar de las equivocaciones.

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